SOBRE LA NECESIDAD DE UNA MIRADA EXTRATERRESTRE PROPIA
- hace 5 días
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Se suele atribuir a Albert Einstein la idea de que los problemas no pueden resolverse desde el mismo nivel de pensamiento que los produjo. Más allá de la precisión literal de la frase, la intuición es potente: para transformar algo es necesario desplazarse del marco que lo sostiene. Cambiar el sistema de referencia. Alterar la perspectiva.
En esa misma dirección, Lucrecia Martel ha insistido en la importancia de mirar como si no entendiéramos del todo lo que vemos, de suspender la familiaridad con lo real para percibir sus fisuras. Pensar como un extraterrestre, en ese sentido, no implica escapar del mundo sino interrumpir la naturalización de sus formas. Introducir una distancia mínima que permita advertir que aquello que se presenta como obvio no es más que una construcción reiterada.
La mirada extraterrestre es una estrategia crítica. No se trata de negar la realidad, sino de recordar que su configuración no es inevitable.
Cuando viajamos experimentamos algo similar. Ingresamos en otro territorio con una percepción más despierta. Lo que para otros es cotidiano, para nosotros se vuelve visible. Observamos detalles, buscamos paralelas y perpendiculares entre culturas, establecemos comparaciones. Sin embargo, esa experiencia se vuelve cada vez más ambigua. La globalización homogeneiza los paisajes urbanos y las prácticas sociales. Las ciudades, por más distintas que se presenten, comienzan a compartir una misma sintaxis.
Si en otro tiempo los pueblos del mundo se organizaban en torno a instituciones reconocibles —una iglesia, un banco, una escuela, un edificio público— hoy la repetición adopta la forma de marcas, franquicias y arquitecturas del consumo que atraviesan continentes. No hace falta enumerarlas: forman parte de una iconografía global inmediata. La promesa de diversidad convive con una estructura estandarizada.
Incluso lo tradicional entra en ese circuito. Los bares “típicos” reproducen recetas heredadas bajo protocolos casi matemáticos. La tradición ya no fluye: se ejecuta. Se conserva el deber ser, mientras el ser —lo contingente, lo vivo— se vuelve cada vez más difícil de identificar. La repetición reemplaza a la experiencia.
Aquí la idea de cambiar el sistema de referencia adquiere otra dimensión. La física relativista mostró que el tiempo y el espacio no son absolutos, sino dependientes del observador. No existe un punto neutro desde el cual medir la realidad: toda percepción está situada. Pensar como un extraterrestre implica, entonces, asumir esa relatividad y desplazar el eje desde el cual organizamos el sentido.
A su vez, si consideramos la noción de entropía, sabemos que el orden es estadísticamente improbable. La tendencia general de los sistemas es hacia el desorden. Tal vez aquello que llamamos estabilidad social no sea más que una configuración transitoria dentro de un campo más amplio de posibilidades. Quizás la homogeneización contemporánea no sea un destino final, sino una forma momentánea de organización en tensión con su propia disolución.
¿Qué significa, entonces, ser un extraterrestre hoy?
No implica abstraerse por completo ni adoptar una posición de superioridad frente a lo existente. Implica recordar que lo que consideramos natural es apenas una opción entre muchas. Que toda estructura podría haber sido distinta. Que el orden que habitamos no es necesario, sino contingente.
Ser extraterrestre es recuperar la extrañeza frente a lo cotidiano. Es desautomatizar la percepción. Es permitir que lo que parecía fijo vuelva a volverse inestable.
Y en esa inestabilidad, abrir la posibilidad de imaginar otra forma de habitar.
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