Cancanes rojas, scrunchie roja, vestido celeste
La gira empieza a eso de las 14hs. Me buscan por casa y nos largamos a caminar por la ciudad. Tengo 29 años y me caso el 19 de octubre. Esas son las dos certezas a las que me aferro el día de la fecha. Otra certeza: es sábado 5 de septiembre y mis amigas me organizan una despedida de soltera. Somos seis. Algunas más mis amigas que otras, pero bueno al grupo de la facultad tampoco se le puede exigir tanto. Empezás a cursar, te juntas a estudiar, a hacer maquetas. De repente, el tiempo compartido en pocos días cuenta como el doble porque en la carrera de arquitectura no solo se comparten días sino muchas, muchas, noches. Horas juntas, noches juntas, días juntas, meses juntas que sin darte cuenta se convierten en años juntas y no sabes cuándo o cuánto elegiste de eso. Me pregunto si casarse es algo parecido.
Algunas rumiantes vueltas y mucho escabio. Pasa corriendo a una chica con un vestido celeste con plegados, cancanes rojas y una scrunchie del mismo color. No sé a quien le grita, si es que le grita a alguien: ¡Voy a llegar tarde!
La seguí un poco con la mirada hasta que la perdí.
La gira empieza o sigue con un porro en la costanera. No lo hacíamos hace mucho tiempo. En algún momento pasamos por la facultad. Cada una tenía su rol muy claro en la travesía. Una grababa, otra llevaba el cronograma rigurosamente, otra sacaba fotos aesthetics que probablemente se vuelvan públicas en un video el día del casamiento, es una actitud bastante quinceañera, pero que se usa. Voy a ver si me pinta que eso suceda. Otra se encarga de que Marcos no se entere de nada. Él está en la suya y yo en la mía. En la nuestra.
Largo día de caminata, cae la noche y la merodeada se vuelve hostilmente fría. A lo largo del día pensé varias veces si la despedida de soltera no debería estar pensada un poco más para quien es que para lo que se supone que hay que hacer. Siento que estamos perdidas en la ciudad, aunque probablemente hacia algún lado estamos yendo.
Mientras caminamos y gritamos por el boulevard Gálvez desde una vidriera con cara pícara una chica con un muy buen saco de pieles nos hace con la mano un gesto eufórico que suele significar: vengan.
La gente que está en la vereda escuchando música y rancheando nos abre camino para que entremos. Las de peluca rosa desfilamos. Levanto la cabeza para mirar a dónde estoy entrando: Núcleo Arte Contemporáneo. En la primera sala me encuentro con pintura. Me tranquilizo porque es bello, tan bello. Miro para los costados porque no entiendo bien qué está pasando, además de ya estar re en pedo. Me recibe una chica con un outfit que parecía sacado de Alicia en el País de las maravillas y se presenta como la artista. Cancanes rojas, scrunchie roja, vestido celeste. Alguien viene y me extiende un gintonic. Lo acepto para evitar la mirada intensa del conejo. Además acá adentro está calentito. Parece tan tierna, pero en realidad te quiere encerrar en una jaula.
Sé que a algunas de las chicas no les copaba mucho la idea de corrernos del cronograma, las conozco porque yo también soy parte del team estructurado. Pero me sumé porque se
supone que tengo que estar abierta a todo hoy. Una cuando está de despedida de soltera va caminando por la calle con otras cinco boludas con pelucas rosas de LazyTown, gafas negras y acepta que se convierte en vidriera. Lo que una no espera es encerrarse literalmente en una vidriera.
Mientras esperamos cinco minutos restantes de otro prisionero, el conejo me entrevista y las pelucas ocupan la mayoría de la sala. Muchos ojos volando en la oscuridad se ven del otro lado de la vidriera. Tampoco entiendo bien si es efectivamente una obra de arte la del conejo porque en el estudio con los artistas que hablamos tienen propuestas bastante distintas. Me pregunta por mi vestido, sobre el salón y sobre Marcos.
Antes de terminar la espera, me dice: preparate porque esta es la primera de muchas de tus jaulas.
Me deja pasar y me pregunta cuánto tiempo permaneceré en la jaula. Un minuto respondo y cierra.
Un minuto. Tranquilidad. Un minuto. Mi reflejo en la vidriera. Un minuto. Ya estoy vestida de novia. Un minuto. Soy una novia encerrada en una jaula. Un minuto. Tengo que tomar un trago para digerir esto.
Terminó el minuto.
¿Me das uno más?
Último minuto, descanso de las miradas. Último minuto, respiro hondo y encaro el resto de mi vida.
No sé si esta la artista fue el conejo, pero es seguro que yo sigo habitando espacios diseñados por otros. Irónico para una arquitecta.


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