SOBRE EL TIEMPO DE LAS IDEAS
- 4 ago
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Lucrecia Martel habla de la diferencia entre idea y ocurrencia. Dice:
"¿Cómo aparece una idea en el humano? Es muy azaroso. Hay múltiples factores que pueden entrar en juego para que surja una ocurrencia. En cambio, para que aparezca una idea hace falta muchísimo trabajo. Esto lo quiero aclarar porque confundimos mucho ocurrencia con idea."
Y continúa:
"Ocurrencia es encontrar una semilla y guardarla en un frasco para usarla en otro momento. Pero si a esa semilla la ponés en un papel secante o en la tierra y la vas regando, va a crecer en complejidad y misterio. Una idea requiere trabajo."
La semana pasada, junto a la cacorista Carla Nani, dimos lugar a una idea que llevaba tres años rumiándose en nuestras cabezas. Llevarla a la práctica abrió varias preguntas y reflexiones. Muchas veces habíamos amagado con hacerla. Era una acción muy simple a la que, con el tiempo, fuimos tratando de construir y enderezar a partir de distintos conceptos que íbamos estudiando. Sin embargo, siempre terminaba quedando cajoneada entre otros proyectos y nuevas ocurrencias.
Finalmente, después de mucho trabajo juntas, hoy tenemos nuestro taller compartido y fue el momento perfecto para desempolvar aquella acción que nos había perseguido durante tanto tiempo.
Después de llevarla a cabo no pude dejar de pensar en lo necesario que es esperar algunas cosas, a pesar de la excitación que pueden generarnos ciertos proyectos. Existe una realidad: el tiempo no siempre acompaña a los hechos. A veces hay que dar varias vueltas sobre eso que llamamos "línea de tiempo" —aunque yo cada vez creo menos en la idea de una línea y más en la de una espiral— para llegar a entender la forma de las cosas.
Hoy, más que nunca, nos hemos convertido en sujetos profundamente caprichosos. Queremos todo y lo queremos ya. Una y otra vez, gracias a distintos artilugios del mercado y del marketing, se nos hace creer que eso es posible. Incluso las barreras económicas parecen poder esquivarse a través de un endeudamiento "conveniente", a la distancia de un click.
Sin embargo, hay muchísimas cosas que no suceden así. Hay procesos que llevan años y que, cuando ya pareciera que nunca iban a suceder, finalmente florecen.
Podemos comprar casi cualquier cosa de un minuto a otro, pero lo real no funciona de esa manera. La naturaleza tiene sus tiempos y, por más laboratorios que existan, hay procesos que no pueden acelerarse. Lo mismo sucede con el desarrollo de los vínculos, de las ideas y, me animaría a decir, de las personas.
Son cuestiones que necesitan mil y un nutrientes para florecer y que no están dispuestas a ceder frente a los caprichos de los seres humanos, incluso cuando los seres humanos forman parte de la ecuación.
Quizás por eso cada vez desconfío más de la urgencia. No porque crea que haya que esperar por esperar, sino porque hay cosas que solamente pueden existir después de haber permanecido el tiempo suficiente. Como esa semilla de la que habla Lucrecia Martel: una ocurrencia puede guardarse en un frasco, pero una idea necesita tierra, agua y tiempo.
Tal vez sea justamente ese tiempo —el menos espectacular, el que parece improductivo, el que da la sensación de que no está pasando nada— el que termina haciendo todo el trabajo.
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