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La plasticidad del humano como técnica.

  • hace 10 horas
  • 3 Min. de lectura

Cuando mi ignorancia sobre las plantas, sobre su estructura y sus necesidades, me llevó a

moverlas desde un lugar en la sombra hacia un techo con sol de ocho de la mañana a seis

de la tarde, vi con desesperación cómo las hojas se quemaban. Las plantas quemadas se

quedaron detenidas unos días, hasta que con alegría volvían a brotar.


Los nuevos brotes sobrevivían (a duras penas) a los rayos del sol. Sin duda, habían

entendido que necesitaban una cutícula más gruesa para soportar semejante opresión.

En su momento me quedé sorprendido ante el hecho: solamente en una nueva brotación las

nuevas hojas estaban mejor preparadas.


Esto lo volví a recordar cuando caminaba por un bosque patagónico, donde, indagando la

teoría de la voluntad y el sentido de la vida, volví a recordar la plasticidad de la planta.

Lo recordé cuando todavía no sabía cuál era la técnica que la naturaleza nos había dado

para poder llegar a cierta compleción de nuestros máximos en físico, espíritu e intelecto.

Para que el ser humano pueda llegar a cumplir el propósito que le dé sentido a su vida(1),

precisa de una técnica que también se nos dio en demasía: la plasticidad neuronal,

biológica, cultural y conductual. Esta plasticidad, o sea, la posibilidad de poder cambiar,

transformar y adaptarse a contextos y a estímulos, es lo que tenemos a disposición para

desarrollar nuestro físico, intelecto y espíritu.


Esta plasticidad crece en abstracción, pasa a ser algo racional, autorreflexiva y no

reaccionaria. Por eso, a la edad de los treinta, este concepto debe estar intelectualizado

como herramienta. Someter nuestra biologia a nuestra voluntad, o que deje de ser un

fenomeno natural y se deliberada.


Cuando somos bebés, la plasticidad es natural, está dictada por la biología misma; no hay

un sujeto y un objeto (incluso esta diferenciación forma parte de la plasticidad espiritual).

Los músculos crecen y el mundo se empieza a incorporar.


En la niñez es diferente. El niño o la niña se estimulan y aprenden por mímesis. La

plasticidad es obligatoria, ya que empieza a consolidarse la personalidad del niño o la niña.

Los padres y las madres son de quienes se inspiran y de donde nacen sus idiomas, sus

gestos, sus hábitos.


En la adolescencia, el mundo mismo empieza a interpelarnos y nuestra reacción es lo que

nos moldea. Al igual que en la niñez, este período contiene un gran incremento del intelecto,

pues las instituciones educativas se centran en la plasticidad neuronal y conductual.


En la temprana adultez, la plasticidad merma, y aunque uno vaya a la universidad y el

comienzo de la vida laboral trae muchos aprendizajes, la plasticidad con la que nos

encontramos en nuestro cuerpo, nuestra mente o nuestro espíritu es diferente y más

forzada en relación con las etapas anteriores. En la adultez, la razón empieza a dirigir

nuestros intereses y dónde invertimos nuestra energía.


Para el comienzo de la tercera década de vida, la plasticidad depende exclusivamente de

uno, siendo este también el período más importante para saltar a la etapa más larga, más

comprometida y más decisiva de nuestras vidas.


Entender la plasticidad como técnica es incorporarla a nuestro juicio. Elevarla a nivel de

concepto al que podemos acudir para entender cómo funciona. Si el mundo cambia tan

rápido, y cambió tan rápido en el pasado, fue debido a la plasticidad de nuestra mente, que

nos permite aprender en un día cómo hacer fuego, en dos días cómo cocinar una carne o

en tres días cómo pegarle a una pelota de fútbol.


En la naturaleza todo está hilvanado (la perfección teológica). La biología adjudica nuestra

gran capacidad de transformar nuestras conductas individuales y sociales y nuestro

conocimiento a nuestra fragilidad en tanto animal. Para poder sobrevivir como especie

debimos tener la habilidad de dominar la naturaleza, construir sistemas complejos y

muchísimo más, pasando por los idiomas, herramientas e infinitas más.


¿Puede una herramienta ser incorporada racionalmente para poder apostar por un mejor

crecimiento? El deportista la conoce. El artista también. Repetición, adaptación, mejora.

¿No es la plasticidad la que logra crear conductas sociales de sustentabilidad,

desobediencia o respeto que cambian el mundo?


Entonces propongo utilizar cada momento como algo que nos puede expandir. De esta idea

derivaran la propuesta de usar los dispositivos del sistema y la cultura para concentrar

energía en evolucionar los conceptos, las ideas, las pasiones, las fuerzas.




1- En mi esquema, el sentido de la vida humana, como el de cualquier otro ente, es el

desarrollo máximo de sus capacidades. Para encontrar su forma, el humano selecciona un

propósito nacido de su contexto, voluntad y razón. Este propósito será lo que dará forma,

colores y disfraces al desarrollo de sus capacidades: espiritual, física e intelectual.

 
 
 

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