Acariciando lo áspero
Los chicos que crecieron se cortan el brazo y sale brillo. Cuando cierra la herida cicatriza en una frase de ataque 77. Nosotros entramos a la sala y vemos caños: Uno en el techo que esta destrozado con diversión y templanza, los otros están soldados y construyen escaleras que gritan frases de bandas podridas, maravillosas, pasadas de moda. No son tan lejanas en el tiempo pero la velocidad hace lo suyo, hoy casi todas son susurros, como una secta que se hace señales secretas en la calle para reconocerse. También hay chapas que prefiguran mundos tan hermosos que aterran: Lagos y rayones que podrían ser ramas pero no lo son, montañas sin humanos y llanuras de luces que flotan.
La primera conclusión es que no estamos en una ruina sino en una arquitectura del fastidio. Alguien puso estas cosas acá, las limpió para la ocación. Alguien quiere que veas las construcciones que surgen cuando ya no se puede ocupar el espacio ni el tiempo con nada en particular. Que hay que doblar el metal porque no queda otra, lacerarlo, porque no queda otra. Ya se habló en muchos idiomas y ninguno nos convenció. ¿En cuál hay que hablar para que se haga la luz? Lo que vemos es, entre el silencio refinado que solo tiene el metal, un diseño de interiores para chicos problemáticos. No quieren hacer espamento, no quieren decirte nada. Vienen de una época peculiar, llevan en su adn social las últimas intenciones de rebeldía, escuchan La Renga, están acostumbrados a violencias extrañas e iras pasivas. Rayan, mastican, se dan la cabeza contra la pared y no prometen, pero sí imaginan.
Lo mejor de lo peor: Estamos vivos y soñamos cosas. Ellos parece que también. Mundos imposibles, blanduras inventadas. Una fuerza que arrastra lo que arman hacia un campo magnético en el techo. No lo vemos, intuimos que en ese hueco está el residuo de la fiebre, el espacio para recuperar la tierra. En la época en la que no somos dueños de nada, solo quedan dos opciones: O hacemos de nuestro cuerpo un proyecto psicótico o doblamos lo rígido a los arañazos.
Como si rayaran en la pared de un baño con las llaves de su casa, hoy todo deseo es torpe, implica una rabia casi inconsciente. Los chicos que crecieron no son chicos, ni adultos, ni nada. Son dibujantes, herreros, carniceros, tatuadores. Sin tiempo, sin bandera, buscando la luz, caminando por el desierto que todavía no existe para traer un souvenir, para hacer algo con la paja, el vacío, la desesperanza, con la idea de que exprimir la violencia en un puño puede convertirla en un diamante.
Lucía Massolo


Comentarios