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El arte de vivir 

  • 1 ago 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 13 nov 2025



"[Franklin was] one of the very small class of men who can be said to have added something of real value to the art of living. Very few writers have left so many profound and original observations on the causes of success in life, and on the best means of cultivating the intellectual and the character." 

Qué club de difícil acceso, aquel pequeño al que pertenecía Benjamin Franklin, según el historiador inglés Lecky. 

En este párrafo, donde se reconoce el mérito de Franklin, hay varias palabras con profundo sentido sobre las que se podría hablar. Por ejemplo, ¿qué es “el éxito en la vida”? Parece sugerirse que, para Franklin, el éxito excede la comodidad material. También está la idea de las observaciones sobre las causas: podríamos profundizar sobre la observación consciente de causas y efectos en nuestras acciones, hábitos, experiencias y decisiones que conducen al éxito. Sin duda, este tema, y la relación entre la intelección de las cosas de la vida y el carácter propio, serán mencionados en futuros ensayos. 

Pero para el Centro de Arte Rulo, me es menester hablar del arte de la vida y de la posibilidad de agregarle valor a través de un ejemplo de ella misma: una costumbre valiosa que pueda ser compartida, enseñada y adquirida por toda la sociedad, en pos de que se herede y mejore a través de las generaciones. 

Vista abstractamente, la vida es un periodo de tiempo en el que se abre un espacio, y en él luchan incesantemente fuerzas que van afectando cosas y sujetos entre sí. 

Si la vida se objetiviza, como una obra de arte —o sea, un objeto que tiene su instancia de creación y su instancia de final—, fácilmente se podría pensar en ella como la acción de un artista sobre su objeto de trabajo. Es decir, un humano moldeando las infinitas variables de la vida de la forma más estética y ética posible.

Si para esculpir un pedazo de mármol uno debe elegir un tema y sentir la necesidad de transmitirlo a sus contemporáneos, esa escultura nace desde una fuerza interna que quiere expresarse en pos de algo que no existe o que debe ser resaltado. ¿Podría ser la vida algo parecido? 

El arte de la vida, si también trata de expresar lo que llevamos dentro, encuentra ejemplos claros como en la acción fiel y honesta del amor que una madre tiene por sus hijos, en un hombre comprometido con la misión de su equipo en un proyecto, en un joven o una joven dedicados al estudio y cultivo de su espíritu, o en un político honesto que sirve a su país (¡cuak!). 

En todas las formas de vida, la expresión de uno mismo es lo que brilla —como en una escultura o una pintura. 

Una escultura contiene infinitas formas durmiendo dentro de la piedra; el escultor puede escuchar su despertar. La vida, de igual forma, contiene infinitos momentos dentro de su espacio de tiempo, y es con el equipamiento de precisión y medición que uno puede observar su contexto, sus privilegios y carencias, para tallar con su cincel en ella una vida con acciones dotadas de significado e importancia. 

No todo tiene que ser profundo, pero en el camino uno empieza a entender que hay una unión entre lo superficial y lo profundo que no genera contradicción. 

La vida también posee infinitas cualidades: es larga, es profunda, contiene estímulos de placer y de dolor, agentes de deseo, llamados constantes de los deberes, y las miradas juzgadoras de quienes asignan destinos o proyectos. Cuántas herramientas, cuántas oportunidades… y cuánto mareo. 

La vida, desde este punto de vista —inspector y objetivador—, se revela como un juego, un espacio-tiempo que puede recibir forma a través de la energía de uno (entendida como flujo de acciones y palabras). 

El arte de la vida podría entonces remitirse a mirar la vida con una sensibilidad artística: cada acto, cada decisión, cada relación, como parte de una obra mayor. 

Si para Lecky, Benjamin Franklin sumó valor a este arte de vivir para toda la humanidad, entonces él fue quien, alegóricamente, le dio al escultor un nuevo cincel, al diseñador una tablet digital, o al jardinero una nueva semilla para plantar y embellecer el patio.

Lecky dice que son pocos quienes logran una forma tan bella e inspiradora de ver y llevar adelante la vida, de influenciar y coordinar los poderes dentro de su esfera de acción. ¿Quiénes están en esa lista? ¿Los profetas? ¿Shakespeare? ¿Duchamp? 

¿Y cuáles son las cosas de “verdadero valor” que se le pueden agregar al arte de vivir? 

Sin duda: poder amar. Amar no solo a quienes comparten la vida con uno, sino también a las vidas que comparten la tierra. Las personas del futuro. Darle verdadero valor al autoconocimiento. Comprender primero los instrumentos que poseemos: el intelecto, la razón, las diversas inteligencias. 

Partiendo con ese equipaje, lanzarse a la vida es ir recogiendo experiencias como nuevos pedazos de arcilla que uno le suma a su escultura. Experiencias que deben ser enfrentadas con valentía —que no es ausencia de miedo, sino una forma de dirigirse hacia su causa— y con ecuanimidad: obrar de acuerdo a la situación. 

Se sabe que Benjamin Franklin observaba cada experiencia incluso durante su adultez, no solo al momento de escribir sus memorias. Tomaba nota de sus acciones buenas y malas diariamente, así como de lo que iba aprendiendo. 

La diligencia con la que trató su labor como simple ser humano, en pos de lo que creía mejor, es sin duda algo de verdadero valor. 

Luego, la importancia de la familia, el compromiso con los amigos, y ser un ciudadano cívico. 

Ser uno de los padres fundadores de una nación potencia mundial, y estar en el billete más importante del mundo… tiene que ser un verdadero mérito.


 
 
 

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