SOBRE LA OBSOLESCENCIA DEL SER HUMANO
- 2 feb
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Desde pequeños añoramos, soñamos, deseamos y planificamos el momento en que seamos grandes. Crecer aparece como un horizonte indiscutido, casi como un mandato: llegar a ser. Ahora bien, ¿qué significa exactamente ser grandes? Para la lectura de este ensayo, asumamos que se trata de alcanzar la adultez y esa independencia tan esperada —aunque hoy, cada vez más frágil y cuestionable—. Sin embargo, la pregunta que insiste no es esa, sino otra: ¿qué sucede una vez que se llega a ese punto?
Comenzamos entonces a tomar decisiones de manera casi compulsiva, una tras otra, intentando hacer realidad nuestros sueños o, en muchos casos, los sueños impostados por el sistema que habitamos. Decidir se vuelve sinónimo de avanzar. Pero, ¿avanzar hacia dónde? ¿Y bajo qué lógica?
La relación que, como humanidad, mantenemos con el tiempo es profundamente contradictoria. Vivimos orientados hacia el futuro, esperando siempre el momento que sigue: el próximo verano, las próximas vacaciones, el ascenso prometido, la versión mejorada de nosotros mismos. El presente aparece como un simple umbral, un espacio de tránsito. En ese sentido, la flecha del tiempo —aquella formulada por la física para describir su dirección irreversible— parece haberse convertido en una ética: avanzar es correcto, detenerse es fallar.
Einstein nos enseñó que el tiempo no es absoluto, que depende del observador, que se dilata, se contrae, se curva. Sin embargo, la lectura cultural que hacemos de la relatividad es curiosamente rígida. Aceptamos que el tiempo puede comportarse de manera flexible en términos físicos, pero exigimos que, en términos vitales, avance siempre bajo una lógica de progreso. El tiempo puede ser relativo, pero el mandato no lo es.
Aquí aparece la paradoja. Porque si bien deseamos avanzar, llega un momento en que ese avance deja de ser deseable. El mismo tiempo que antes prometía posibilidades comienza a exhibir su costo. Entonces desplegamos toda una serie de estrategias —cosméticas, tecnológicas, discursivas— para revertirlo. No se trata ya de ir hacia adelante, sino de simular un retroceso. De detener la flecha. De negar la entropía.
La entropía, entendida como la tendencia irreversible al desorden, resulta una noción incómoda para una sociedad obsesionada con la optimización. Todo envejece, todo se desgasta, todo pierde energía disponible. Sin embargo, el sistema no tolera esa evidencia cuando se inscribe en los cuerpos. El primer campo de batalla es la apariencia física. Crecer es deseable, pero solo hasta cierto punto. A partir de allí, el envejecimiento deja de ser un proceso natural y se convierte en una falla a corregir. Se celebra la juventud, pero se penaliza la duración.
Quedan atrás los días en los que cumplir años era motivo de celebración. La expectativa se invierte: el deseo se transforma en miedo. El paso del tiempo comienza a acechar como una amenaza silenciosa, como esa figura de la muerte con la hoz que aparece en las películas de clase B: previsible, caricaturesca, pero inevitable.
Pero la obsolescencia no se detiene en el plano simbólico del cuerpo. La sociedad contemporánea termina de expulsar a los sujetos cuando deja de necesitarlos productivamente. Bajo discursos amables —caritas sonrientes, colores vibrantes, promesas de eficiencia y sustentabilidad— se despliega una lógica brutal: personas reemplazadas por bots, oficios sustituidos por aplicaciones, vínculos humanos reducidos a interfaces. La obsolescencia programada, históricamente aplicada a los objetos, se extiende ahora a las vidas.
En nombre del progreso y la reducción de costos, grandes porciones de la sociedad quedan marginadas. El adulto mayor se convierte en un residuo del sistema: demasiado lento, demasiado analógico, demasiado costoso. El mercado laboral lo expulsa en busca de miradas “frescas” y supuestamente más competentes; la tecnología lo ridiculiza, lo deja esperando que alguien le traduzca un lenguaje que ya no fue diseñado para él.
Aquí la paradoja se vuelve insostenible. Mientras la ciencia se obsesiona con extender la expectativa de vida, con retrasar la muerte, con estirar el tiempo biológico, el sistema social acorta violentamente el tiempo de validez del sujeto. Vivimos más años, pero somos útiles durante menos tiempo. Se prolonga la vida, pero se acorta la pertenencia.
Tal vez el problema no sea el paso del tiempo, sino la forma en que decidimos habitarlo. En una cultura que confunde progreso con aceleración, la entropía aparece como un enemigo a vencer, cuando en realidad es una condición inevitable de lo vivo. Pretender una juventud perpetua, una productividad infinita y una adaptación constante no hace más que producir sujetos descartables, agotados, obsoletos antes de tiempo.
Si el tiempo es relativo —como nos enseñó la física—, quizás también debería serlo nuestra idea de valor. Tal vez el verdadero gesto radical no consista en ir siempre hacia adelante, sino en revisar qué dejamos atrás en nombre de ese avance. Porque si el progreso exige cuerpos jóvenes, mentes flexibles y vidas descartables, entonces la pregunta ya no es cuánto tiempo podemos ganar, sino qué estamos perdiendo mientras tanto.
que nos impulsa a estar ahi?? me lo pregunto, obvio, pero voy a buscar. nos impulsa encontrar alguna emocion?