¡Que solos se quedan los monumentos!
- 17 nov 2025
- 3 Min. de lectura
por Horacio Silvestri y Silvia Luque -
Tener conciencia del mundo es captarlo como un lugar extraño y paradójico. Es estar asombrado y avanzar hacia su encuentro. Esta conciencia asombrada del mundo ocurre a veces cuando percibimos ciertas repeticiones aparentemente casuales que nos interpelan y perforan la rutina, que es el medio en el que nos movemos, amalgama de anestesia y atención salvaje.
Cuando el Universo nos quiere decir algo nos lanza un símbolo a la cara, se nos aparece en los sueños, en la naturaleza, o en el espacio público. Como dijo Magritte: “Lo invisible es imposible no verlo”. Triunfar es lograr ponerle nombre al Dios, es captar el rayo que viene de lo profundo. Es atrapar el símbolo, lo que Creuzer llama sinnbild. Cuando se capta el símbolo y se lo representa, surgen los mitos. Hay un símbolo que se me aparece como un fantasma que exige atención: El San Martín viejo. La primera vez que me encontré en persona una escultura del San Martín viejo fue en una plaza en Villa del Totoral, había visto esa imágen muchos años antes en una revista Billiken y de alguna manera quedó en la memoria, volví a escuchar sobre él en una entrevista que le hicieron al escultor del monumento a Ricardo Iorio, donde cuenta que es su monumento preferido, y hace poco cuando fui a ArteBA, me volví a encontrar con una pintura del retrato del anciano hecha por una artista que compartía el stand con Richar De Itatí (la proximidad entre Itatí y Yapeyú es asombrosa). La próxima misión es visitar el monumento “El abuelo inmortal” en Palermo, y el Museo Histórico Nacional. Hay una fascinación por la abarcabilidad de la experiencia que me convoca una y otra vez a estos encuentros.
Que yo sepa no se volvió meme pero tiene potencial, la figura anciana del padre de la Patria como toda imagen convertida en monumento que como tal pretende fundamentar las acciones de una Nación con alguna esperanza de futuro próspero y nos habla desde un pasado de grandeza y solemnidad. El drama es el de la soledad de los monumentos, el cual es un medio cargado de ideales fuertes, de guerras y de dioses paganos.
Hay otra capa que se introduce en esta representación de la vejez. La imágen que se usó históricamente como referencia, surge a partir de una fotografía al daguerrotipo que San Martín se hizo hacer en su estancia en Francia, poco antes de morir. El Libertador dejó registro de su rostro, no sólo de retratos al óleo en su juventud, sino también utilizando la tecnología del momento. El medio que sirve de transporte al mensaje le da un sesgo de uso que genera un hábito de lectura, una forma determinada de ver el mundo. Antes de la imprenta las personas se relacionaban con los mensajes de manera oral, sonora y táctil. El sentido podía ser moldeado por la memoria pues el mensaje dependía del frágil recuerdo o de la presencia ante el hecho, distancia es un claro límite, predomina lo tribal. En la era de la palabra impresa el medio generó un mensaje lineal y fijo, y un sentido único. La verdad reside en el texto escrito, se puede chequear y se puede transportar. Los grandes imperios usaron ese medio para crecer.
Con el cambio de tecnología y con la llegada de la electricidad el mensaje ya no depende del texto fijo. Comienza la era de la fragmentación del sentido. La electricidad multiplica los puntos de vista, hay una retribalización del mensaje, la lectura se fragmenta. Se recupera lo oral y lo sonoro pero hay una predominancia visual. Hoy en la era digital nos encontramos en la disolución de la experiencia y en una mayor fragmentación del discurso. Lo que un momento fue símbolo de honor, solemnidad y amor a la patria, hoy es sinónimo de conservadurismo que atrasa, es objeto inservible y gasto público. Los monumentos son parte del paisaje así como lo son los árboles. Hay árboles que no sabemos cómo se llaman y hay monumentos que no sabemos qué significan, y a nadie tampoco le importa, como los viejos.

Comentarios