Anestesia cognitiva
- 5 nov 2025
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Hace poco me preguntaba por la capacidad del cerebro humano para captar y procesar información o adquirir conocimiento y preservarla en la memoria. Se habla mucho de la alienación producida por los mandatos sociales impuestos por los poderes económicos potenciados por las plataformas digitales, y sus consecuencias en la habilidad para construir pensamientos sanos y auténticos que nos hagan mejores personas.
La falta de interés en el diálogo y el encuentro con otros parece estar influenciado por esta obsesión de escape de la realidad (la dopamina fácil). Se sabe que el déficit de atención se genera por un exceso de información y estímulos. La efectividad de los mecanismos que se cuelan en las personas no radica solo en la saturación por cantidad sino también en el tipo de información, la de recompensa inmediata. Esto va más allá del mundo digital, en las calles, por dar un ejemplo, el algoritmo es la falopa. El cerebro tiene una capacidad limitada, pero almacenar información no es equivalente a adquirir conocimiento. Este conocimiento va más allá de un saber técnico o científico, es también el conocerse a uno mismo y a los otros.
Cuando nos preguntamos ¿qué significa pensar? Me viene a la mente un libro homónimo que reúne los cursos dictados por Heidegger sobre el tema. Afortunadamente, alguien más tiene los pies en la tierra para iniciar el planteo de que pensar es una condición humana esencial que nos caracteriza, aquello que hace que actuemos. Es algo elemental y necesario para vivir. Pero, ¿qué pasa con el pensamiento como acción reflexiva que actúa en la construcción de conocimiento? En este sentido, ¿pensar es una capacidad humana básica que está en riesgo de perderse? ¿Pensar es un lujo?
El lujo es vulgaridad decía un tema de Los Redondos, es lo obsceno de comer un pan duro frente a alguien que no tiene nada para comer y me hace pensar en que los acontecimientos parecen demandar más acción que pensamiento. Pero, de hecho, el pensar es una acción del cerebro humano, aunque la obra resultante al comienzo no esté terminada. Se puede pensar en el pensar y se puede pensar sin pensar. Esto se puede entender como el acto de pensar como algo básico y en automático; el pensar como un proceso lógico y racional; y el pensar como un lenguaje propio del ser humano que pretende acercarse a la esencia de las cosas, aún cuando pueda tener certeza de que nunca las alcance; lo cual equivale a filosofar.
Por lo dicho entonces el lujo está en el pensamiento filosófico porque pareciera que se aleja del mundo práctico y real, el mundo del trabajo, de las necesidades y la supervivencia. Por el contrario, el pensar trasciende el mundo del trabajo entendido como negocio, es un acto dotado de libertad, no de utilidad en el sentido de servidumbre. Por otro lado, el hacer sin pensar (y sin sentir) caracteriza a una inhumanidad o bien una supra humanidad. En todo lo que podamos imaginar, ya sea la comida, las estrellas, la información o el pensar-hacer, debe haber un equilibrio.
Dedicarle tiempo y disposición a profundizar en pensamientos y emociones que nos permitan generar conexiones reales nos acercan a aquello que está más allá de nosotros, y al mismo tiempo se encuentra en lo más hondo de nuestro ser, a lo trascendental. El hacer aparecer la acción derivada del pensamiento cual epifanía es como tener un superpoder que hay que aprender a usar, puede ser incluso un arma de doble filo. Los superpoderes son reales, como lo es la magia que aparece en la sensibilidad para captar lo sutil y expresarlo de manera sublime y conmovedora.
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