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  • 20 sept 2025
  • 2 Min. de lectura

¿Qué pasa con la validación? 

¿ Qué pasa con los likes? Con los views? 

¿Con los seguidores? Los haters. 

Nos hemos convertido en una sociedad repleta de productos en exhibición. No hay intimidad, ni privacidad por voto propio. Existe una constante necesidad de ser aprobado, de ser reconocido o mirado. Nos creemos innovadores o creativos pero hacemos lo mismo que el que está al lado. El “ser diferente” tiene mucho peso al decir pero carece de contenido en la realidad. Pasamos de la era: “Yo soy”, “Yo tengo” a “Parecer que” .Estamos siguiendo un molde y posando para la mirada de los demás, 

Hablamos de libertad y vivimos encerrados en una pantalla en desconexión con lo que pasa afuera, porque las redes sociales conectan, pero no comunican. Nos ofrece una cantidad inagotable de imágenes sumamente seductoras, Miramos, comparamos y nos ponemos a la espera que el otro nos diga cómo hacer para ser “tan exitoso” como él, para hacer exactamente lo mismo para lograr el mismo resultado, sin cuestionarse si es eso o no lo que uno quiere. Lo de afuera cotiza porque dentro está vacío. 

Esta aprobación nos genera un vicio de que nunca es suficiente. Siempre se quiere más. Más rápido, más efusivo. Se vuelve cada vez más difícil llenar el vacío. Todo es tan efímero que  toda esa dopamina es transformada en ansiedad cuando los aplausos son reemplazados por el 

silencio. Cuando la pantalla se apaga. Entonces aparece la paradoja: nunca estuvimos tan conectados y a la vez tan solos. Esa habitación que estaba repleta de luz y sonido está en silencio. 

Y aparece el peor castigo de la actual sociedad: La soledad, ese lugar donde todos evitar habitar, cuando en realidad es el único lugar donde la verdad se revela. No hay views, ni seguidores. El único ruido es nuestra cabeza. Y si tenes suerte te terminas cuestionando quién sos realmente. Te toca decidir y hacerse cargo porque todo es finito.Nadie más que vos va a pagar los platos rotos. Vemos que el juicio más duro no está en los demás. 

Nos miramos, conocemos, profundizamos y entendemos que somos contradictorios, insaciables y vuelteros de nosotros mismos por naturaleza y aunque nos cueste aceptarlo: está bien serlo ( a su justa medida). 

En esta vida por más que todo sea finito también es cíclico. Nos perdemos y nos reencontramos por más que lleve tiempo o haya cambios en el camino. Si estamos bien o despiertos, estamos en movimiento. La misma insatisfacción pero fusionada con acciones. 

La verdadera libertad empieza cuando la pantalla está apagada. 


 
 
 

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