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Eidética de uno mismo

  • 17 feb
  • 4 Min. de lectura

Cada vez que traducimos lo que pensamos, o lo que tenemos en la cabeza todavía sin procesar, y lo plasmamos en palabras, surge esa sensación extraña de que quien escribe es otra persona. No del todo ajena pero tampoco idéntica. Hay una parte de uno en aquello que se produce. Supongo que en parte este fenómeno se da por el proceso de externalización del pensamiento, que al escribirlo y leerlo, o al grabarlo y luego escucharlo, uno se abstrae de lo que antes estaba en nuestro interior.

 

Es bastante congruente que sobre lo que cada uno hable tenga que ver con sus intereses y experiencias, con los temas y cosas que consume, autores que lee, la música o personas que escucha. Para aquellos cuyo material de consumo predominante son pensadores, la reproducción de los pensamientos tiene tinte filosófico, y si se es consciente del origen de un concepto o idea, normalmente la cita es una cuestión de honestidad intelectual. Pero es inevitable que ésto nos resulte “pretencioso”, incluso cuando lo escuchamos de personas muy formadas en la materia. ¿Será una simple cuestión de estilo propia de la edad o de la personalidad? ¿O será algo de la época que no tolera la solemnidad, la tristeza ni el terror, que todo, absolutamente todo lo tiene que disfrazar de humor? En la antigüedad se presentaban las tragicomedias como un género del teatro, mientras que hoy todo es un meme. ¿Está mal? No lo sé. No me pregunten, sólo soy una chica.

 

Mientras tanto, en la cotidianeidad de la vida, interrumpimos la programación habitual para tomarnos unas vacaciones. Ese periodo en el que, por ley, se supone que estamos dispuestos al ocio, o que más precisamente, descansamos y retomamos fuerzas para continuar con el negocio habitual.

 

Afuera el cielo está despejado, el atardecer llega lento, casi en forma de arcoíris. Hace 31 grados centígrados, pero son más tolerables que los 40 de sensación térmica y 70% de humedad en Resistencia. Hay algo raro del verano en Buenos Aires que da la sensación de que todavía no llegó del todo, y es la costumbre de escuchar el canto de las chicharras cuando se asoma la noche y se escuchan los gritos desaforados de los chicos del barrio jugando a no sé qué. El sonido de las chicharras, que en algunos lugares como en Formosa puede ser ensordecedor, sumado al calor y humedad extremos convierte al verano litoraleño en un cóctel del delirio.

Todo parece simple, pero no lo es. Hay texto y no hay texto al mismo tiempo. Hay espacios llenos y vacíos, encuentros y desencuentros que se superponen como sombras. Las cosas giran, las puertas se abren y se cierran, una y otra vez, como si no supieran bien hacia dónde dar.

A veces todo se mueve con la gracia mecánica de una bailarina en una cajita de plástico rosa, que canta, baila, se mira en un espejo espejado y termina, inevitablemente, ahogándose en un charco de agua sucia.

En ese movimiento aparece la pregunta: ¿Y vos quién sos, muerte, para hacerme tantas preguntas? ¿Y vos quién sos, que te ves en esos espejos que aparecen cuando el agua cae en el abismo?

Podríamos vivir de vacaciones idílicas permanentes, si no fuera que la plata es arena en las manos, y que continuar con los efectos de un típico estado febril puede malir sal.

 

Las variaciones de los pronombres entre el singular y el plural en este texto son naturales y conscientes.

Decir nosotros, hablar en plural, es expresarse en sentido de pertenencia, es una manera de consolarnos ante la soledad y la incertidumbre.

 

Y en el momento en que me detengo a pensar en esto me interrumpo con las obligaciones cotidianas. Se introduce en mí el chip de la productividad y se apodera del tiempo y de la reflexión. Se abre paso a una maquinaria de procesos de respuesta inmediata de demandas consumidoras de energía: hay que planificar el viaje, hay que ir a algún lado a desconectar de verdad, no de mentira.

 

El indicador de desconexión por excelencia es la pérdida de la noción del tiempo. De repente, no saber qué día es, si es martes o domingo, si el tiempo pasa más rápido o más lento, si avanza o retrocede, todo es confuso.

 

¿Por qué nos cuesta tanto la desconexión? Resulta una tarea titánica pensar en lo que pensamos o en lo que sentimos en el fondo de nuestro ser. No sólo en la información que pasa como relámpago por nuestra cabeza y nos abruma, nos mantiene intranquilos y a la vez desconcertados por el grado de superficialidad y poca importancia real que tienen en el fondo estos asuntos. Con mucho esfuerzo logro llegar a pensamientos que no son construcciones sino que son simples recuerdos de situaciones, conversaciones e ideas.

 

Es como si adentro hubiera una especie de agujero negro, un “vacío” con cuerpo propio que se traga todo y no devuelve nada legible. Todo cae en un abismo. Hay una nube que impide ver, límites que no permiten acceder a lo profundo. ¿Cómo quitarse ese velo?

 

El entorno influye en nosotros, nos moldea y condiciona, depende de qué tan fuerte estemos aferrados a nuestras raíces, cuánto nos pueda torcer. Por eso son tan necesarias las vacaciones en otro lugar que nos permita “desconectar”, cambiar el entorno.

 

Pero nos cuesta más entender esa esencia nuestra que la desconexión de la rutina. Queremos siempre saber más, quiénes somos, qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos, por qué, quién, cuándo, cómo… y al fin y al cabo no podemos conocer nada en esencia.

 

Podríamos, siguiendo a Fausto, dedicarnos a la magia, o siguiendo a los indios del altiplano, creer en ella. Otro camino también puede ser el arte, o la escritura, que aunque nos resulte a veces ajena, o no nos convenza del todo, es una forma de procesar y sacar lo que está adentro y experimentarlo como una especie de ficción ajena. Un verdadero acto catártico en el sentido aristotélico del término.

 

 
 
 

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