Ser artista, ser punk
- 7 may
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El artista cuando asume el rol de ser artista descubre que no sólo tiene el arduo
labor de comunicar, expresar y atravesar algo -o todo- que le sucede, cómo también
asume la responsabilidad de ser un revolucionario.
Hace poco conocí un taller de artistas donde comparten un único espacio, casi sin
limitaciones con el del otro donde se genera la importancia del colectivo para que
este funcione y progrese. Vivimos en un momento donde es muy difícil el espacio
para el encuentro, vincularse con y a través de la diferencia y el cuestionamiento de
lo que ya le es exacto, por lo tanto, que se genere este tipo de situaciones es
realmente libertario. En un mundo donde todo es cada vez más individualista y
virtual, el expresarse es punk y sentir se convirtió en un acto de rebeldía.
Pero incluso en ese gesto de apertura, hay algo que incomoda. Porque el artista no
crea en el vacío. Siempre hay una mirada, cercana o lejana, real o imaginada. Y con
esa mirada aparece la necesidad de ser comprendido, de que eso que se dice
encuentre algún tipo de respuesta, que hizo un “eco” a alguien más.
El arte entonces también es una forma de humanización. No hay obra sin alguien
que la atraviese. El artista no es solo un canal: es un sujeto cargado de deseo, de
pulsión, de contradicciones. Sigmund Freud intentó desarmar esa complejidad para
entender de qué estamos hechos. El artista, en cambio, no la explica: la muestra. La
encarna. La expresa a través de su obra.
Crear es una forma de resistencia. No solo frente al mundo, sino frente a lo que a
uno le sucede. Es una manera de procesar, de liberar, de transformar aquello que
no siempre encuentra lugar en el lenguaje cotidiano. Y en ese movimiento aparece
algo parecido a la independencia: no la ausencia del otro, sino la de hacer y
sostener una voz propia.
Ahí es donde la validación aparece. No como algo superficial, sino como una
necesidad humana (todos buscamos la validación). El artista no está por fuera de
eso. También necesita gustar, ser leído, ser elegido. Y en esa búsqueda aparece
una tensión difícil de sostener: ¿cuánto de lo que hago responde a una necesidad
propia y cuánto empieza a adaptarse a lo que sé que va a ser aceptado?
El problema no es la validación en sí, sino cuando empieza a ordenar la creación.
Cuando el “ok” de afuera deja de ser una consecuencia y se vuelve un objetivo.
Porque entonces el riesgo disminuye. La incomodidad se evita. Y lo que alguna vez
fue un impulso genuino empieza a acomodarse en formas conocidas.
Ahí aparece la zona de confort. No como un lugar de descanso, sino como una
estructura que se repite. Lo que funcionó antes se vuelve fórmula. Lo que fue
celebrado, expectativa. Y el artista, casi sin darse cuenta, empieza a sostener una
versión de sí mismo que ya fue validada.
En una sociedad que empuja al individuo a destacarse pero lo mide, sostener una
voz propia se vuelve cada vez más difícil. Crear deja de ser solamente un acto de
expresión y se convierte también en un ejercicio de resistencia. Resistir la necesidad
de agradar y resistir la repetición.
Quizás ahí está la verdadera dimensión revolucionaria y punk del artista. No en lo
que muestra, sino en lo que decide no negociar. En la capacidad de seguir creando
incluso cuando no hay respuesta inmediata o no es del todo gustado. Tiene que
sostener la incomodidad, el riesgo y la duda.
Porque al final, la validación más honesta viene de poder seguir buscando, incluso
cuando nadie está mirando.
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