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10 segundos de banderas 

  • 22 jul
  • 3 min de lectura

Abro instagram, miro historias: estan todos reposteando una publicación de Pedro Rosemblat sobre cómo el resto odia a los argentinos y el gran país que somos, luego selfies en el obelisco, beboteos, luego, un reposteo reclamando a los senadores no aprobar la extranjerización de tierras, beboteo con la de la selección, la historia del gato vestido de Argentina, el nene, otro mensaje explicando que no somos racistas y otro beboteo. Cierro historias. 


Últimamente vengo leyendo y reflexionando sobre las banderas políticas en redes sociales. Mi sensación hace un tiempo era que elegíamos postear una foto de una consigna política para que nuestro entorno cibernético (que opina igual que nosotros) se dé por enterado que somos uno de ellos, que apoyamos lo mismo. Sostengo esto, creo que hay algo de hablarle en el mismo código a los mismos con los que ya nos hablamos que nos hace perdernos la oportunidad de protestar, de reivindicar y de transformar. Quizá logra fomentar más una comunidad en redes, pero más allá de eso, no hay discusión, hay afirmación. 


Pero sobre esto, hoy me debato entre la capacidad que tuvieron las redes de masificar ciertos contenidos políticos y el poder que tienen para diluir los mensajes. Sobretodo, si el formato es historia, se repostea la publicación de otra persona, dura 10 segundos máximo en mi pantalla y 24 hs en el perfil de la persona que lo público. Es tan fácil compartir algo que pensó otro que podrías elegir no ir al Congreso, y garantizas haber aportado en redes tu descontento. Probablemente, ni te tomes el tiempo de escribir una reflexión propia. El otro opina como yo, y aesthetic. Y terminamos todos subiendo el mismo contenido que escribió Pedro Rosemblat, y todos pasamos a la derecha porque ya lo vimos en nuestro perfil y en el de todos nuestros amigos de redes. El mensaje llegó, pero diluido y probablemente sólo a quienes ya pensaban como nosotros. Perdemos el asombro, el interés, swipe a la derecha. 


Nos indignamos sobre la extranjerización de las tierras, swipe a la derecha, un meme, nos tranquilizamos, derecha. 


El dispositivo tiene la capacidad de generarnos una falsa sensación de compromiso político, pero solo termina poniendo las banderas al lado de la foto de nuestra mascota como si tuviera sentido alguno el eje de prioridades que le estamos asignando a lo que nos encontramos viviendo hoy. ¿Tiene la misma relevancia visual un beboteo, un gatito, que una bandera? 


Como decía Gina Montti en su texto “Sobre la era del collage” vivimos en una época donde ensamblamos cosas sin jerarquías y el dispositivo nos da la posibilidad de ver un collage estético sin orden que en vez de intensificar los mensajes, solo los diluye. Palestina, derecha, asado con amigos, derecha. Las historias de instagram se vuelven entonces el gran collage de la era contemporánea, listo para agarrar cualquier mensaje político y hacerlo durar 10 segundos. 


No considero que en las redes no haya elementos de masificación política, que haya que dar una batalla cultural en estos términos pero me replanteo constantemente donde tienen que estar las banderas, los reclamos, las luchas. No podemos hablar en los mismos términos del final de Love is Blind que de que las Malvinas son Argentinas o si somos team verano o team invierno. No todo está en el mismo plano y me persigue la idea de pensar que nos encontramos alivianando algunas conversaciones mientras nos rasgamos las vestiduras porque el mejor clima es la primavera. Todo es igual de relevante o igual de liviano si se expone en un tweet de pocos caracteres, o una historia de 10 segundos.

Gina propone que no es imposible salir de la lógica del collage, pero que siempre nos encontramos ante una notificación que nos irrumpe cuando estamos por afirmar algo nuevo. Que la práctica de la interrupción se nos propone e impone de manera continua, y comparto. Nos estamos acostumbrando tanto a que los mensajes se nos escapen de las manos, a quedarnos encerrados en casa reposteando, que vemos una bandera real, en una cancha de fútbol, con un contenido claro y nos inundamos de emoción. Una bandera que no hace falta que les diga que dice, porque se impuso en mi retina y en la de muchos por encima de cualquier contenido que vimos ese día y esto es lo que tenemos que recuperar. Sentir la emoción de agarrar un trapo con la mano, conseguir pintura, escribir la consigna y salir a la calle con ella.


Volver a lo artesanal es una manera de hablar y no ser hablado.(1) (1) referencia a Mariano Parnes, un tertuliano de aquella noche. 


 
 
 

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