¿Cómo qué no?
- hace 2 días
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¿Por qué un película vive en la memoria ni bien termina?
Si vimos centenas, quizá miles de películas.
¿Por qué algunas películas quedan adheridas a la memoria, en esa cajón mental invisible?
Recuerdo un sábado a la tarde a mitad de los años ochenta, en mi memoria es un día soleado de sábado, entré en el videoclub que da a la avenida Belgrano, una chica que tendría unos treinta pero que para mí era ya una señora grande prendió un sahumerio de incienso y acomodaba unas cajas en cuclillas. ¿Qué películas querés llevar?
Los interés afines, la curiosidad, (tal vez por sobre todo) hicieron que estemos el viernes algunos tertulianos en la esquina del Bar “Varela y Varelita”, bebiendo cerveza Stella helada en una noche de Agosto aún más helada. Las gargantas cristalizadas por la amargura belga. Los jóvenes que se juntaron con nosotros, eran cuatro egresados o estudiantes de la mejor escuela de cine del país.
La única tal vez en donde podés salir con chances de obtener un ingreso al mundo laboral en un mercado mínimo aún antes de este gobierno que considera al cine nacional “un gasto y un artefacto que no vende entradas."
Estos cuatro pibes tenían brillo en la mirada. Y empuje. Ganas. Armaron una revista llamada “nodivaguen” y opinaban con total naturalidad sobre Clint Eastwood, A. Tarkovsky o Travis Bickley. Se inspiraron en la revista “El amante” de la cual sacaron el diseño visual, y además contaban que iban seguido a un cineclub oculto en las redes sociales.
El encuentro terminó con una tertulia en el mencionado bar, con aires de película en blanco y negro de Agnes Varda o de Truffaut.
El viernes se escurrió entre los dedos, con nombres de películas, mutando el blanco y negro de nouvelle vague a un opaco color y mucho grano del nuevo Cine Nacional de “pizza birra faso” con luz natural de Av. 9 de Julio en tiempos de De la Rúa.
Yo ya tengo el doble de edad que esos 4 pibes.
¿Se puede tener las mismas ganas y el mismo empuje?
¿Cómo qué no? Así se llama la canción de Gustavo Pena que hizo conocida a nivel mundial por el trotamundos Manu Chao. “Los pibes allá en la esquina…”, empieza diciendo la canción y nosotros éramos pibes en esa esquina helada.
¿Se puede hacer una revista de cine con análisis y una nueva voz para esto que sería un nuevo “nuevo cine nacional” (M. Mumenthaler, Lucia Seles, Clarisa Navas, Rodrigo Moreno, El Pampero en general)?
El nro 10, el que leí, tiene un dossier completo sobre el Bafici, sobre el cine de Aristarain y una reflexión sobre la paranoia en “Una batalla tras otra” de P.T. Anderson.
Se acaba el viernes, en el Bar un trovador canta la canción de amor más notable de los redonditos de ricota, llamada “Esa estrella era mi lujo” y nos despedimos.
Los pibes críticos de cine me demostraron exhalaban crítica de cine por la nariz.
“El final es en donde partí” se llama una canción de La Renga.
Vuelo al videoclub, a la década del 80. Alquilé “The Wall” de Alan Parker con la música de Pink Floyd. Vi una película para la cual no estaba preparado en aquel momento, la vi sólo en el comedor familiar, pero pese a todo, no la olvidé jamás.
Ni a la guerra, ni a la soledad de un alienado viendo un televisor en una pieza de hotel, ni a los aviones volando en dibujos animados saturados, ni el muro enorme, ni a los profesores con palos de madera o a la máquina de hacer chorizos de nenes con caretas.
Siempre la tengo en la cabeza a The Wall.
¿Se puede hacer encuentros con desconocidos en donde sentir que el arte nos da ganas de vivir?
¿COMO QUE NO?

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