La paradoja de la percepción
La opinión suele tener la característica de estar floja de papeles y de aparecer sin que la llamen. En uno de los tantos programas de streaming más palermitanos que hay en Argentina cuyo nombre hace referencia a un postre popularmente conocido por ser servido en los hospitales, se presenta un segmento en el que la frase “no se opina” es una regla del juego en el que perder está asegurado de antemano, y la promesa es la risa boluda entre amigos. Hacer humor (o tratar al menos) a partir de un absurdo. Es el equivalente a estornudar sin cerrar los ojos. El mensaje está claro: El hecho de que es imposible no opinar.
Durante un tiempo creí en la idea de que lo que más importa es lo que cada uno piensa y sabe, es decir, lo real, lo verdadero, y no lo que aparenta. Cuando alguien proyecta una imagen hacia afuera, intencional o no, o cuando un rumor infundado es difundido y viralizado ¿qué es lo que prevalece? ¿La idea equivocada que el resto de las personas tiene o lo que uno solo sabe? Pareciera estar claro para algunos que la realidad social (lo que el resto de las personas saben) importa más que la realidad ontológica (lo que realmente se que pienso o soy). Si lo que sé, siento y soy muere en mí, entonces, ¿dónde prevalece? ¿En la eternidad de un instante que se segrega por el cosmos?
Ante eventos naturales catastróficos como los recientes en Colombia y Nepal, algunas personas que se encontraban presenciando posiblemente los últimos segundos de su vida, no dudaron un instante en detenerse para sacar el celular y registrar lo que estaba pasando. El valor que adquiere la “vida virtual” sobrepasa a la vida misma. La decisión consciente de registrar este momento para que se haga viral en redes puede ser una forma actual de volverse eterno.
T. Hirschhorn en su obra Monumento a Simone Weil utiliza la precariedad como símbolo de algo preciado, donde el valor no está necesariamente en lo precario en sí, si no en la presencia no-exclusiva que genera una comunidad. La abundancia puesta al servicio de la creación de un “Monumento hoy” como una ofrenda sacrificial de los cuerpos en presencia, responde al beneficio de un momento de gracia que se vuelve eterno a los ojos del artífice. El artista afirma que la duración de este momento (en la memoria cultural) es mucho mayor que la de una escultura (de Lenin) hecha de metal macizo.
¿La percepción social ante estos actos es la misma que la que se imaginaban sus productores? Si no es así, ¿es entonces la percepción interna la que prevalece?
La precariedad puede ser un objeto de deseo, y también un instrumento de validación social. ¿Qué tiene de elitista un aguantadero en algún lugar del mundo? ¿Qué tiene de atractivo transmitir en primera persona la propia muerte? ¿Qué necesidad satisface al espectador la creencia de que algo es valioso? Puede estar presente un interés motivado por el gusto, el morbo, o el placer estético; quizá también alguien se deja convencer por un determinado discurso (el mito del héroe y del villano, por ejemplo es utilizado una y otra vez a través de la historia por su grado de efectividad).
El cuestionamiento crítico de la obra sobre las estructuras que la hacen posible está implícito, y dado que no se trata de un análisis moral, ni de un estudio sociológico, la contradicción es posible y tal vez incluso sea necesaria. La contradicción permite generar la fricción sobre aquello que pretende incomodar. Queda en cada uno la respuesta de si lo logra.


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