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Crear, de Charlie Munger a Gilles Deleuze.

  • 7 may
  • 3 min de lectura

Entre el paródico o perfecto funcionamiento del mundo, mi tarde de domingo encontró en cinco minutos de diferencia a las personas más dispares convergiendo sobre la importancia de la creación.


En un video creado con inteligencia artificial que decía ser una conferencia de Charlie Munger (uno de los hombres más ricos del mundo), se hablaba de diecisiete (¡sí, 17!) pequeños hábitos para volverte rico. Estaba viendo el video para una tarea, pero debo admitir que me encontré con muchos que genuinamente me parecieron obvios e importantes pero que nadie puede llevar adelante.


El más relevante sin embargo fue el número uno:


“[…] Las personas más ricas del mundo crean más de lo que consumen. Esto no es un detalle menor. Es fundamental. He observado que el 67% de las personas adineradas mira televisión una hora o menos por día. Mientras tanto, el 77% de quienes tienen dificultades financieras mira televisión más de una hora diaria. La correlación es imposible de ignorar. Cuando consumís, estás absorbiendo lo que otros crearon. Cuando creás, estás desarrollando conocimiento, habilidades y experiencia que se acumulan con el tiempo. No se trata de trabajar hasta el agotamiento. Empezá con solo 15 minutos al día. Escribí algo, construí algo, programá algo. El medio importa menos que el acto en sí mismo. Pensalo de esta manera: cada hora que pasás consumiendo pasivamente es una hora que podrías haber dedicado a desarrollar habilidades que aumentan tu valor en el mercado. No estoy diciendo que el entretenimiento no tiene lugar. Estoy diciendo que el equilibrio importa. Cuando el consumo se convierte en tu modo predeterminado, estás entrenando tu cerebro para ser pasivo en lugar de activo.”


Apenas terminé de escuchar los treinta minutos del video, apagué esa aplicación y la pantalla de noticias tenía la palabra “Gilles Deleuze”, y mis ojos corrieron detrás del doble punto a ver qué más había dicho el profesor de las periferias. Aquella persona que había dejado la universidad para dar clases en los márgenes de París, en sesiones gratuitas, donde se podía dormir, fumar, y quedarse enganchado en lo que decía únicamente para gozar.


Este decía: “La verdadera felicidad es crear. El consumo solo da placeres, no alegría.”


Quedé estupefacto. Dos personas de universos completamente distintos se daban cuenta del verdadero valor de la creación a favor de su causa.

Aunque entre sus existencias apuntan a lugares distintos, su visión sobre la producción, tanto de sentido como de capacidades, se acercan.


La creación es sin duda un acto de resistencia en el mundo de hoy. Donde todo está diseñado para homogeneizar, para consumir, para disfrutar, para que sea efímero, el momento de creación es un momento para imprimir en el mundo algo propio.


¿Qué pasaría si una planta delégase a una máquina su reproducción y no crease más flores? ¿Entonces las flores desaparecerían? Cuántas cosas van muriendo gracias al consumo masivo de pantallas. Sin ser negativo, las probabilidades son puramente numéricas. Un consumo de dos horas de redes sociales por día por millones de habitantes es un número importante. Un número importante para no crear algo propio: una conversación por teléfono con tu abuelo, hacer yoga, aburrirse o leer.


Crear forma parte de la belleza del universo. Es gracias a la creación, o la potencia creadora de todas las cosas, que el mundo es plural y se transforma. Incluso la luna proviene de esa potencia, y el sol.


Si el cúmulo de densidad hubiese desistido por querer mirar otras galaxias, y no hubiese persistido con la gravedad atrayendo la materia, haciéndola girar y elevar su temperatura, nunca tendríamos un sol.


De la misma manera, un cuerpo humano tiene una potencia vital para poder lograr lo que quiera. Incluso las sociedades tienen la potencia creadora. De esa manera inventamos la matemática, los cohetes, los puentes, los idiomas, y los rituales. Hay millones de otras personas que cuando ven la potencia de la existencia, la beatitud de la creación, logran cosas increíbles.


La pasividad es también parte de la vida, y lo activo no puede ser lo único, eso es obvio. Pero se trata, como dice Munger, de equilibrarse.


Mientras seguía elaborando esto y dándole vueltas para simplificarlo, pensaba cómo y sobre qué valores se había creado el mapa de la ciudad.

¿Las urbes están creadas para fomentar la creación? ¿La creación de pensamientos, de vínculos, de formas de contacto? ¿O son solamente avenidas y calles organizadas para el rápido tráfico de los humanos, para acortar distancias, y bloques de depósitos humanos en vertical?

¿La ciudad misma, donde los seres transitan, podría potenciar aquella creatividad? ¿O es únicamente un lugar de movilidad y publicidad?


 
 
 

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