El alma del cuerpo que crea
- 17 sept 2025
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¿En qué momento creamos?
En el texto anterior, al final, me puse un poco melancólico, lo admito.
Romanticé la soledad, como suelo hacerlo.
Y el lector hábil —si es que existe alguno— podría decir que caí en lo mismo que tanto critiqué: esa obsesión de algunos por encontrar en lo japonés una virtud espiritual exportable, un silencio que parece tener más sentido que el nuestro.
Tal vez sea una ilusión mía, ese silencio tan grande que sentí acá, una especie de cliché que traje desde Argentina, una profecía autocumplida más que un descubrimiento.
Pero igual, entre nosotros, en esa soledad inventada algo pasa.
Al final lo que importa —o por lo menos lo que me importa en este escrito— no es si ese silencio es real o no, sino lo que me produce.
Se ablanda el ruido, y uno empieza a escucharse, aunque no siempre le guste lo que oye.
Y desde ahí me pregunto: ¿dónde ocurre la creación?
Porque si el pensamiento aparece en ese silencio, ¿eso ya es crear?
Creo que no.
Pensar no alcanza.
Pensar es preparar la tierra, ararla, removerla hasta que uno siente que puede depositar una semilla de idea o intuición.
Pero la creación necesita cuerpo, necesita trabajo sobre lo sembrado.
La semilla es el pensamiento, sí, pero si no hay cuerpo que la sostenga, se muere de teoría.
El problema es que no todo cuerpo que hace, crea.
Podemos hacer mucho y no crear nada.
El obrero que repite un mismo movimiento en la fábrica, el encuadernador que cierra libretas todo el día, el artista que copia sin preguntarse por qué: todos hacen cosas tangibles, pero no necesariamente con alma.
Y sin embargo, ese hacer mecánico tampoco es inútil.
Tiene algo de ejercicio espiritual: calma la mente, la prepara.
Es como limpiar la casa antes de recibir a alguien.
No es el encuentro todavía, pero lo vuelve posible.
Ahí, en ese hacer sin sentido aparente, también se cultiva el pensamiento.
Pero no ocurre la creación, todavía no.
La creación real —la que merece nombre propio— aparece cuando el cuerpo se enciende.
Cuando la mano y la mente se cruzan y de pronto aparece eso que no estaba planeado.
Y acá, inevitablemente, vienen las citas.
A veces me causa gracia porque en este tipo de textos uno empieza a mencionar autores como si los tuviera de vecinos, pero la verdad es que, cuando los nombro, me doy cuenta de que tuve que ir a buscarlos después, para confirmar si realmente decían lo que yo creía que decían.
Les traigo esas ideas ya masticadas —y con el riesgo de haberlas condimentado demasiado— porque no me gusta inventar teorías que suenen más mías de lo que son.
De hecho, siempre me pareció que citar tiene algo elocuente pero también algo de vanidad.
Como si al lector le debiera sonar natural saber quién es Henri Bergson o Simone Weil.
Y, para serles franco, yo tampoco lo sabía del todo hasta que me metí en esto y quise lucirme un poco con ustedes.
Bergson, por ejemplo, decía que la creación surge de la intuición, no de la lógica; que el pensamiento más vivo es el que se lanza antes de entender.
Bueno, algo de razón tiene: salté de Argentina a Japón y ahora estoy intentando entender dónde estoy parado, así que por consecuencia, vivo estoy.
Simone Weil, en cambio, hablaba del vacío: que hay que vaciarse de uno mismo para dejar entrar algo que no es nuestro.
Bastante más poético, como si nos poseyera un espíritu creador cuando dejamos nuestra razón en trance por un rato.
Y Merleau-Ponty, más material, defendía la idea de que el cuerpo no ejecuta la creación: la piensa desde la acción.
Del cual me siento más cercano, tal vez por mi pensamiento un poco aristotélico, pero si algo noté en estos autores es que ninguno quiso hablar del ego, aunque el ego esté en todas esas ideas metido como una sombra.
No sé si habrá alguna teoría que lo diga así, pero para mí lo que realmente juega en todo esto es el ego.
Y no en el sentido de la soberbia, sino como esa voz interna que dialoga con lo que hacemos.
El ego no solo interrumpe: también orienta, pregunta, duda, busca dejar huella (en fin, sí, soberbia en criollo).
Es quien nos dice “seguí” o “esto no sirve”, quien da dirección a la intuición de la que habla Bergson.
Tal vez los autores eviten nombrarlo porque temen descubrir su propio ego en sus teorías y que eso las vuelva menos puras.
Pero a mí me gusta pensarlo al revés: el ego es una forma de conciencia.
Es la parte que observa mientras hacemos.
Y cuando ese ego deja de dominar pero no desaparece —cuando acompaña—, ahí ocurre algo cercano a la verdadera creatividad.
Es el momento en que el cuerpo y el yo se miran, y de esa fricción nace un alma.
Y ya que hablo del ego —y que evidentemente el mío goza de buena salud—, me voy a citar a mí mismo y contar una anécdota sobre una obra que hice: Touched.
Por si alguien que lee esto no la conoce —que debe ser casi todos—, Touched fue una serie de máscaras de yeso que hice hace unos años.
La primera máscara salió de un molde de un rostro real, de un modelo vivo.
La segunda de la primera, la tercera de la segunda, y así hasta llegar a la octava.
Cada nueva generación perdía detalles, como si la identidad se fuera erosionando con el tiempo, dejando solo la huella del intento de ser.
Era algo entre arqueología y fotocopiadora: quería ver cuánto puede resistir un rostro antes de dejar de ser él mismo.
Y, claro, hacerlo era agotador.
Molde, yeso, secar, mugre por todos lados y volver a empezar.
Durante toda una noche repetí el proceso como un mantra.
Y en esa repetición, casi mecánica, entendí algo: llega un punto en que la mano, cansada, deja de obedecer del todo y empieza a entender sola lo que hace.
No lo piensa, lo sabe.
Y justo ahí, cuando el cuerpo se adelanta al pensamiento, ocurre la creación real.
No en la primera máscara, la más perfecta, sino en el proceso de las demás, donde el error se volvió lenguaje.
Por eso me permito —aunque suene pretencioso— separar el crear del fabricar.
Uno puede hacer cosas todo el día y seguir vacío, o repetir lo mismo y de pronto sentir que está tocando algo vivo.
La diferencia, creo, está en si el cuerpo está despierto o dormido.
Si hay semillas o solo tierra removida.
Creo que por eso me someto a la creación diaria desde ahora, tanto en texto como en imágenes.
No para tener razón en mis escritos, ni para sumar bocetitos como quien colecciona figuritas del Mundial, sino para que el cuerpo no se oxide.
Para que la mano siga pensando, para que el alma tenga donde caer cuando aparezca.
En el gesto, torpe o lúcido, ocurre lo más cercano que conozco a la creación verdadera:
el hacer con el alma consciente.
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