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La fractura entre los astros: del sol a la luna.

  • 1 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Imagen: Bordando el manto terrestre, Remedios Varo.

“Toda generalización corre el riesgo de la injusticia, pero algunas verdades se insinúan sólo cuando se mira el bosque, no los árboles.”


El sábado por la noche, mientras jugábamos al Monopoly (¡vaya ejemplo de cómo funciona el capital y la propiedad privada!), le pregunté a una amiga cómo había estado el casamiento en el que, como testigo, leyó sus deseos ante los casados. Antes de escuchar su respuesta, le conté algo que me había impresionado en la última boda a la que asistí, hace apenas un mes.

Durante la ceremonia, los testigos fueron tres mujeres y tres hombres.

Las mujeres, con discursos escritos y voz temblorosa, leyeron —entre lágrimas— palabras sobre el amor y el porvenir, sobre lo que el lazo sagrado significaba y podía aún prometer. Sus palabras alimentaban el alma del rito..

En contraste, los hombres entraron con el micrófono en mano, improvisando discursos que no lograban siquiera emocionarlos a ellos mismos. Había en ellos una desconexión del misterio del momento, una incapacidad de hablar desde el Eros, desde la emoción, desde lo simbólico.

Y es que una visión del futuro no puede improvisarse. Requiere de meditación, de cierta sabiduría del alma. Sin reflexión, las palabras no eran más que recuerdos melancólicos: la infancia del novio, anécdotas compartidas, y cómo él mismo —según su juicio— había cambiado (para bien) al conocer a la novia.

Mi amiga me miró, estupefacta. Me dijo que en su propio casamiento había sucedido lo mismo. Y que aquello le había dejado un sabor amargo, un sentimiento adverso.

Desde el otro lado de la mesa, el que jugaba con la ficha roja se rió. Contó que, hacía poco, le tocó dar un discurso en un civil, y lo preparó en el altavoz del auto junto al ChatGPT de camino al lugar. Al llegar, lo recitó de memoria.

Todos nos reímos de la irreverencia de la anécdota. (La persona que lo hizo, es una muy buena persona).

Pero recordé entonces mis dos casamientos anteriores. En ambos ocurrió lo mismo: discursos masculinos improvisados, confiados, y uno de los testigos incluso bromeó rompiendo el papel que traía, diciendo, a modo de stand-up: "No necesito un papel para decir la verdad".

Fue un momento incómodo y olvidable. Excepto para los novios que no lo olvidarán.

Hace dos años, en una excursión por el sudeste asiático, tuve una semana entera para reflexionar sobre cómo los dos géneros se contradicen en su actitud frente al devenir de la historia. Esta semana, volví a los mismos pensamientos.

Frente al símbolo del lazo sagrado —ese hito en la vida de dos personas, con su efecto benéfico sobre la sociedad y sus posibles frutos—, se abre también otra perspectiva: la de enriquecer el porvenir con palabras, de alimentar con lenguaje un territorio que apenas se está formando.

Esto emociona: la emoción de cuando un explorador se detiene a los pies de la montaña que va a conquistar.

En cambio, los discursos que sólo recuerdan, que se sostienen en el ego y en la seguridad de lo vivido, son como ese mismo explorador que, sin mirar hacia arriba, revisa su equipaje y dice: “Esto sube solo”.

Una cosa es el estudio, la contemplación, la preparación sagrada. Otra, la intuición apresurada y el narciso que se contempla a sí mismo.

Y entonces aparece el pensamiento más violento:

¿Es esta fractura la que fermenta el núcleo del feminismo? ¿Está aquí la verdadera distancia entre los géneros? ¿Es esta la herida arquetípica de lo masculino? ¿El desentendimiento del ciclo de la luna frente a la permanencia solar? ¿La diferencia entre los cinco estambres (masculinos), derrochadores de polen, y el único pistilo (femenino), que guarda el secreto de la permanencia de las plantas?

Hay en la actitud femenina, quizás, una disposición ritualística, creativa, emancipadora. Una necesidad de darle forma al cambio, de nombrar el tránsito, de ejercer el lenguaje y la presencia como acto generador. Una incomodidad profunda con el sistema del mundo, que vuelve a la mujer más consciente del sistema mismo.

Y del otro lado, está la comodidad —o la impunidad— de quienes han habitado el centro. Los hombres que no sienten la urgencia de practicar un rito, de preparar con reverencia su papel. ¿Por qué habrían de hacerlo? Si el sistema mismo los absuelve de todo desliz.

Me quedo pensando en los gestos, en los pequeños ritos malogrados, donde las actitudes revelan las posiciones frente a un mundo injusto, tosco y mal diseñado.

Y también me pregunto: ¿Cuál es el ritual que verdaderamente transforma? ¿Y quiénes son hoy sus verdaderos guardianes?


 
 
 

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