El fin del hambre: notas sobre la antropofagia global
- 13 nov 2025
- 2 Min. de lectura
En la idea de la antropofagia brasilera, se creía que los pueblos originarios decidían a qué colonos comer y a cuáles no en sus banquetes rituales. Esa elección no era casual: se trataba de discernir si devorar al otro implicaría apropiarse de su potencia o, por el contrario, contagiarse de su falta de sabor, de su carencia de coraje. Era un acto de selección simbólica, un gesto político y espiritual: decidir qué cuerpos valía la pena incorporar.
Hoy vivimos en una época donde la globalización es total. Las tendencias estéticas, arquitectónicas, artísticas o de pensamiento llegan empaquetadas y listas para ser consumidas. Se instalan en nuestros dispositivos, en nuestras conversaciones y en nuestras rutinas antes incluso de que podamos darnos cuenta. El tiempo para elegir qué incorporar —y qué no— parece haberse evaporado. Ya no hay pausa para la digestión, apenas un flujo continuo de estímulos que entran y se mezclan sin filtro, como la cadena de producción de cualquier Mc Donalds.
Un ejemplo que me viene rondando estos días lo ilustra bien. Cuando era chica, Halloween era una fiesta ajena, un ritual extraño que veíamos en las películas estadounidenses. Podía parecernos divertido o curioso, pero pertenecía a otro mundo, incluso en los desfachatados noventa. Hoy, en cambio, no hay local de ropa, de comida, de belleza o de herramientas que no exhiba calabazas o telarañas sintéticas. El otro día pasé frente a una barbería decorada con estos mismos elementos. A simple vista, algo inocente. Pero si nos detenemos un momento, si nos damos ese pequeño lujo de la pausa, podríamos preguntarnos: ¿de qué se trata realmente esta escena? ¿Es una excusa más para estimular el consumo? ¿Una muestra de la globalización absoluta de las festividades? ¿O apenas un reflejo de cómo lo foráneo se vuelve propio sin que medie ningún acto de decisión?
Quizás lo performático de nuestros días radique justamente ahí: en esas acciones mínimas, aparentemente triviales, con las que participamos —sin saberlo— de un teatro global. Cada gesto cotidiano, cada elección estética, cada compra o publicación, forma parte de una coreografía mayor que nos excede. Ya no devoramos al otro para apropiarnos de su fuerza; ahora lo ingerimos sin masticar, sin preguntarnos siquiera si tiene sabor. Tal vez el desafío contemporáneo consista en recuperar el tiempo de la elección, en volver a mirar lo que hacemos y cómo lo hacemos, y decidir —aunque sea por un instante— qué queremos realmente incorporar a nuestra dieta.
Comentarios