Arte relacional: el caso de Biblioteca Moscú
- 4 ene
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“Las vanguardias querían que la vida sea obra, que las obras transformen la manera en la que vemos, usamos o pensamos las cosas.”
— Boris Groys
Por otro lado, Rick Rubin dice en El ser creativo: “Un pájaro canta sin comienzo ni fin: se expresa, es un ser siendo”.
Hace años que vengo pensando que tanto las tertulias como mi biblioteca callejera son, para mí, obras de arte. Al conocer —aunque sea de manera inicial— la idea de arte relacional a través de Claire Bishop y distintos ejemplos de obras, comprendí con mayor claridad qué es el arte para mí y cómo pienso que se genera una obra auténtica (tema del próximo ensayo).
La obra es un desprendimiento del deseo propio. Es la forma en la que participamos en la sociedad: cuando participamos tanto como seres sociales como también como individuos aislados. La creación de Biblioteca Moscú parte visceralmente de la condensación de varias fuerzas y de una situación concreta.
En el momento en que decido hacer la operación que permite que una mesa de madera y un cartel se conviertan en una biblioteca, el arte ya está creado. Esto produce, para mí, dos cosas. Por un lado, la obra se vuelve una extensión de mi vida, un apartado de mi ser-siendo. Por otro, se afirma mi idea de que el arte no es un objeto per se. Los objetos son materiales inanimados a los que se les carga una trama metafísica, un aura, fuerzas que los tensionan como si fueran algo sagrado.
Lo sagrado es un hecho cultural. Una biblioteca gratuita, servicial y libre puede ser algo sagrado, pero ante todo es algo que emerge en un sitio a través de la relación entre personas.
Son objetos que performan un ejemplo de sociabilidad. Para quienes la usan, la conocen, la ven, la transitan, y también para quienes la gestionamos, se dispone una micro-utopía. Esta micro-utopía sirve para informar la parte plebeya, natural y corrupta de la realidad.
La atención —inspirada en Simone Weil y Byung-Chul Han— puesta en la mesa y en los libros moviliza un deseo profundo de hacer el bien. En este caso, al tratarse de algo vecinal, ligado a libros y educación, las personas se
ven movidas interiormente a colaborar y a pensar en la mesa incluso más allá de su propia conciencia.
Mi obra de arte Biblioteca Moscú es una situación donde no hay espectadores, únicamente participantes. Estos participantes son libres: no se les baja ninguna línea ni dogma, ni tampoco se los emancipa automáticamente (quizás nunca ocurra, porque —como advierte Baudrillard— relación no es lo mismo que emancipación). La relación consiste en intercambiar libros, conversar, recomendar lecturas, preguntarse cómo funciona. La emancipación, en cambio, implicaría que alguien modifique su posición, su visión o su forma de pensar. La emancipación puede aparecer en una actividad más especifica y de mayor esfuerzo como las tertulias o mesas de estudio.
Biblioteca Moscú no nace de cero. Aunque al comienzo no hubiera libros, mesa ni instrucciones, la obra reprogramó lo ya existente. En esta reprogramación surgen nuevos contactos, el movimiento de personas con libros guardados en sus casas, la sorpresa de una lectura inesperada, el encuentro con vecinos que desean colaborar. Libros, mesas y personas entran en relación.
Que muchas personas se sientan convocadas y contentas permite que esta biblioteca continúe. Es una obra relacional activa, creadora y sostenida en el tiempo. No es una comunidad espectacular, ni funciona dentro de la economía del poder, ni de la atención. Trabaja en el intersticio social, por fuera del estado, por fuera del mercado, por fuera de una carrera de legitimación.
Toda esta filosofía también se aplica a las tertulias, mesas de estudio y conversaciones ideales.
La Biblioteca Moscú, las tertulias y nuestra comunidad, no presenta lo común: lo pone en práctica.
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