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PARA QUÉ SIRVE UN TATUAJE (*) 

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Yo nunca me tatué porque nunca se me ocurrió qué tatuarme, además que tenía miedo  de contagiarme aids o hepatitis b, declaró el semiólogo Gogo Barret hace poco en el  suplemento dominical. La gente que se tatúa, sencillamente se quiere tatuar, no importa  qué. Me quiero tatuar, dicen, y van al estudio de tatuajes, con una idea, un dibujito. 


Los tatuados dicen que es como un vicio, que una vez que te tatuaste querés tatuarte más  y más. Los iniciados se burlan de los principiantes que se tatúan un tribal o un signo chino  que puede decir cualquier cosa: puto el que lee, siga la flecha, no hacemos delivery.  


Se tatúa tu abuela y mi tía, el colectivero y la camarera que te sirve el café. También el  oficinista, que los esconde con orgullo debajo de la camisa. Hay tatuajes íntimos y  tatuajes tradicionales: un corazón, un nombre, la cara de un ídolo. También están los que  se hacen quienes están en el presidio, mal hechos con aguja no esterilizada y tinta. Ahora  los hacen también con tinta roja, parecen manchas de sangre. 


En algunos casos, hay una especie de pacto de silencio entre el tatuado y su tatuaje, un  acuerdo de confidencialidad. Mi tía Elena lleva tatuado en un brazo una banana de  Warhol, en el otro la cara del Che Guevara. Era bastante montonera, yo, de joven, suele decir después de un par de cervezas. Mi madre cada vez que viene le compra una cerveza  para ella, de litro, su bebida favorita. Los demás que tomen lo que quieran, parece  decirnos mi tía, cada vez que se sirve un vaso, con mirada torcida, en musculosa, con los  brazos desnudos, exponiendo sus tatuajes, medio borroneados por el tiempo, la banana  de Warhol más torcida, los ojos del Che, borrosos. Nunca le pregunté por qué se los hizo. 


En la novela de Norma Grimaux, Las bombachas nuevas se lavan, la protagonista Timotea Madden se despierta con una resaca terrible después de una noche de la que no tiene  recuerdo, y un tatuaje en el brazo con el nombre de una mujer desconocida: Olga. Buen  comienzo para una novela policial. Me gustó mucho cuando la leí, porque se drogaban  mucho. Al que se droga, le gusta leer libros donde hay gente que se droga, escuchar  canciones con letras de droga (p. ej., libros del asqueroso de W. Burroughs, canciones de  Lou Reed, etc.). Y le gusta todo lo que se relaciona con la droga. Droga, tatuajes. Tatuajes,  droga. O eso parece: tatuado, se droga. Drogado, se tatúa. 


Los jóvenes y las jóvenes se tatúan mucho hoy, porque es de las cosas que los padres no  les dejan hacer cuando son chicos. No, no te dejo tatuarte. Y van y se tatúan o se  agujerean un labio o las mejillas, cosas horribles… que hacen los jóvenes. Y se visten para  llamar la atención, algunos con estilo, otros no tanto. Drogarse, tampoco. Los padres no  quieren que los hijos se droguen, por razones obvias. 


Pero los tatuajes, si bien hoy te los podés sacar, borrarlos, son para siempre, hasta que se  desintegran cuando se desintegra la carne bajo tierra. Antes de morir, podés mirarte el  tatuaje que te hiciste y recordar el motivo, si te acordás por qué te lo hiciste, si te acordás  que te lo hiciste. Recordar algo que tenías que recordar para siempre. El tatuaje es un  recordatorio, una promesa dibujada, escrita en el cuerpo, muchas veces secreta, otras  francamente explícita. 


Probablemente el peor tatuaje, el más feo, es el del brazo que te queda todo azul o negro, el Pierre Soulages de los tatuajes. Y el mejor tatuaje es el que te gusta, el que lucís con  orgullo y emoción. Y te compras musculosas o andas en pantalón corto en invierno. Para  que te lo vean. 



(2026) 

Heroin, The velvet underground, en The velvet underground and Nico (1967) (*) Uno de cada tres argentinos (31%) tiene al menos un tatuaje. (Google)


 
 
 

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