El ruido
- 28 abr
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Como seres sociales que somos no podemos evitar comunicarnos, incluso cerrando la boca todo el resto del cuerpo manda mensajes, manifiesta signos, sentidos y símbolos. No hay silencio nunca.
El hambre de narrar no se sienta a la mesa: la muerde a la mesa. Le arranca astillas al mantel de hule, mastica servilletas con publicidad de fideos y se limpia la boca con el suplemento. Aunque se mantenga inerme la boca muda. El silencio es un loro tapado con una sábana. Allí debajo sigue parlando, repite nombres, practica diálogos futuros, monólogos oscuros. Damos por sentado que si uno se queda quieto no cuenta nada. Craso error. El inmóvil es una radio encendida en la madrugada.
En el Chaco lo sabemos porque hasta la siesta narra. A las dos de la tarde la ciudad entera se hunde en el sopor, pero debajo del calor hierven novelas breves de la vida diaria: la persiana piensa, el perro sueña persecuciones sindicales, una botella vacía recuerda haber contenido fiesta. También la lluvia cuando cae sin tregua viene llena de los chismes nubosos y el clima siempre trae ritmos auriculares y rituales bíblicos.
Hay un hambre de narrar que no se confunde con el hambre común, aunque a veces se saludan en la esquina. El hambre común pide pan. El hambre de narrar pide público, pide oreja, pide una lucecita roja de grabación. Si no encuentra nada, se conforma con un espejo empañado o con un eco confortable. Uno habla para alguien, aunque ese alguien sea la propia sombra proyectada contra el suelo. Es una de las condiciones actuales, el espectáculo, la hiperrealidad o imagen de realidad que ocupa el lugar de a experiencia, una vida entre simulacros ante el terror de afuera cada vez más amenazante. ¿Hay salida?
Volver a lo analógico, dicen, no queda otra. Y yo asiento mientras afilo una tijera o saco punta al lápiz. Volvemos al papel, al cassette, a la libreta, al rollo vencido, al olor de la goma de pegar, a los cuadernos archivados, porque sirven para sumar contenido a la propia vida digital, ahora más copada que antes, maquillada y sabia en su pose de distracción monetizada.
Volvemos a pensar con las manos sobre una buena mesa, amplia en la estrategia de este juego intuitivo, con ese órgano secreto que sabe antes de explicar, que reconoce sin dudar, que se deja atraer por la belleza de un encuentro fortuito entre cosas contrarias con una precisión infatigable. La intuición no se fuerza: se escucha, se le deja entrar para que corra aire, no con la Inteligencia Artificial sino con la Inteligencia Manual, más digital que la mierda, diez veces más. Ante la virtualidad el contacto directo, el cuerpo, las manos y la intuición siguiendo la vieja fórmula dadaísta: crear no consiste en inventar nada nuevo, sino en reorganizar los restos del naufragio.
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