SOBRE UNA VIDA SIN JERARQUÍAS
- 28 ene
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Mientras el mundo se encuentra completamente alborotado por guerras de todo tipo y escala, quienes no estamos directamente involucrados asistimos a los acontecimientos como si se tratara de una película. Las notificaciones llegan de manera constante y sin jerarquías: las excentricidades de Trump y su policía del horror, los acuerdos —o desacuerdos— entre nuestro país y la Unión Europea, la detención de una joven en Brasil por gestos racistas. Todo aparece bajo la misma clave, con idéntico tenor. El mensaje de un amigo que pregunta “¿nos juntamos a tomar una birra hoy?” convive en la pantalla con el video de un barco explotando en Venezuela. La equivalencia es inquietante. ¿En qué punto los acontecimientos perdieron su peso específico?
El verano introduce una fisura en esa lógica. Permite un reseteo parcial. Cambian las energías, se modifican los ritmos. La gente se queja del calor, pero también lo goza. La ciudad se vacía —cada vez menos, pero lo suficiente como para ser percibido— y el tiempo parece expandirse. Los desplazamientos se acortan, pero esa ganancia no se traduce en productividad, sino en una experiencia distinta del transcurrir. Aparece una disponibilidad mínima, una pausa. La vida, aun así, continúa.
Esa ralentización, sin embargo, no alcanza a la vida digital. Esa esfera —que ya no puede pensarse como una extensión de la realidad, sino como una vida en sí misma— mantiene su ritmo constante y extenuante. Allí no hay estaciones, ni veranos, ni interrupciones. El flujo de estímulos persiste: qué comprar, qué hacer, cómo pensar, cómo comer, cómo vestir. No se trata solo de consumo, sino de una pedagogía permanente de la forma de vivir. En ese contexto, este año apareció ante mí, por primera vez, una publicidad que opera menos como invitación y más como consigna. Tal vez no era nueva; tal vez siempre estuvo ahí y recién ahora se volvió visible.
Durante los años noventa y dos mil, Mastercard se ofrecía como solución. A través de escenas de afecto —un abrazo entre un padre y su hija, situaciones cotidianas cargadas de emoción—, prometía que aquello verdaderamente valioso estaba por fuera del dinero. “Para todo lo demás existe Mastercard”. La ficción era amable: el dinero como mediador, no como identidad. Atrás quedó también la era del 9,99, esa mínima ilusión de engaño. Hoy el precio es 10, sin rodeos. La deuda deja de ser un problema y se convierte en una condición aceptada, casi naturalizada, para sostener un determinado modo de vida.
En 2026, al menos en este recorte del mundo digital, el slogan muta: Compra como un millonario. La frase no intenta disimular nada. No promete felicidad, ni bienestar, ni solución alguna. Propone directamente una performance. TEMU ofrece objetos producidos bajo condiciones opacas, a bajo costo, con una consigna explícita: parecer algo que no se es. No se trata de acceder a un lujo, sino de simularlo. El consumo ya no busca suplir una necesidad ni construir un deseo, sino fabricar una imagen.
Quizás el problema no sea la acumulación de estímulos ni la banalización de la tragedia, sino la progresiva pérdida de escala. Cuando todo aparece en el mismo plano —la guerra, el algoritmo, la amistad, la compra impulsiva—, la experiencia se aplana. La vida se vuelve una superficie continua donde los acontecimientos no dejan marca y las decisiones se reducen a gestos rápidos: deslizar, comprar, endeudarse, mostrar.
En este escenario, el imperativo no es vivir mejor, sino parecer más. Comprar como un millonario no es una promesa de riqueza, sino una instrucción clara sobre el tipo de ficción que se espera sostener. Tal vez el desafío no consista en desconectarse —una ilusión cada vez menos viable—, sino en recuperar algún tipo de jerarquía, de peso, de diferencia. Volver a distinguir qué cosas merecen tiempo, atención y consecuencia, y cuáles son apenas ruido. Porque cuando todo vale lo mismo, nada termina de importar.
Me gusta mucho la siguiente observación: "Esa ralentización, sin embargo, no alcanza a la vida digital. Esa esfera —que ya no puede pensarse como una extensión de la realidad, sino como una vida en sí misma— mantiene su ritmo constante y extenuante." Hoy en día se polemiza mucho sobre si nosotros (toda la humanidad) vivimos (o somos parte de) una simulación, o si existen o no universos paralelos. No cabe duda de que ya los tenemos entre nosotros, no a nivel cósmico, pero seguro en variantes de ambos. (De yapa) El impacto de esa "doble vida" será tremendo en nuestro futuro como sociedad.