top of page

SER O PARECER: ENTELEQUIA DEL ARTISTA CONTEMPORÁNEO. 

  • 13 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Desde hace mucho tiempo me pregunto acerca de la entelequia del artista. ¿Se nace artista o uno se hace artista? ¿Es una forma de vida o una profesión? Las circunstancias actuales me llevan a darle más entidad a esta cuestión.


Como bien sugiere nuestro estimado B.G., asistimos a una estetización constante del ser. Somos nuestros propios curadores de vida, con el agregado de que vivimos múltiples vidas en simultáneo. Aun así, desconocemos el tiempo, lo esquivamos, lo estiramos, lo fragmentamos—pero eso será motivo de otro ensayo. Por ahora, me interesa indagar cómo influye esta estetización en las y los artistas y en sus propias prácticas.


Miro a mi alrededor y constato que no existe arte sin registro, ni artista sin perfil de Instagram. Incluso la página web parece haberse vuelto accesoria. El o la artista no sólo debe producir obra, sino también evidencias de que sigue produciendo, dejando una huella constante en el mundo digital. De lo contrario, queda reducido a un mero rumor, una leyenda menor en la era del algoritmo. Esto me lleva a otra pregunta:

¿Es más relevante tener un taller físico o basta con tener un taller digital? ¿Ser o parecer?


Indefectiblemente, los y las artistas—o mejor dicho, los trabajadores del arte, ya haremos una distinción—no han quedado al margen del escenario que plantea B.G. Pareciera que hoy coexisten al menos dos grandes universos. Me tomo la licencia de nombrarlos: el artista full life y el artista operario.


El primero es aquel cuya existencia no puede escindirse del arte. No se trata de una elección profesional sino de una forma de estar en el mundo. Está atravesado por el arte como una lente, una lupa, un cristal. Vive a otro ritmo. Posee, para bien o para mal, la incesante bendición—o carga—de tener impreso en su ADN una mirada particular. Muchas veces se lo percibe como desfachatado, inadaptado o excéntrico, pero en verdad intenta vivir bajo sus propias reglas, armando y desarmando estructuras a piacere, en una sociedad que, con sus más sofisticados artilugios, cercena toda desviación.


Del otro lado aparece el artista operario: absolutamente funcional al sistema que lo contiene y lo necesita. Su esencia se diluye entre la ansiada lluvia de likes y la necesidad constante de legitimación. Puede llegar a olvidar que una obra de arte no debería operar como un producto de consumo, sino más bien como un talismán, un conjuro, un catalizador en la experiencia del espectador. El operario es un resultadista por excelencia. Vive en la cresta de la ola, pero también sufre el ocaso con la misma intensidad. Su vida se asemeja más a la de un trader de Wall Street que a la del bohemio que pretende encarnar.


Ahora bien, ¿estas categorías son estancas? ¿Es posible navegar entre ambas aguas, sin naufragar ni vender el alma? ¿Puede un artista full life profesionalizarse sin volverse operario? ¿Puede un operario recuperar el asombro sin que ello signifique renunciar al mundo?


Quizás no haya respuestas únicas, pero sí una necesidad creciente de pensar estas tensiones, de ponerlas sobre la mesa antes de que el algoritmo las digiera del todo.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Curiosidad, la voluntad del espíritu

Los músculos se cicatrizan, los huesos quebrados con cuidado y resiliencia se sueldan. Entonces, ¿cuál es la forma en la que el espíritu cierra sus heridas? Me encuentro encontrándome con personas que

 
 
 

Comentarios


Si tenés algo importante para decirnos o crees que tenes la energía, el tiempo e impetú necesario para sumarte a nuestros estudios y organización, podes mandarnos un email a:

bottom of page