El sabor del trabajo
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La vida se sostiene gracias al trabajo en sus diferentes formas, pero ¿qué hace al trabajo soportable?
Hacia una ergólica
Se dice que las Bucólicas de Virgilio fueron inspiradas en Teócrito, el padre de la poesía pastoral, algo que hoy confusamente se le llamaría la “romantización” de la vida rural. Con la revolución industrial, la mano de obra que trabajaba en los campos fue trasladada a las fábricas, acercando y concentrando a los habitantes del campo en la ciudad. El imaginario estetizado de aquel que vive y trabaja la tierra y los animales comenzó a ser reemplazado progresivamente por el obrero del mundo fabril. La Unión Soviética supo comunicar una imagen de fuerza y progreso asociada a esta nueva figura difundida por la propaganda estatal. La literatura de la Rusia zarista se caracterizó por un crudo realismo. Aunque menos difundida que la narrativa realista, hubo una importante producción poética sobre el estilo de vida del obrero.
Han aparecido luego conceptos asociados a las virtudes del oficio industrial, como el de productividad, cuyo tinte positivo se vincula tanto con el crecimiento económico como con la autorrealización individual, a través de los controvertidos conceptos de mérito y progreso.
El simbolismo estético del trabajador industrial sigue teniendo semejanzas con la idea clásica del cuerpo fuerte, capaz de soportar cualquier adversidad, dotado con la maestría lograda por el hábito repetido en el tiempo, y la capacidad de resolver los problemas más arduos.
El verdadero trabajo hercúleo que hace referencia al héroe mitológico griego y tematizado por autores como Hesíodo en Los trabajos y los días, esconde algo peculiar. Por una parte los griegos consideraban la labor manual como algo indeseable, no virtuoso, lo propio del esclavo, mientras que al mismo tiempo valoraban el πόνος (pónos: trabajo real, duro, exigente) que significaba el esfuerzo virtuoso pero como prueba existencial.
En la contemporaneidad, la figura estilizada es la del trabajador “libre”: el new rich, emprendedor y jefe de sí mismo, que se distingue del laburante común y corriente, y que hasta niega reconocerse como tal. Quien se percibe libre es aquel que dispone de su tiempo y espacio con mayores comodidades gracias a internet.
Podríamos decir que en todos los ámbitos y en todos los tiempos hay lo que voy a llamar una “ergólica” (del griego ergon, trabajo): una idealización estética de la figura del trabajador. Este imaginario le aporta belleza a lo desagradable, sentido al esfuerzo, y dulzura al amargo sabor de la realidad.
“Difícil es ser… digno” decía Pítaco en el Protágoras de Platón; a lo cual Simónides le respondía: “No, lo que es difícil es llegar a ser bueno, Pítaco, de verdad”.
Este fragmento del diálogo platónico hace pensar que no es lo mismo ser bueno y virtuoso alguna vez que serlo permanentemente y bajo cualquier circunstancia. La virtud está en sostener la vida orientada hacia ese ideal. El diálogo discute si la virtud puede enseñarse.
Es evidente que una gran parte de los seres humanos que realizan trabajos en sus diferentes formas sienten desdicha y rechazo por este modo de vida. Quizás la mayoría, si pudiera, no trabajaría y viviría del ocio. Aunque también hay muchos que afirman que no pueden vivir sin trabajar, porque es lo único a lo que se han acostumbrado.
¿No queda otra?
En la época actual vivimos en dimensiones separadas entre la realidad material y la virtual; la subjetiva y la ideológica. Las transformaciones materiales que se dan en lo concreto conviven con la imagen que se tiene de ellas. La realidad cruda ha generado que la población se haya vuelto escéptica de la política, entendiendo ésta como la que representan “los políticos”. El descreimiento, el avasallamiento y la confusión son tales, que se dan casos en los que los trabajadores de una fábrica no apoyan al sindicato que los representa, y en contraste a esto, defienden a quienes históricamente han representado a su adversario o enemigo, convencidos de que de esta forma hacen el menor mal, esto es, el de no ser tomados por tontos por los mismos de siempre.
La esclavitud, aunque sigue existiendo, en términos generales no es explícita, se encuentra disfrazada bajo otros nombres y otras reglas. Los privilegios de clase parecen desaparecer para aquel que “progresa” gracias al esfuerzo del trabajo. Aquel que trabaja no está interesado solamente en la recompensa material, también hay un anhelo espiritual y de trascendencia. En medio de tanta incoherencia, existe la consciencia de la injusta realidad en la que vivimos, pero no hay tiempo para pensar en ella, porque hay que seguir trabajando bajo el raro aliento de “no queda otra”. Peor es no tener nada.
Lo mismo sucede con muchos de los que dedican su vida al trabajo intelectual, quienes no alcanzan a satisfacer la plenitud de su espíritu porque su producción peca de ensimismamiento y carece de trascendencia. La producción académica puede ser más cómoda desde una oficina o laboratorio, que la que se realiza en una fábrica o en la calle, pero no por ello deja de estar cada vez más cerca de lo que es una línea de manufactura, con la exigencia de producir a demanda de los intereses de los que los financian.
Sin ir más lejos, existe siempre una satisfacción por el trabajo hecho, en especial por el bien hecho, sobre todo si es reconocido. La sensación de ser útil e importante es reconfortante.
Pero también hay quienes viven bajo la ley del menor esfuerzo y ven como una virtud la viveza criolla y el oportunismo, amparándose en los huecos de la ley y siguiendo el ejemplo de sus representantes corrompidos por el poder, se consuelan con el sentimiento de sacarle provecho a algo, aunque eso signifique ir contra la moral y las buenas costumbres. La lucha se sostiene entre la supervivencia y la dignidad. Su actuar es tratado cada vez con mayores límites y cuidados, articulando con tolerancias y frenos entre lijas y algodones.
El trabajo, entendido como una construcción histórica, no ha cambiado en términos de esfuerzo. El desgaste físico se sigue padeciendo, y el desgaste mental continúa floreciendo. Pero lo que no ha progresado es qué esfuerzos son dignos de ser considerados trabajo, y merecen mayores derechos, beneficios y retribuciones. Como señalan Lis y Soly en Worthy Efforts: ¿Quién decide qué trabajos son más importantes que otros? A lo cual agrego, ¿Quién decide quiénes son más importantes? ¿La decisión está implícita en la sociedad?
En cada época el imaginario del trabajo se va transformando, pero el cansancio se mantiene, mientras unos deciden y otros tantos siguen construyendo con sus manos todas las cosas que nos rodean.
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