El lector cuántico
- 6 nov 2025
- 5 Min. de lectura
Estoy en un dilema, querido lector.
Y no es un dilema cualquiera: es uno de esos que se sienten en la garganta, entre la urgencia de decir y la sospecha de que no hay nada que decir.
Hoy le quiero hablar —o confesar, mejor dicho— que no sé qué escribir.
O sí sé, porque por algo estoy escribiendo y usted leyendo; algo escribo, pero no con conciencia plena, con lucidez: algo me mueve y no sé a dónde.
Siempre parto de la improvisación —usted lo sabe si me ha leído; si no, lo sabrá en unas líneas más adelante—. Pero hoy es distinto: la improvisación no fluye como de costumbre; más bien es un obstáculo. Hay demasiadas puntas que tocar, demasiadas puertas medio abiertas para llegar a entender esta confesión que, aunque aún no empecé, ya lo involucra.
Pensemos juntos, usted y yo. ¿Quién es usted, lector?
¿Es alguien que ya me leyó o alguien que recién me encuentra? Porque eso cambia todo: el tono, el asunto, la relevancia de esta confesión.
Si usted ya me leyó, entonces ya compartimos algo. Y aunque no nos conozcamos, hay entre nosotros un lazo: un hilo invisible hecho de letras, de tiempo, de paciencia.
Si usted no me leyó, también compartimos —quédese tranquilo—: tampoco me conocerá, pero comparte ahora esta lectura, esta incertidumbre entre lo que quiero escribir y lo que usted espera leer.
Yo a usted lo estimo —sí, lo digo sin vergüenza— porque, y creo que no dimensiona el acto que está haciendo, leerme ya es un acto de fe. No es solo un gesto de cariño: es una prueba de existencia. Usted confirma que yo existo, porque este texto, mientras usted lo lee, se materializa en su mente, respira dentro suyo, se vuelve pensamiento. Y en ese acto usted me da vida.
Podríamos recordar la vieja parábola del árbol que cae y si hace ruido o no si nadie escucha, pero esto es más complejo que esas patrañas filosóficas: usted no solo escucha —usted me inventa. Cada palabra que avanza en su mente me va dando forma. No soy yo el que escribe, o no solo yo: es usted leyendo, interpretando, poniendo tono, pausas, ritmo, emoción. Usted decide si esto es coherente, tierno, un disparate, aburrido, gracioso o incómodo. Y en todos los casos tendría razón: la lectura, como la verdad, depende del punto de vista. Usted, lector, es tan creador como yo: me completa, me traduce, me traiciona y me confirma a la vez. Por eso lo estimo, aunque no lo conozca.
Ahora bien: hay un problema —el problema—, y es que nuestro vínculo no es equilibrado. Usted ya lo habrá notado si es lector atento; y si no lo notó, permítame explicarlo. Yo lo conozco menos de lo que usted me conoce. Usted puede saber cómo pienso, cómo divago, incluso qué zapatos uso si ya me leyó; pero yo de usted no sé nada: ni su nombre, ni su tono de voz, ni si frunce el ceño o sonríe mientras lee. Yo solo puedo imaginarlo. Y en esa imaginación usted existe y no existe. Usted es un lector cuántico: está y no está, lee y no lee, comprende y no comprende —todo al mismo tiempo. Hasta que yo no lo mida —hasta que no lo vea, no lo oiga, no lo compruebe— usted es todas las posibilidades juntas, un conjunto infinito de lectores posibles. Y ahí radica mi dilema.
¿Quién es usted realmente? ¿Ya me leyó? ¿Compartimos léxico, sentido del humor, guiños entre líneas? ¿O debo volver a presentarme, desde cero, ante esta incómoda situación de desconocimiento mutuo?
Y otra pregunta: ¿cómo debo hablarle? ¿Con formalidad, como si recién nos conociéramos, o con la confianza de quien ya compartió confesiones, dudas, secretos, silencios? Claramente tenemos una intimidad: ahora mismo solo estamos usted y yo. En este texto no hay nadie más. Podemos hablar de otros, pero ellos no lo sabrán. Puedo incluso estar hablándole a usted mientras otro lector —que también es usted— lo lee en otro lugar y en otro tiempo. De hecho, eso está ocurriendo ahora mismo: usted está aquí y allá, multiplicado; una especie de eco con nombre propio que todavía no conozco.
Y ahí entra el segundo dilema, o el mismo visto desde otro ángulo. Porque aunque tengamos un vínculo —usted y yo—, ese vínculo es asimétrico. Usted podría dejar de leerme en este instante. Podría cerrar la página, apagar la pantalla, fingir que no existo. Y, sin embargo, no lo hace. Porque hay algo en esta cadena de frases que lo empuja a seguir: tal vez curiosidad, tal vez fastidio, tal vez simple educación. Pero lo cierto es que, ahora que llegó hasta acá, está atrapado. Atrapado en la necesidad de entender y ahí aunque asimétrico nuestro vinculo, equivalente en poder.
Si en este preciso momento me desviara y empezara a hablar de la llegada de la luna, usted tendría que leerlo. Podría decirme: “Puedo dejar de leerte cuando quiera”. Sí, podría. Pero si lo hace, se quedará sin saber lo que sigue, y eso le dejará una punzada de curiosidad, un hueco. Y yo, entonces, tendría un saber que usted no. Y ese saber —esa diferencia— me haría existir un poco más. Porque ahora me pertenece su atención, aunque no quiera admitirlo.
Así funciona este extraño pacto: usted sostiene mi existencia con su lectura, y yo lo sostengo a usted con mi voz. En esa tensión nos mantenemos vivos. Yo, colgado de su mirada; usted, colgado de mi promesa de sentido. Cuando deje de leer, yo dejaré de existir; cuando deje de escribir, usted dejará de tenerme.
Y aquí llegamos al dilema de hoy: ¿para quién escribo? ¿Para el que ya me leyó o para el que todavía no lo hace? ¿Para una mujer casada o para una joven enamorándose por primera vez? ¿Para un hombre agotado volviendo del trabajo o para un muchacho que ríe camino a un bar? ¿Para quién escribo yo, si al final todos ustedes son uno y ninguno a la vez?
¿A quién debo escribirle? ¿Al lector real o al lector imaginado? ¿Al que me juzga o al que me absuelve? ¿A quien me ama o a quien apenas me soporta?
Heme aquí —o henos aquí— usted y yo, en este dilema que atenúa mi creatividad. Porque si yo pudiera ponerle forma a usted, si yo lo midiera, podría explayarme más; pero en el momento en que lo mida, lo mato. Bueno: no lo mato realmente, pero mato infinitamente todas sus otras versiones. Si usted es una artista con intereses por la globalización, mato al obrero felizmente casado; si usted es obrero, mato a la artista; si es ingeniero, mato al abogado; si es el feliz, mato al desquiciado; mato a los dudosos y a los aburridos; mato, en suma, a quien no encaja en esa definición. Si lo defino, lo privo de todas sus posibilidades.
Y aquí vuelvo a confesar: no sé qué escribir. Me enfrento a la problemática de la hoja en blanco por este “ataúd dorado” de la rutina —término que usted y yo definimos en otro texto y que solo nosotros entendemos—. La obligación de escribir diariamente me empuja a querer definirlo a usted, y tengo que serle franco: no quiero. No quiero que usted, lector, quede reducido por mi mano al recinto de una sola versión. No deseo matar sus otras vidas mientras intento que nazca la mía.
Así que sigo escribiendo, con la fe del que no sabe si será leído y con la humildad del que sabe que, si lo es, usted será quien conceda la existencia a todo esto.
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