Micro-notas sobre el varelismo: ontología, naturaleza y democracia.
La ontología del varela
Hay una intuición que atraviesa todo lo que vengo escribiendo y que ahora quiero poner acá: el ser humano percibe el mundo de manera incompleta, pero vive como si lo entendiera del todo.
Esa distancia entre lo que creemos manejar y lo que efectivamente manejamos tiene un nombre. Es el varelismo.
En las primeras notas dije que el varelismo es la cantidad de fuerza no canónica inscripta en un hecho o en una persona. Ahora quiero decir algo más preciso: el varelismo no es una falla. Es la forma en que estamos en el mundo.
Todos somos varelas. Absolutamente todos.
El Varela maneja mal sus finanzas personales. Sabe cuánto entra y cuánto sale pero nunca al mismo tiempo. Hace lecturas equívocas del mundo: se convence de que algo va a pasar y arma toda una teoría alrededor, y a veces acierta de una manera que nadie esperaba y otras veces se estrella. Es pasional, y la pasión le desordena el juicio y también se lo enciende.
El Varela es el sabio que parece un charlatán. Dice algo verdadero en el peor momento, con las peores palabras, sin las credenciales que harían que alguien lo escuche. Y también es el charlatán que a veces resulta ser un sabio, lo cual es aún más incómodo.
Y sobre todo el Varela es un hacedor. Hace. Empieza cosas, arma proyectos, convoca gente, imprime CDs cuando ya no hay disqueteras. No espera las condiciones ideales porque intuye que nunca van a llegar.
Todos tenemos algo de esto. La diferencia no está entre quienes son varelas y quienes no. Está entre quienes lo reconocen y quienes no.
El Varela auténtico es el que empieza a admitir que no lo tiene todo arreglado. Es desordenado, incongruente, torpe, faltante. Y aun así —o justamente por eso— es amoroso y tiene una voluntad enorme de salir adelante.
El sofisticado, en cambio, es el que cree haber salido del varelismo. Puede coordinar una reunión, llegar puntual, estar impecablemente cambiado, tener las finanzas en una planilla. Y de ahí deduce que el desorden quedó atrás.
No quedó atrás. Solamente aprendió a esconderlo mejor.
Por eso digo que la mayoría de los que se piensan sofisticados son varelas que no se dieron cuenta de la forma torpe en la que habitan el mundo. Y son más peligrosos que el varela declarado, porque construyen sistemas enteros —instituciones, planes, políticas— asumiendo una competencia que no tienen.
Naturaleza y el varelismo
Acá está el corazón de la cuestión, y es lo que vuelve trágico al varelismo.
Un árbol también está incompleto. También responde a un entorno que no controla, también depende de la lluvia que no eligió y del suelo que le tocó. Pero el árbol asimila. Recibe la excitación del entorno y crece con ella. No la interpreta, no la discute, no se avergüenza de ella.
El Varela no puede hacer eso. Al ser consciente, al querer racionalizar, al querer adecuarse a un modelo de cómo debería estar viviendo, es exactamente ahí donde deja de fluir. La torpeza no viene de la incompletud: viene del esfuerzo por disimularla.
El árbol tiende hacia la luz sin saber que tiende. Nosotros tendemos hacia algo y además nos juzgamos por cómo tendemos.
Ser Varela auténtico sería, entonces, recuperar la forma vegetal de estar en el mundo, pero desde la conciencia. Aceptar la incompletud sin dejar de tender.
Varelismo y democracia
Esto tiene consecuencias políticas directas.
Escribí hace poco que el plano legitimador de una democracia es el cuidado efectivo de las personas. Ahora puedo decirlo mejor: una democracia se legitima cuando toma en cuenta el varelismo de su gente.
El error de la administración contemporánea es diseñar sistemas para sofisticados. Trámites que asumen que uno tiene los papeles ordenados. Plataformas que asumen que uno entiende la interfaz. Plazos que asumen que uno leyó la notificación. Créditos que asumen que uno proyecta a diez años. Una plaza llena de gente que asume que nadie va a necesitar un baño.
Todo eso está pensado para un ciudadano que no existe.
Gobernar sobre el varelismo no es bajar el estándar. Es diseñar para la humanidad real: la que se olvida, la que llega tarde, la que no entendió el formulario, la que igual quiere participar.
Y quizá esa sea la conclusión de todo esto. El mundo no se sostiene sobre los que tienen todo resuelto, porque no existen. Se sostiene sobre millones de personas desordenadas que igual se levantan, igual cumplen, igual crían hijos y arman proyectos con la mitad de la información y ninguna garantía.
Reconocer eso no es indulgencia. Es exactitud.



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