SOBRE LA ERA DEL COLLAGE
- 28 abr
- 2 min de lectura
El collage es una técnica que ensambla fragmentos heterogéneos en una misma superficie. No se trata tanto de una unidad de sentido como de una forma de organización: elementos distintos, reunidos sin necesidad de una jerarquía estable. Todo en un mismo plano de realidad.
Hoy, más que una técnica, parece haberse convertido en una condición de existencia, incluso de supervivencia.
Vivimos sumergidos en una tormenta constante de información y estímulos. Lejos de intensificar la atención, esta exposición permanente la debilita: todo compite, nada se fija. Frente a una horda de imágenes, sucesos, sonidos y obligaciones, todo comienza a disponerse en un mismo plano.
No es posible jerarquizar. No es posible sostener una idea. ¿Querríamos hacerlo?
Pero además, todo debe volverse visible. Todo debe llamar la atención. No alcanza con estar: hay que imponerse, registrarlo, mostrarlo, embellecerlo. En ese intento, cada fragmento se intensifica, se vuelve más rápido, más brillante, más urgente. La lógica de la espectacularidad no organiza el sentido: organiza el impacto.
En ese contexto, la percepción ya no distingue entre lo importante y lo accesorio, sino entre lo que logra imponerse y lo que queda atrás. La muerte de cientos de personas, una publicidad, una novedad tecnológica: todo aparece bajo la misma exigencia de visibilidad, todo reclama el mismo gesto de atención. Dos segundos es lo máximo que podemos pedirle a nuestro cerebro antes de que la amenaza del swipe se haga visible.
En el momento en que algo intenta afirmarse, una notificación interrumpe. La continuidad se corta. Lo que parecía tomar forma se disuelve. Y todo vuelve a empezar.
El collage ya no es un procedimiento: es un régimen. Constante, insistente, en loop.
Salir de esa lógica no es imposible, pero sí cada vez más difícil. No porque no haya alternativa, sino porque la práctica de la interrupción se nos propone —y se nos impone— de manera continua.
Salgamos hoy, por lo menos una vez.
Comentarios