PARA QUÉ SIRVE UN TATUAJE (*)
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Yo nunca me tatué porque nunca se me ocurrió qué tatuarme, además que tenía miedo de contagiarme aids o hepatitis b, declaró el semiólogo Gogo Barret hace poco en el suplemento dominical. La gente que se tatúa, sencillamente se quiere tatuar, no importa qué. Me quiero tatuar, dicen, y van al estudio de tatuajes, con una idea, un dibujito.
Los tatuados dicen que es como un vicio, que una vez que te tatuaste querés tatuarte más y más. Los iniciados se burlan de los principiantes que se tatúan un tribal o un signo chino que puede decir cualquier cosa: puto el que lee, siga la flecha, no hacemos delivery.
Se tatúa tu abuela y mi tía, el colectivero y la camarera que te sirve el café. También el oficinista, que los esconde con orgullo debajo de la camisa. Hay tatuajes íntimos y tatuajes tradicionales: un corazón, un nombre, la cara de un ídolo. También están los que se hacen quienes están en el presidio, mal hechos con aguja no esterilizada y tinta. Ahora los hacen también con tinta roja, parecen manchas de sangre.
En algunos casos, hay una especie de pacto de silencio entre el tatuado y su tatuaje, un acuerdo de confidencialidad. Mi tía Elena lleva tatuado en un brazo una banana de Warhol, en el otro la cara del Che Guevara. Era bastante montonera, yo, de joven, suele decir después de un par de cervezas. Mi madre cada vez que viene le compra una cerveza para ella, de litro, su bebida favorita. Los demás que tomen lo que quieran, parece decirnos mi tía, cada vez que se sirve un vaso, con mirada torcida, en musculosa, con los brazos desnudos, exponiendo sus tatuajes, medio borroneados por el tiempo, la banana de Warhol más torcida, los ojos del Che, borrosos. Nunca le pregunté por qué se los hizo.
En la novela de Norma Grimaux, Las bombachas nuevas se lavan, la protagonista Timotea Madden se despierta con una resaca terrible después de una noche de la que no tiene recuerdo, y un tatuaje en el brazo con el nombre de una mujer desconocida: Olga. Buen comienzo para una novela policial. Me gustó mucho cuando la leí, porque se drogaban mucho. Al que se droga, le gusta leer libros donde hay gente que se droga, escuchar canciones con letras de droga (p. ej., libros del asqueroso de W. Burroughs, canciones de Lou Reed, etc.). Y le gusta todo lo que se relaciona con la droga. Droga, tatuajes. Tatuajes, droga. O eso parece: tatuado, se droga. Drogado, se tatúa.
Los jóvenes y las jóvenes se tatúan mucho hoy, porque es de las cosas que los padres no les dejan hacer cuando son chicos. No, no te dejo tatuarte. Y van y se tatúan o se agujerean un labio o las mejillas, cosas horribles… que hacen los jóvenes. Y se visten para llamar la atención, algunos con estilo, otros no tanto. Drogarse, tampoco. Los padres no quieren que los hijos se droguen, por razones obvias.
Pero los tatuajes, si bien hoy te los podés sacar, borrarlos, son para siempre, hasta que se desintegran cuando se desintegra la carne bajo tierra. Antes de morir, podés mirarte el tatuaje que te hiciste y recordar el motivo, si te acordás por qué te lo hiciste, si te acordás que te lo hiciste. Recordar algo que tenías que recordar para siempre. El tatuaje es un recordatorio, una promesa dibujada, escrita en el cuerpo, muchas veces secreta, otras francamente explícita.
Probablemente el peor tatuaje, el más feo, es el del brazo que te queda todo azul o negro, el Pierre Soulages de los tatuajes. Y el mejor tatuaje es el que te gusta, el que lucís con orgullo y emoción. Y te compras musculosas o andas en pantalón corto en invierno. Para que te lo vean.
(2026)
Heroin, The velvet underground, en The velvet underground and Nico (1967) (*) Uno de cada tres argentinos (31%) tiene al menos un tatuaje. (Google)

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