top of page

HORIZONTES DE UN IDEAL COMPARTIDO

  • 2 feb
  • 2 Min. de lectura

¿Qué nos impulsa a un grupo de personas desconocidas a reunirnos a pensar y discutir alrededor de una mesa, en una esquina vidriada de un local que funciona como punto de encuentro? 


Atención, escucha, demora, heterogeneidad, espacio y tiempo, son algunas de las palabras dichas el viernes pasado que me quedaron resonando.


La escena de la tertulia a primera vista parece mostrar que hay un ideal compartido, aunque éste no esté formulado de manera explícita. La intuición y el sentido común indican que se trata de un mundo mejor, de una sociedad más justa; aunque esa certeza se empieza a desvanecer en cuanto intentamos precisarlo con palabras. 


Sin embargo, hay algo aparentemente compartido, más que un ideal, una creencia de que el modelo socio-político moderno promete la posibilidad de coexistencia del bien común y de la libertad individual. Mientras que en el mundo contemporáneo, a la luz de los acontecimientos históricos, pareciera que la expansión de uno requiere la reducción del otro. Más aún en el modelo de vida que predomina, donde el poder económico y político se sostienen estructuralmente mediante la acumulación, la deuda y el ejercicio de la violencia (potencial, real o simbólica). 


Incluso si imagináramos un escenario hipotético en el que se pudiera construir un mundo desde cero, de acuerdo con ciertos ideales, la dificultad práctica de abarcar la totalidad de una justicia común se seguiría manteniendo, y esto radica en que no todos piensan y desean lo mismo. Hay quienes han planteado la posibilidad de construir un mundo distinto, para aquellos que se conocen a sí mismos, que viven según la tradición y bajo valores trascendentales y comunitarios, pero hasta en alguien en extremo espiritual se puede presentar la paradoja del orgullo.


Lo que nos une es al mismo tiempo lo que nos separa. En el momento en el que algo existe, inmediatamente actúa influyendo en el entorno, perturbándolo. La voluntad, el deseo, el impulso, el amor, todo aquello que nos acerca a los demás, se encuentra ligado, como un cordón umbilical, a la necesidad individual. Para vivir necesitamos a otros, personas, naturaleza, recursos, cosas, y también a nosotros mismos, nuestro cuerpo, nuestro Ser. 


Sostener la tensión entre lo individual y lo comunitario requiere esfuerzo, requiere trabajo ejercido en el tiempo, mientras que nuestra forma de vida (en ciertas condiciones actuales) nos conduce a economizar la energía. La manera de ir a “contracorriente” de nuestra necesidad individual de optimizar los recursos, es ser conscientes de que caminar en una dirección que va por un camino más largo, nos va a llevar al lugar correcto de la manera más beneficiosa (cualquiera que esta sea); y de esa manera, a dejar de mirar sólo lo que tenemos enfrente y pasar a mirar más allá, a ampliar la perspectiva.


Quizás lo que nos convoca a reunirnos no tenga nada que ver con toda esta manija política, sino con la curiosidad, el compartir, la afinidad, el gusto o el mero entretenimiento. La reproducción simbólica de la vida social se hace problemática, y es ahí cuando tenemos la necesidad de reflexionar y comunicarnos. Podemos también permitirnos experimentar y dejar que las cosas que nos atraviesan, pasen, sin que pretendamos con esto salvar al mundo.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Curiosidad, la voluntad del espíritu

Los músculos se cicatrizan, los huesos quebrados con cuidado y resiliencia se sueldan. Entonces, ¿cuál es la forma en la que el espíritu cierra sus heridas? Me encuentro encontrándome con personas que

 
 
 

Comentarios


Si tenés algo importante para decirnos o crees que tenes la energía, el tiempo e impetú necesario para sumarte a nuestros estudios y organización, podes mandarnos un email a:

bottom of page