El señor y sus acumulaciones
- 19 may
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Hay un señor que se siente aprisionado. No como algo inmediato, sino como una sensación más amplia. Como si estuviera en una meseta que ya le queda chica. Como si hubiera sido criado de una manera en que desplegarse es una dificultad, una lucha contra el entorno. Es curioso que las veces en que el entorno más lo premió fue cuando caminó por sus surcos preestablecidos. Hacer su propio camino no parece gustarle al entorno. Diferenciarse, volverse autónomo, aceptar las diferencias son un problema para el entorno, que lo quiere uniforme, monocromático, predecible, obediente, calculable. El misterio, la magia y lo irregular no tienen lugar. Es aún más curioso: en la esclavización laboral lo quieren segmentado, específico, convertido en un componente, un engranaje dentro del gran sistema, funcional al gran aparato. En el ocio lo quieren disperso, distraído, fragmentado, multiplicado.
Entonces, ¿por qué se siente aprisionado? Es una sensación que tiene en el pecho: la impresión de poder generar un gran impacto entre las personas que lo rodean y, en cambio, quedarse paralizado. Hay varios puntos sobre los que reflexiona y considera necesarios para desarmar su identidad:
Confía mucho en su experiencia acumulada y eso le genera la ilusión de "saber" un poco más. Eso lo sesga. Inhibe su curiosidad. Reemplazó el: "¿Cómo es eso? ¿Qué querés decir cuando…?" por "Claro. Sí. Coincido. Es verdad".
Tener la ilusión de saber lo aleja del encuentro genuino. Supone, estima, llena lo que no conoce. Cree saber por experiencia acumulada. Cierra el encuentro con el instante.
Creer que "sabe" un poco más lo hace sentirse más importante. Cree que "tiene que". Tiene que hacer algo con ese conocimiento. Tiene que generar un impacto. Tiene que hacer que otros caminen por su surco. Tiene que ser alguien. Creer que "sabe" lo aleja de ser.
La confusión del "saber aparente" lo dirige hacia el anhelo de trascendencia para "poder ser alguien", porque lo que es, el hecho de tan solo ser, parece no ser suficiente. "Saber" y "creer saber" es para obtener reconocimiento, porque necesita una medalla de oro para legitimarse.
Hay una brecha cada vez más grande entre vivir para vivir y vivir para morir. Este señor vive para morir. Vive pensando, especulando, calculando qué hay que hacer para ser, para ser de la mejor manera, para trascender y ser reconocido. No vive. No se divierte. Solo piensa. Piensa y no existe.
Buscar ese reconocimiento puede llevar a este señor a hacer cualquier cosa. Quiere poder, quiere identificación, quiere destruir. Lo gobiernan la ira, el odio, la furia. Todo lo que se le interponga merece ser destruido para que el "creer saber" llegue adonde "cree que tiene que llegar”.
Lo más contradictorio es que, dentro, ahí donde late su corazón y más allá de eso, ahí donde todas las vestiduras se caen, donde los anhelos se difuminan, donde la vulnerabilidad está sobre la mesa, este hombre confía en que en el amor desinteresado se encuentra el misterio de la comunión de uno con el mundo. Sin conocimiento acumulado, sin experiencia individual reinante. El momento como un encuentro en sí mismo, por la vitalidad que eso representa, por la alegría de escuchar con atención y así poder disfrutar del otro. Con curiosidad, humildad, receptividad, sincronicidad, apertura y desconocimiento. ¿Será lo suficientemente valiente para deponer sus armaduras y encontrarse nuevo en cada encuentro único de la vida? Como el asombro de un niño que irradia el amor más puro. Sin pensar para existir.
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