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Sobre el fervor que dura un instante

  • 10 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Mi mejor amiga es joyera. He sido testigo de cómo su carrera crece, paciente y obstinada, desde aquellas primeras piezas donde el metal aún parecía resistirse. A través de sus ensayos entendí —o, mejor dicho, me dejé rozar por— lo que implica realmente la orfebrería: un trabajo minucioso, casi ritual, desafiante en su lentitud. Un oficio que, en tiempos como los que habitamos, parece insistir en existir aun cuando el pulso de lo contemporáneo empuje en sentido contrario.

No sé si el lector recordará que entre julio y agosto de este año el CONICET realizó, junto al Schmidt Ocean Institute, una campaña científica para explorar el cañón de Mar del Plata. Durante semanas, el país entero se sumergió en ese streaming como quien sigue un mundial submarino. Nos dejamos arrastrar por la expectativa de ver aparecer algo desconocido, quizá una criatura improbable, quizá un detalle mínimo capaz de abrir un mundo.

En ese momento, muchos pensamientos quedaron suspendidos. Cinco meses después, decantan acá. Recuerdo la voz de la tripulación —biólogos marinos, especialistas, técnicos— relatando lo que las cámaras mostraban con una calidez que desbordaba lo estrictamente científico. No se trataba solo de registrar hallazgos: había una voluntad explícita de compartir la experiencia, de permitir que cualquiera se acercara a ese universo sin la mediación anestésica de la espectacularización. No era un relato a lo Disney, no era Buscando a Nemo. Era otro pacto de ficción, uno donde lo desconocido se revelaba sin domesticarse.

De allí surgieron personajes, narrativas paralelas creadas por quienes seguían con fervor el streaming. Las redes sociales se poblaron de memes, comentarios, chistes internos: la vida digital que damos a aquello que nos conmueve por unos días. El mercado, siempre atento, capturó esa pulsión. De pronto había tazas, remeras, stickers, souvenirs de la “estrella culona”. Objetos para aferrarse —quizá— a la excitación del momento. Y sin embargo, bastaron unas semanas tras el final de la misión para que ese entusiasmo se disipara. Los personajes que nos habían acompañado durante dos meses quedaron archivados en el flujo incesante de lo próximo.

Mi amiga joyera, en cambio, trabajó todo este tiempo en una pieza que retrata a la estrella culona. Esta semana la vi por primera vez: cinco meses después del descubrimiento, su avatar de plata sale al mundo. Y me pregunto: ¿en qué rincón quedó aquel fervor colectivo? ¿Quién recuerda hoy ese deseo urgente, esa necesidad de apropiarse de la criatura? Fabricamos entusiasmo al ritmo de la información que nos atraviesa: veloz, efímero, superficial. ¿Qué lugar queda para lo artesanal —para el proceso de boceto, prueba, error, demora— en una sociedad que descarta incluso aquello que hace apenas semanas juraba amar?

Si en cinco meses olvidamos a un personaje que celebramos con devoción, ¿qué podemos decir de nuestra relación con todo lo que no vemos diariamente? No es casual que arrojemos basura al océano como si fuera un barril sin fondo; nos comportamos como si lo que no está en escena no existiera. Tal vez por eso la pieza de mi amiga me conmueve: porque insiste en otro tiempo, otro espesor, otra forma de estar.


 
 
 

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