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La más aburrida

  • 20 abr
  • 2 min de lectura

Hace más o menos un año que una querida amiga y artista Gina Montti trajo a sus performances el concepto de aburrimiento. 


Presentando un set simple y complejo a la vez, manifestando a través de su arte que la gente ya no se aburre. Recientemente en la aplicación Substack* leo muchísimos artículos donde dicen e invitan a lo mismo. Lo que me resultó gracioso es que en estas invitaciones el aburrimiento no es tal aburrimiento. Ya que en estos artículos, te invitan a leer, a mirar por la ventana, escuchar música y lo que más me generó susto: pensar.. ¡Que peligrosa que está la sociedad si el actuar del verbo de aburrimiento sea tener pensamiento! ¿Acaso tenemos tantos estímulos por todos lados que ya nada nos estimula? ¿Acaso mirar por la ventana o leer o hacer cualquier cosa que no sea mirar una pantalla es aburrirse? 


Hoy mientras iba a mi destino en el colectivo, me propuse a no sacar mi libro ni el celular. Quería sentir que el tiempo pase a medida que tenga que llevar sin tener nada que me “distraiga” puesto por mi de forma consciente. A mi sorpresa el viaje se pasó rapidísimo. Mi única “distracción” era mirar por la ventana. Ver cómo la gente se tapaba de la lluvia ( otro tema que me gustaría desarrollar porque me causa muchísima gracia) y como el tono gris está protagonizando el clima otoñal que genera cierta nostalgia y romanticismo. 


Llegué a once y empecé a caminar, sin música, sin otros estímulos. Me propuse escuchar los ruidos de la calle: el tumulto de las personas en las tiendas, el paso de los colectivos, motos y autos. Puse atención a lo que ocurría a lado pero enfocada en lo que tenía que hacer. 


A la vuelta, seguía pensando en la definición del aburrimiento, ya que en realidad en ningún momento estaba atravesada por el aburrimiento, solo estaba conviviendo con los estímulos reales. Ahora esta vez me detuve a observar a las personas en el colectivo. El 95% de ellas, sin importar la edad miraba su celular. Me daba cuenta de que ocurría algo muy triste: la gente miraba sin mirar, inclusive los niños. Sólo tenía su mirada, con el dedo pulgar haciendo movimientos hacia arriba en modo automático pero si alguien le preguntara qué opinaba de lo que veía dudo que lo podría responder. Empecé a sentir que no hay tal definición que pueda encuadrar el “aburrirse” en ese contexto de que describe o invita Substack. Lo que sí sentí es que ya no hay cultura para convivir con el otro y, peor todavía, no hay inteligencia para estar con uno mismo. Para convivir con los estímulos reales. Nos quieren así: absorbidos por una pantalla, iguales, máquinas con piernas no pensantes. 


Donde el aburrimiento o vivir con el estímulo real es un acto de rebeldía.


Y si eso es ser aburrido, quiero ser la más de todas.


 
 
 

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