Curiosidad, la voluntad del espíritu
- 17 feb
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Los músculos se cicatrizan, los huesos quebrados con cuidado y resiliencia se sueldan. Entonces, ¿cuál es la forma en la que el espíritu cierra sus heridas?
Me encuentro encontrándome con personas que, en sus treinta (el retorno de Saturno para los new age y una edad clave para los hinduistas y para los cristianos), nace en ellos la disconformidad del sinsentido. Un sinsentido que es no tanto más la herencia de una escatológica cuenta matemática recetada de cómo organizar la vida. Esta herida tiene especial sensibilidad cuando la conciencia de uno es quien la tiene que sanar. Aquella edad parece ser los 33.
Jung situó alrededor de esa edad un momento de gran transformación interior, una “muerte” psicológica o simbólica. Implicó el desmoronamiento de su identidad consciente, la ruptura con su mentor y un descenso al inconsciente que le permitió confrontar e integrar su sombra, avanzando así hacia un proceso más profundo de individuación.
En los ojos de dos jóvenes en especial veo el brillo más hermoso del animal: el brillo de la curiosidad. La búsqueda personal e individual de un sentido creado por uno.
Este brillo pareciera ser el color o testimonio de un espíritu sanando una herida. Cualquier bicho humano que comenzó su vida a fines del siglo XX tiene que haber heredado instrucciones de vida: portarse bien en el colegio, ir a la universidad, no drogarse, conseguir un trabajo, hacer una buena trayectoria, enamorarse para casarse, comprarse la casa y vivir en familia felices por siempre. Aunque sería muy divertido ver cómo cada cual de estas cosas fue cambiando, lo único que vamos a ver es que, en el mundo de hoy, aquel plan no es tan accesible para todos ni apetecible para todos.
A los 33 años, cuando nuestro cuerpo siente aquel desacoplamiento con lo que creíamos verdadero, cuando las desilusiones de otros por nuestros fracasos y las ilusiones propias no se asemejan a las de nuestra juventud, el sentido de vida que portábamos se hace arena en nuestras manos.
El desierto, diría Nietzsche. Buda, Jesús y Mahoma fueron al desierto. Cuando el sentido arrasa con todo y lo homogeneiza todo, parece que desde allí se puede recomenzar.
Es entonces cuando la voluntad del espíritu se presenta. Aquella infinitamente poderosa y siempre latente, fundamento de todo, vuelve a crecer con únicamente (y esto es lo mágico) un pedacito de lugar para que brote aquella voluntad, como una planta entre los ladrillos de la pared.
La representación es la curiosidad. Una apertura hacia todo. Una forma de buscar sin rédito. La curiosidad prueba y no agota; la curiosidad pregunta, piensa y vive.
Aquel brillo en los ojos es la voluntad que, con la curiosidad como frente, avanza hacia lugares desconocidos y, con la apertura del corazón y de la mente, con la mirada del ya rendido, acepta las cosas hasta que encuentra la que lo conmueve. Una búsqueda, en gran parte inconsciente, que quiere cicatrizar aquella herida que el mundo le hizo en su devenir.
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