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El Diálogo 

  • 13 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Somos Palabra-en-diálogo y podemoslos unos oír de los otros”. Hölderlin 

¿Por qué es difícil el diálogo?¿Qué es el diálogo?¿Existe el diálogo con uno mismo? Son algunas de las preguntas que sirven de disparador para escribir este texto. La primera aparece generalmente después de experimentar la frustración de evidenciar la imposibilidad de un diálogo; la segunda, como segundo estado de aceptación y de optimismo existencialista; y la tercera la verdad es que no me acuerdo, pero lo más probable es que haya surgido de alguna conversación. 

Podemos remontarnos a la antigüedad para darnos cuenta de hace cuánto tiempo que es difícil el diálogo. Platón es el primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en literatura en torno al tema. Sus Diálogos socráticos muestran esa forma particular de intercambiar preguntas y respuestas, en donde se razona de manera conjunta y se intenta llegar a comprender algo, con más de un enojo y renuncia de por medio por parte de con quienes se encuentra. Aunque muchas veces sus argumentaciones terminen en aporía, es innegable la influencia que ha tenido en la filosofía y en la construcción del pensamiento. 

Pero acá el tema no es validar la utilidad del diálogo o conocer su historia en la literatura si no responder a la primera pregunta que suele ir acompañada de suspiros. Para entender dónde radica la dificultad del diálogo, antes hay que definirlo. 

Siguiendo la vía negativa a lo Pseudo-Dionisio Areopagita, se puede pensar primero en todo aquello que no es: no es una “charla de ascensor” (smalltalk), no es un monólogo (claramente), no es una conversación transaccional, no es una lucha oral, tampoco un intercambio con Chad Yipiti, no es una fruta ni es una estación, y así podríamos seguir.¿Entonces qué es? 

Se puede entender el diálogo como logos en movimiento. Es el espacio de transformación de las ideas, en el cual las ideas se transforman en palabras y en interpretaciones. Es el lugar o espacio vital de encuentro en donde se le da forma al deseo y a partir del cual se forma el pensamiento. Lo que uno se imagina de pronto toma forma al traducirse al lenguaje de comunicación, mientras el otro lo recibe y lo devuelve como una pelota de ping pong. El espacio de desarrollo no necesariamente tiene que ser físico, puede ser un espacio virtual, pero hay algo que carga con una potencia mayor al acto de dialogar, y es la presencia de dos cuerpos que se encuentran y se disponen los unos a oír de los otros. 

En el diálogo hay un reconocimiento del otro no simplemente como interlocutor ni como ser vivo en su existencia física o biológica, sino como humano por aquello que lo hace humano. El otro es reconocido como un interlocutor válido, por poseer aquello que conocemos como dignidad. 

En este intercambio de pensamientos y palabras hay un objetivo que determina este tipo específico de conversación, que lo diferencia de una charla o de otro tipo de comunicación, el cual es el llegar a una mejor comprensión de uno mismo y de los demás. Se caracteriza asimismo por ser auténtico, argumentativo e implica apertura por parte de los interlocutores. Si alguno de estos elementos característicos falta, ya sea por ausencia o por interrupción de otros factores como los emocionales, es entonces cuando se eleva el nivel de dificultad. 

Silvia Luque, Horacio Silvestri


 
 
 

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