LA FICCIÓN DEL REINICIO
- 5 ene
- 2 Min. de lectura
Año nuevo. 2026. Tras el exceso de fin de año se instala una calma programada, casi protocolar. Un número cambia y, con él, se activa una operación simbólica de alcance colectivo. Una coordinación global —cada vez más excepcional— habilita la ficción de un reinicio. El calendario ofrece la ilusión de una hoja en blanco: se habla de desaprender, de soltar, de ensayar una versión renovada de uno mismo. El pasado se revisa no tanto para comprenderlo, sino para clausurarlo.
No hay ingenuidad en este gesto. Tampoco es necesario leerlo como un error. Lo que interesa es observar su eficacia. El año nuevo funciona como un dispositivo simbólico que ordena el tiempo y legitima ciertas narrativas sobre el cambio. Lo paradójico es que, siendo cuerpos atravesados por múltiples ciclos —biológicos, afectivos, productivos, vitales—, pareciera que sólo reconocemos aquellos que han sido institucionalizados. El tiempo se vuelve legible únicamente cuando es externalizado, numerado, consensuado. El calendario se impone como marco de sentido allí donde otros ritmos quedan desautorizados.
Esta jerarquización no es inocente. Supone una pedagogía del tiempo: se aprende qué ciclos importan y cuáles pueden ser ignorados. En ese aprendizaje se configura también una forma de percepción, una orientación de la atención.
No resulta casual, entonces, que otros símbolos contemporáneos refuercen esta misma lógica. Hace unas semanas, una publicidad en redes sociales condensó con claridad esta operación. Una aplicación de inteligencia artificial para aprender inglés ofrecía una tutora —también generada por IA— siempre disponible. “¿Tenés cinco minutos libres? Usalos para estudiar”. La promesa no era el aprendizaje, sino la abolición del intervalo.
La disponibilidad absoluta aparece aquí como ideal. Un agente sin cuerpo, sin cansancio, sin límites. Frente a esa figura, toda mediación humana queda desplazada. Ya no se compite entre sujetos, sino contra una lógica que convierte el tiempo en un recurso a optimizar de manera permanente. El conocimiento deja de ser un proceso situado para convertirse en consumo fragmentario. Cada resto de tiempo debe ser capturado, capitalizado, puesto a rendir.
Este imperativo produce una paradoja conocida: en nombre de la hiperconexión se profundiza una desconexión estructural. No sólo del entorno o de los otros, sino de cualquier experiencia que no sea inmediatamente traducible en productividad. El deseo, el aburrimiento, la contemplación, incluso el cansancio, quedan fuera del régimen de lo valioso. Y aunque esta lógica es ampliamente reconocida, su eficacia no reside en el engaño, sino en la repetición. Se la comprende, se la critica, y aun así se la reproduce.
Quisiera cerrar con una imagen, no como anécdota, sino como contrapunto. Hace unos días, en el campo, caminamos de noche hasta la ruta. Al llegar, sin mediar palabra, todos levantamos la cabeza. El cielo, la luna, las estrellas. Hubo una sincronía involuntaria, un gesto compartido. Pensé entonces en la fuerza contraria que suele inclinar nuestras cabezas hacia abajo, hacia la pantalla, incluso en presencia de otros cuerpos. Esta vez, algo operó en sentido inverso. Una atracción silenciosa que reorganizó la atención, que dispuso a mirar.
Tal vez ahí se revele algo central en la construcción de los símbolos: no sólo producen sentido, sino que entrenan la mirada. Definen qué merece ser visto, cuándo y durante cuánto tiempo.
¿Hacia dónde, y hacia qué, estamos siendo entrenados para dirigir la mirada?
Comentarios