EL BOOM DE LA YERBA MATE
- 7 may
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Actualizado: 19 may
El día en que te convertís en adulto taragüí y preparás tu mate para sentarte a tomarlo solo, en silencio, con aires de meditación — ese momento en el cual tu ser se fusiona con los ya identificados y científicamente clasificados químicos de ese tierno lixiviado que suaviza el alma y lava todos los males que pudieras haber atravesado. Es tan icónico en nuestra cultura que ha sido utilizado en pautas publicitarias sin escatimos, en novelas, en representaciones teatrales. Es parte de nuestra identidad. No importa tu ideología ni de qué lado de la vereda estés parado: si sos argentino, tenés un mate en la mano.
Esta planta maravillosa que convierte a tantos pueblos en hermanos, separados geográficamente por montañas más altas que los sobrevaluados Alpes, ríos inmensos de grandes caudales y longitudes inconmensurables que son nuestras venas abiertas, planicies tan extensas que hacen pensar que jamás llegaría uno a ese punto final donde la pampa debiera terminar. Es símbolo de nuestro origen, es lo que nos dejaron conservar después de la imposición del nuevo mundo en nuestros territorios. Muchas cosas han sido arrebatadas de nuestras manos a lo largo de los años de colonización, y son muy pocos los elementos que nos permiten identificarnos unos a otros en esta convivencia espiritual que es prepararse un mate.
Byung-Chul Han expone en La desaparición de los rituales que estas "acciones simbólicas" son las que dan forma a una comunidad y permiten a sus miembros reconocerse sin necesidad de comunicación constante. Su desaparición lleva a una comunicación sin comunidad, donde la sociedad se atomiza y se vuelve narcisista. Sin los rituales, el tiempo se desintegra en una sucesión de presentes fugaces.
Nuestro ritual está compuesto de varios elementos: el agua junto con el fuego que le da su temperatura para ejecutar la extracción, las hojas que son la tierra, el mate que es al mismo tiempo tierra, planta y madera, y el aire lo pone el espíritu de la persona que succiona a través de ese canal metálico que llamamos bombilla. Como el Masala Chai de la India o el Chanoyu en Japón, tiene sus parámetros que deben ser respetados para la realización perfecta. La temperatura del agua — en muchas regiones estrictamente 80 grados — es tan importante como el material del recipiente o la bombilla. Cómo cargar el mate, cuánta cantidad, en qué posición: requisitos básicos del control de calidad que se exige en las familias al que comienza a incursionar en el mundo de la preparación de este néctar. Y entre tantas cosas, la calidad de la yerba es quien define en gran parte las propiedades organolépticas de la bebida, aunque siempre queda de alguna manera subestimada. El cultivo de estas hojas debiera ser el punto crítico de control de calidad en la elaboración de un buen mate.
Entonces, ¿cómo llegamos de ese ritual íntimo a las góndolas del mundo?
La respuesta está en una confluencia de factores que se aceleraron en los últimos años. La selección argentina campeona del mundo con el mate siempre presente en los vestuarios, figuras de Hollywood como Viggo Mortensen, Anya Taylor-Joy o Chris Pratt consumiéndolo públicamente, y emigrantes argentinos llevándolo como bandera a cada rincón del planeta fueron construyendo una curiosidad global que el mercado supo capitalizar rápidamente. A esto se suma una tendencia mundial hacia el bienestar y los productos naturales: el segmento de bebidas listas para tomar a base de yerba mate creció un 65%, compitiendo directamente con el café frío premium y las bebidas energéticas, bajo marcas que hoy se consiguen fácilmente en supermercados de Europa y Estados Unidos. Hasta Perrier lanzó su propia bebida energética orgánica con extracto de yerba mate, y Red Bull y Coca-Cola hicieron lo propio con sus versiones. La mateína ya no es un secreto bien guardado del Cono Sur: es un ingrediente funcional más en la industria global de beverages.
Los números confirman lo que uno puede ver con sus propios ojos. En 2024, las exportaciones de yerba mate cerraron en 44 millones de kilos, un récord histórico según el Instituto Nacional de la Yerba Mate, con destinos que van desde Siria — el mayor comprador — hasta mercados tan nuevos como India o México. El mercado mundial de bebidas a base de yerba mate ya superó los 2.500 millones de dólares en 2024 y se proyecta un crecimiento anual de más del 6% hasta 2030. Y la tendencia no se detiene: en 2025 Argentina batió ese récord nuevamente con casi 58 millones de kilos exportados.
Hoy puedo salir a caminar por mi barrio en Biel, en el cantón de Berna, y encontrarme con gente bebiendo "El Tony Mate" — una empresa suiza, paradójicamente, la que les acerca nuestra infusión en lata. No saben lo que es. Quizás no tienen ni la menor idea de lo que esencialmente representa en nuestro inconsciente colectivo la imagen del gaucho que pudieron ver en la etiqueta. Y yo me pregunto a menudo cómo llegó tan lejos, e intento entender qué significa ese traspaso cultural para nosotros.
Porque lo que en alguna época fue leyenda y tradición se transformó en un artículo más de las interminables góndolas de supermercado. Y con esa transformación vino una consecuencia que no siempre se discute: el objetivo del mercado no es mejorar la calidad del producto para que el consumidor interno acceda a algo mejor, sino aumentar la producción a costa de la calidad para vender más y más barato. En 2024, mientras las exportaciones alcanzaban niveles históricos, el consumo interno de yerba mate cayó un 9,3% respecto al año anterior. Los argentinos tomamos menos mate mientras el mundo toma cada vez más. La paradoja es difícil de ignorar.
Lastimosamente, en los tiempos que vivimos de capitalismo y culto al falso dios del dinero, a menudo queda fuera de discusión la importancia de los distintos actores que intervienen en la producción, y todo queda reducido a la imagen de góndola que es objeto de deseo. Las condiciones de obtención de la materia prima son habitualmente desestimadas y subyugadas al que tiene el poder. No somos los primeros en disfrutar de la bondad de la naturaleza, pero sin duda seremos los últimos si no prestamos atención al agotamiento de los suelos por el monocultivo y a la explotación de esos trabajadores que proporcionan las hojas — elemento clave sin el cual no existiría foto en la playa de atardecer y mates.
Escribo esto justamente porque leí una noticia que me sacudió: el precio del kilogramo de hoja verde al productor ronda los 200 pesos argentinos, mientras que el kilo de yerba para consumir llega a los 4.500. Y si bien se necesitan alrededor de 3 kilos de hojas para producir 1 solo kilo de yerba seca, aun así no representa ni el 15% del precio final. Con el tiempo el mercado se amplía, la demanda crece, pero no hay señales de organismos reguladores con poder de acción: fueron inhabilitados para intervenir sobre los precios por las resoluciones de desregulación del mercado del gobierno nacional. La desregulación eliminó la potestad del INYM para fijar precios oficiales de la materia prima, dejando al eslabón más vulnerable de la cadena — el productor — a merced de lo que el mercado quiera pagar.
Todavía me acuerdo de la primera vez que lo tomé, su sabor intensamente amargo y vigorizante. No imaginaba yo las dimensiones de este traspaso cultural. Y creo que eso es lo que estamos perdiendo de vista: esto no es solo un producto más para poner en las góndolas. Esto es nuestra cultura. Esto somos nosotros.
Este es más que un simple escrito anecdótico. Es la primera vez que me atrevo a expresar tan abiertamente mis ideas, y no sé si lo estaré haciendo de la mejor manera, porque aunque no quiero teñirlo de tintes políticos, no deja de ser una cuestión de esa índole. Es un llamado a la concientización: lo que hagamos hoy con esto, y la manera en que gestionemos la explotación global de nuestra cultura, es lo que nos va a permitir — o no — conservar nuestra identidad y nuestros rituales. Sin ellos ya muy poco nos quedará en una sociedad entumecida por el hedonismo y la superficialidad.
¿Estamos dispuestos a pagar las consecuencias a futuro? ¿Sabemos cuáles son esas consecuencias? ¿Quiénes serán los damnificados del boom de la yerba mate? ¿Qué va a quedar de este ritual cuando el mundo lo consuma sin saber lo que es? ¿Quiénes seremos cuando esto ya no sea parte de nuestra identidad sino un objeto más que se publicita en pantallas gigantes en hogares de todo el globo?
Seguramente no tendremos todas las respuestas. Pero al menos espero poder generar un poco de pensamiento crítico con mis palabras.
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