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Inminente Oriente

  • 16 oct 2025
  • 4 Min. de lectura



Ya pasó un mes desde mi llegada a Japón. Un mes que parece más largo de lo que es; el tiempo acá se dilata, o se despliega en capas, al parecer. Siento que todavía estoy llegando.

¿Cuándo empieza realmente un viaje? ¿Cuando se sube al avión, cuando se compra el pasaje, cuando bajás, o ahora, que ya pasó la euforia y empieza la observación?


Quizás el viaje empezó mucho antes. En la niñez, a comienzos de los 2000, cuando Japón era una promesa tecnológica, un país que parecía vivir unos años por delante —o por lo menos eso es lo que mi mente de infante percibía en ese momento: Japón, el país que está en el futuro.

En Argentina, lo japonés nos llegaba en fragmentos: animes noventeros, juguetes imposibles, la Game Boy, la fiebre de Pokémon y Digimon, los JRPGs que prometían otros mundos. Internet tardaba minutos en mostrar una imagen, y aun así miraba Tokio en baja resolución y sentía que estaba mirando hacia adelante.


Un hito de coalición cultural entre Argentina y Japón fue Shima Uta. Alfredo Casero —comediante, cantante, personaje delirante de la televisión argentina— cantando en japonés una canción que los japoneses hicieron suya durante el Mundial Corea–Japón 2002. No fue el himno oficial, pero sonó en todos lados. Medio millón de copias vendidas, Casero en la televisión japonesa, los japoneses tarareando un tema argentino que, a su vez, era de ellos. Fue una especie de hechizo. Por un instante, los dos países se miraron al mismo tiempo, en una situación de intercambio cultural tan surrealista como verdadera.


Aunque esa historia, la del vínculo entre estas dos identidades culturales, empezó mucho antes. En 1898, Argentina y Japón firmaron su tratado de amistad y comercio: el primer gesto político, todavía formal y en papel. Pero a partir de esa formalidad, cinco años después, Argentina vendió a Japón dos acorazados —el Rivadavia y el Moreno, rebautizados Kasuga y Nisshin— que, aunque vendidos por una razón puramente práctica, terminaron cargando con un simbolismo inesperado. Esos barcos cruzaron medio mundo y combatieron en la Guerra Ruso-Japonesa. De repente, una venta se volvió un gesto: los acorazados argentinos dieron la vuelta al mundo para ayudar a Japón. Impresionante. Un acto casi administrativo que se convirtió en una forma de acercarse entre dos países situados en extremos del mapa.


Y después, el silencio. Décadas de distancia, de océanos y siglos.

Hasta que, después de la Segunda Guerra, apareció otra figura argentina en la historia japonesa: Evita, que envió el barco Río Iguazú con ayuda humanitaria para un país devastado. No fue un tratado, fue un gesto. Y tal vez eso sea lo más argentino de todo: acercarse con lo que se tiene, sin cálculo, sin protocolo. Esta vez el gesto fue real, no una interpretación como el anterior. Esta vez lo humano apareció.


Desde entonces, los encuentros siguieron ocurriendo de manera discreta, como si la relación entre ambos países se tejiera con hilos finos pero firmes.

El Jardín Japonés en Buenos Aires, inaugurado en 1967 durante la visita del entonces príncipe Akihito, se volvió un refugio de quietud dentro del caos porteño.

En Misiones, las familias japonesas que llegaron a comienzos del siglo XX siguieron cultivando té y tabaco.

En Japón, el tango argentino encontró su segunda casa: orquestas locales, festivales, academias de baile. A mediados del siglo pasado hubo una tangomanía que todavía no se apagó. Incluso hoy existen más de cien escuelas activas.


Entre los dos países se armó algo extraño: una relación sin discursos. Argentina casi no habla de Japón, pero Japón está ahí, en la ceremonia del té reproducida —a su manera— en nuestras meriendas, donde la infusión no es té sino mate. El ritual cambia, sí, pero el resultado es similar: el valor del presente, la apreciación del otro como igual. Es un evento más ameno, más humano, pero cargado del mismo peso: nos hace vivir el ahora en igualdad de condiciones y nos abre el alma para compartirla con los demás.

Tal vez no esté la melancolía wabi-sabi en un mate compartido, pero sí en el tango y en nuestro folclore, donde las letras giran en torno a la contemplación del sufrimiento, la añoranza por lo que se pierde y se deja atrás.

Y Japón, por su parte, tampoco nombra a Argentina, pero la respira sin saberlo: en el compás del tango, en el vino que acompaña una comida, en esa obstinación de ambos pueblos por seguir adelante con lo que tienen.


El vínculo empezó con un tratado, pero se construyó con persistencias. Pequeños gestos, largas esperas, una amistad que nunca necesitó presentarse como tal.


El viaje, claro, ya había empezado hace mucho. Diría que a los cinco años, cuando obligué a mi abuela a acompañarme al cine a ver Mew contra Mewtwo, y ella sufrió creyendo que “Las vacaciones de Pikachu” era la película, y se confundió cuando entendió que el final no era más que el comienzo.

Mi hermosa abuela, que sin entender del todo igual me regaló ese momento, y todos los días en que me dejaba mirar mis animes favoritos en su casa.

Y pienso ahora que este país, creador de esa cultura que tanto alegró a su nieto, fue también el que me alejó de ella cuando decidí venir a vivir acá.

Que más que exótico, lo encuentro cercano en tantas cosas.

El viaje comenzó hace mucho, y yo recién ahora, a mis treinta, empiezo a entender cuánto he viajado.


 
 
 

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