La rutina, el rito y el ataúd dorado
- 17 oct 2025
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Después de mi pequeña reflexión en La creación del descontenido, volví a escribir. Aunque todavía no se me hace rutina. No es que no pueda armarla del todo: ocurre en arrebatos de inspiración, fogonazos cada tanto, gestos esporádicos que me permiten crear. Sin embargo, envidio la rutina, porque parece tener ese aire de previsibilidad que tanto deseamos. El humano ama predecir el futuro, ¿no? Lo desconocido asusta. La ausencia de rutina es la ausencia de lo previsible, y esa ausencia de lo previsible es la presencia del temor.
Un temor extraño, no del horror sino del suspenso. El miedo a lo que se estira, a la tensión. Y entonces aparece la ansiedad, nombre moderno para esa sombra. La ansiedad de no haber cumplido lo que ayer me prometí, la ansiedad de pensar que hoy tampoco lo voy a cumplir. El bucle es perfecto: me propongo, no hago, me culpo, no duermo, me levanto tarde y sigo corriendo detrás de lo atrasado. Y vuelvo a prometerme otra vez. Y otra vez no. Y otra vez.
Pero me pregunto: ¿eso es rutina? ¿Repetir todos los días lo mismo, con la disciplina del deber? ¿O es un mito bien vendido, una verdad que nadie se atreve a cuestionar porque suena demasiado bien? La rutina como bienestar, como orden, como fórmula secreta para vivir mejor. Pero ¿para quién suena bien?
Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, dice que el sujeto contemporáneo ya no obedece a un amo externo: se autoexplota. Trabaja sobre sí mismo en nombre de la productividad y del bienestar. La rutina se vuelve entonces una forma de rendimiento, una autoexigencia decorada de virtud. El deber ser. Pero, ¿deber ser para quién? Para el sistema, quizá, que necesita sujetos previsibles, dóciles, rendidores. La rutina es dócil. Y lo dócil funciona.
Desde que llegué a Japón, estos pensamientos se me aparecen todo el tiempo. Dije “bombardean”, pero no es la palabra justa: el bombardeo implica impacto repentino, explosión, un instante. Acá no es así. Acá la rutina no impacta: se respira. Es atmósfera constante. No está en un momento, está en todos. A la mañana, cuando salgo del subte, escucho el sonido sordo de los zapatos sobre el suelo —una marcha contenida, sincronizada, casi sin fricción—. Las formalidades de los saludos al entrar y salir de cada local, el gesto exacto de la cabeza, la voz medida. Y hasta la orientación del cuerpo: caminar por la izquierda, no solo en auto, también en la vereda, en la escalera, en el paso del otro. Todo parece girar en un orden invisible, un flujo que no necesita ser recordado porque ya fue aprendido por el cuerpo.
Hablar de “sociedad japonesa” es complicado, porque hablar de sociedad es hablar de individuos. Y, sin embargo, acá esa distinción se vuelve difusa. No es que haya un sentido del deber hacia la sociedad: es que el sistema y la vida cotidiana parecen ser lo mismo. No hay distancia para mirarse desde afuera, no hay un “yo” separado del “nosotros”. La rutina devora el hacer cotidiano y lo convierte en un bucle donde individuo y sociedad son engranajes de la misma máquina.
¿Dónde queda, entonces, lo humano? En Occidente solemos definirlo por la individualidad: un conjunto irrepetible de características, una conciencia que se distingue, que se mira desde afuera. Acá, en cambio, noto otra cosa: una conciencia instintiva del rito como rutina. No la rutina capitalista que nos disciplina, sino una repetición que busca sostener al individuo en equilibrio. Lo que en Occidente llamamos “hobbies” —esos gestos esporádicos que alimentan la creación— acá se vuelven prácticas metódicas, casi rituales. La ceremonia del té, por ejemplo, no es mero protocolo: es la rutina del rito, que da estabilidad, presencia y creación al mismo tiempo.
Lo comprendí mejor leyendo El libro del té de Okakura Kakuzō: allí la ceremonia no es un simple protocolo, sino una filosofía de vida. Cada repetición, cada gesto aparentemente rutinario, abre un espacio de contemplación y de presente absoluto. Es rutina, sí, pero no del tipo que busca rendimiento ni productividad. Es una rutina que se vuelve rito, que transforma lo cotidiano en un instante irrepetible. Y en esa diferencia mínima, pero esencial, está el contraste con la rutina occidental: no es el deber del hacer, sino la conciencia del estar.
Y sin embargo, incluso en medio de esos ritos, me pregunto qué lugar queda para lo imprevisto. A mí me sigue haciendo ruido, porque la creatividad también se alimenta de lo inesperado: una película, una charla, un error, una salida que se estira hasta la madrugada. ¿Cómo se programa eso en una agenda? ¿Cómo predecir el asombro? No se puede. La sorpresa rompe la estructura. Y quizá ahí esté lo valioso.
Quizá la diferencia esté en cómo entendemos la repetición. En Occidente, la rutina suele ser herramienta de control: una forma de ajustar la vida al compás de la productividad. En Japón, en cambio, la repetición ritual puede ser espacio de conciencia: el té, la caligrafía, hasta el gesto cotidiano se vuelven caminos para habitar el presente. Y yo quedo en medio de esas dos orillas, preguntándome si es posible recuperar algo de esa ritualidad sin convertirla en mandato. Tal vez la salida no sea elegir entre rutina o caos, sino inventar ritos propios, pequeñas repeticiones que no esclavicen ni se devoren la creatividad, sino que la acompañen.
Pienso en la rutina y me aparece la imagen de un ataúd dorado. Brilla, promete seguridad, pero encierra. En su interior todo está ordenado, cada cosa en su lugar, nada fuera del plan: pero también nada respira. Esa quietud que aparenta paz es la misma que detiene el movimiento de la vida.
El filósofo francés Henri Bergson, en su obra La evolución creadora (1907), hablaba precisamente de ese movimiento. Distinguía entre el tiempo mecánico —el de los relojes, las rutinas, las repeticiones— y lo que llamaba la duración real: el tiempo vivido, el que se expande, se mezcla, se transforma sin detenerse jamás. La vida, decía Bergson, no avanza por pasos iguales sino por impulsos, por continuidades imprevisibles donde el pasado y el presente se funden sin fronteras. En esa duración está la verdadera creatividad: no en la repetición exacta, sino en la metamorfosis constante del ser.
Supongo que Bergson no pensaba en mi café frío mientras escribía sobre la duración, pero algo de eso hay: lo dejo ahí, quieto, y cuando lo tomo ya es otro. Como uno mismo.
Si lo pienso así, la rutina es el intento de disecar la vida, de convertirla en una secuencia previsible. La duración, en cambio, es la respiración del devenir, ese movimiento que no puede encerrarse ni programarse. Tal vez la rutina sea un ataúd porque busca inmovilizar lo que, por naturaleza, está hecho para moverse.
Por eso creo que lo necesario no es buscar rutinas perfectas ni destruirlas del todo, sino aprender a reconocer cuándo dejan de ser vivas. Cuando el hábito se vuelve esqueleto, y la seguridad empieza a oler a encierro. Tal vez la verdadera rutina —si es que existe— sea la de mantenerse en movimiento: permitir que la duración nos atraviese, dejar que el flujo del tiempo, con su desorden y su ritmo propio, haga su trabajo. Porque, al fin y al cabo, la creación no nace del deber, sino del devenir.
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