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Naturalmente Artificial

  • 27 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

En una de las últimas tertulias del CaCoR nos preguntamos por el significado de la palabra espiritualidad. Nos damos cuenta que se torna difícil definirla con claridad, cada uno parece tener una concepción diferente de lo que ésta es; una cosa difusa que se encuentra lejos pero a la vez cerca, se cree en todo y a la vez en nada. La importancia de la búsqueda de entendimiento a través de la conceptualización de las cosas es que nos sirve para ser más conscientes de lo que nos rodea y por lo tanto más libres. Por el contrario, al disolverse las certezas nos volvemos más manipulables.


A cada momento nos cautiva la idea de jugar a ser Dios, desde el momento en que empezó a primar la razón y la conquista del conocimiento se fue acercando, nos fuimos olvidando de los aspectos humanos, nos dejamos llevar por el canto de las Sirenas como Odiseo. Pero no está todo perdido, todavía tenemos la ventaja de que podemos “crear” artificios, pero si se olvida que lo que se crea es un artificio, esto se convierte en un problema, el de creer que como seres humanos podemos ser dioses. Al definir al ser humano como un producto, por ejemplo como un consumidor y no como un creador de su propia cultura, cuyo valor no se mide en términos de pérdidas y ganancias monetarias, y no de aquella que fue manufacturada para aquel; el humano se deshumaniza. Es lo que Berger y Luckmann llaman la cosificación: “el mundo cosificado es por definición un mundo deshumanizado”.


Hay una desestabilización en la conciencia, que se produce por la contradicción entre lo que debería ser por ley natural, sentido común, o intuición, y lo experimentado en la realidad de la vida cotidiana. Aquel producto humano que aparece fusionado en el mundo natural de tal manera que resulta a veces difícil de diferenciar, y otras veces imposible de eliminar del modo en el que lleva a cabo la rutina. Ese ápice de incomodidad mezclada con duda es el que permite escandalizarse ante la posibilidad de que relatos como los de Un mundo feliz, Frankenstein o Blade Runner, se vuelvan algún día realidad. Mientras que, el resto de las percepciones adiestradas mediante el hábito del día a día no permite cuestionar que hay quien elige el color de ojos de su futuro bebé, o la modificación genética de animales y vegetales. 


La ley natural nos señala que hay cuestiones que son esenciales para la vida, el sentido común muestra qué hacer y qué no hacer, sin necesidad de caer en una moral religiosa o de otro tipo. Todo parece funcionar bajo el resguardo del equilibrio, entre el producto humano y el humano en sí. Si le preguntás a cualquiera si prefiere el placer al dolor, lo más probable es que elija el placer (aún siendo un masoquista). Hay actitudes en personas buenas que parecen misantropía, pero que resultan defensas para no afrontar el dolor que provoca la angustia de experimentar el sufrimiento ajeno. Se evita el ver a personas en condiciones de vulnerabilidad, se evita ver el llanto, y todo aquello que por lo general habita en el borde del sistema. Hay una búsqueda de invisibilización de lo que se encuentra en el linde, como puede ser una persona indocumentada que tiene un celular y un usuario con acceso a internet. En el otro extremo nos encontramos con lo que se busca ser visto, la forma de lo que se muestra moldea nuestro entendimiento de la cosa. 


Nos toca luego entender cómo funciona en este aspecto el régimen escópico, que es aquel sistema de administración de lo visible, de lo que se promueve ver, lo que se permite ver y de lo que se prohíbe. Abarca la multiplicidad de aspectos entendidos a través del lenguaje visual. Las herramientas que utilizamos para entender los conceptos abstractos que forman parte del modelo explicativo de la realidad, van acompañadas de aspectos visuales. Lo prohibido en este régimen no es lo violento, obsceno o sangriento, sino aquello que lo contradice. Lo que cuestiona a la manera impuesta de ver el mundo.

 
 
 

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