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Ser artista, ser punk

  • 7 may
  • 3 min de lectura

El artista cuando asume el rol de ser artista descubre que no sólo tiene el arduo

labor de comunicar, expresar y atravesar algo -o todo- que le sucede, cómo también

asume la responsabilidad de ser un revolucionario.


Hace poco conocí un taller de artistas donde comparten un único espacio, casi sin

limitaciones con el del otro donde se genera la importancia del colectivo para que

este funcione y progrese. Vivimos en un momento donde es muy difícil el espacio

para el encuentro, vincularse con y a través de la diferencia y el cuestionamiento de

lo que ya le es exacto, por lo tanto, que se genere este tipo de situaciones es

realmente libertario. En un mundo donde todo es cada vez más individualista y

virtual, el expresarse es punk y sentir se convirtió en un acto de rebeldía.


Pero incluso en ese gesto de apertura, hay algo que incomoda. Porque el artista no

crea en el vacío. Siempre hay una mirada, cercana o lejana, real o imaginada. Y con

esa mirada aparece la necesidad de ser comprendido, de que eso que se dice

encuentre algún tipo de respuesta, que hizo un “eco” a alguien más.

El arte entonces también es una forma de humanización. No hay obra sin alguien

que la atraviese. El artista no es solo un canal: es un sujeto cargado de deseo, de

pulsión, de contradicciones. Sigmund Freud intentó desarmar esa complejidad para

entender de qué estamos hechos. El artista, en cambio, no la explica: la muestra. La

encarna. La expresa a través de su obra.


Crear es una forma de resistencia. No solo frente al mundo, sino frente a lo que a

uno le sucede. Es una manera de procesar, de liberar, de transformar aquello que

no siempre encuentra lugar en el lenguaje cotidiano. Y en ese movimiento aparece

algo parecido a la independencia: no la ausencia del otro, sino la de hacer y

sostener una voz propia.


Ahí es donde la validación aparece. No como algo superficial, sino como una

necesidad humana (todos buscamos la validación). El artista no está por fuera de

eso. También necesita gustar, ser leído, ser elegido. Y en esa búsqueda aparece

una tensión difícil de sostener: ¿cuánto de lo que hago responde a una necesidad

propia y cuánto empieza a adaptarse a lo que sé que va a ser aceptado?


El problema no es la validación en sí, sino cuando empieza a ordenar la creación.


Cuando el “ok” de afuera deja de ser una consecuencia y se vuelve un objetivo.

Porque entonces el riesgo disminuye. La incomodidad se evita. Y lo que alguna vez

fue un impulso genuino empieza a acomodarse en formas conocidas.

Ahí aparece la zona de confort. No como un lugar de descanso, sino como una

estructura que se repite. Lo que funcionó antes se vuelve fórmula. Lo que fue


celebrado, expectativa. Y el artista, casi sin darse cuenta, empieza a sostener una

versión de sí mismo que ya fue validada.

En una sociedad que empuja al individuo a destacarse pero lo mide, sostener una

voz propia se vuelve cada vez más difícil. Crear deja de ser solamente un acto de

expresión y se convierte también en un ejercicio de resistencia. Resistir la necesidad

de agradar y resistir la repetición.

Quizás ahí está la verdadera dimensión revolucionaria y punk del artista. No en lo

que muestra, sino en lo que decide no negociar. En la capacidad de seguir creando

incluso cuando no hay respuesta inmediata o no es del todo gustado. Tiene que

sostener la incomodidad, el riesgo y la duda.

Porque al final, la validación más honesta viene de poder seguir buscando, incluso

cuando nadie está mirando.

 
 
 

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