Chisme ominoso
- 10 dic 2025
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En un taller de oratoria al que fui hace unos años, un especialista en comunicación decía, que para comunicarse con las personas había que tener frescos los lugares comunes de la conversación popular, que discurren en general en torno a los personajes públicos, el último high de la noticia vulgar, la superficialidad del morbo, entre otras tantas cosas.
No seguí casi ninguno de sus consejos. Me propuse en vez de eso emplear el tema banal más hablado por todo el mundo, el clima. ¿Quién no repitió una frase en alusión al estado del tiempo cuando se encuentra con alguien, sobre todo si ese otro es un desconocido? Pero mi intención no era solamente usar ese tema para dejar la charla ahí. Acto seguido, me inscribí en un postgrado sobre Física de la Atmósfera. ¿Qué necesidad hay de llevar una simple charla al extremo de una clase de física teórica? Dirán, ¿no?
Apareció la artillería pesada del repertorio de las nubes, cumulonimbos, estrato cúmulus, cirro estratos; fenómenos raros (no paranormales) como los Sprites (rayos rojos que se generan hacia arriba de las nubes en vez de hacia la Tierra); la polémica del ozono; tema sobre el cual se investiga mucho porque hay financiamiento, lo cual hace que se vuelva un círculo vicioso y sujeto a intereses de ambas partes (de quien financia y de quien investiga); la ionósfera y sus características capaces de justificar las teorías conspiranoicas sobre la manipulación del clima (que de hecho esto se hace para controlar las cosechas en los campos de quienes pueden pagarlo), entre otras cosas.
Pero, en el mundo real pasaba otra cosa. A la primera de cambio me encontré con que lo que no sabía, era quién es Sol Pérez (la chica del clima). Y quizás eso era lo único que tenía que saber para conectar con esa persona hipotética y desconocida que quiere cruzar palabras “banales”.
Más allá de la moraleja, no se trata de establecer una escala de temas más elevados que otros, sino de una simple divergencia de intereses. Cuando escucho a alguien decir que a la mayoría de las personas no les interesa hablar de ciertos temas, pienso en este desencuentro de personalidades con intereses contrapuestos. También en que para encontrar un punto en común y calar hondo hay que entrar en confianza, cosa no menor.
Hay temas populares que atraviesan a todos por igual y presentan una complejidad muy profunda, como la fe, el amor o la familia. Cuando se habla de estas cuestiones, si se escucha con atención y se hacen las preguntas adecuadas, se puede descubrir el mundo que se encuentra oculto debajo de la capa de la trivialidad.
En 1919 Freud elabora un artículo llamado “Lo Ominoso” ( Das Unheimlichkeit) en el cual propone ampliar el campo de estudio de la ciencia estética (que trata sobre la experiencia de lo bello y lo sublime), prestando atención a los sentimientos inquietantes e inmediatamente indaga en la palabra alemana Heimlich, que significa lo familiar, conocido, cotidiano, pero también su opuesto: lo desconocido, inquietante, siniestro. La misma palabra señala sentimientos opuestos.
Sorprendido por esta aparente contradicción presente también en inglés, llega a la conclusión de que la definición más acertada es la que da Schelling: “Lo Heimlich es aquello que debiendo permanecer en secreto se manifiesta”.
El autor no lo dice pero lo deja entrever: lo que debiendo permanecer oculto – lo familiar, privado – se hace presente en el afuera, eso constituye la experiencia de lo ominoso o lo siniestro.
Cuando vemos las cosas como por primera vez surge el sentir propio del arte. No con las certezas confirmadas por la costumbre sino con la tensión corporal del animal acorralado, con el sentimiento inquietante de un secreto familiar largamente oculto y que de repente es revelado.
El chisme y la murmuración popular quizás también tienen su lado ominoso, forman parte de lo innecesario pero al mismo tiempo útil para establecer una conexión con el otro.
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