10 segundos de odio: identidad, eurocentrismo y sentido común digital
- 22 jul
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Actualizado: 28 jul
La final del domingo fue una final extraña, no tanto por la derrota en sí misma, sino por el sentimiento antiargentino que se construyó alrededor de ella. En muy poco tiempo comenzaron a circular mensajes que calificaban a los argentinos como sucios, racistas, tramposos, corruptos o violentos. Lo que me produjo mayor preocupación no fue solamente la existencia de esas acusaciones, sino la rapidez con la que se masificaron y la naturalidad con la que fueron aceptadas y reproducidas.
Este fenómeno no puede separarse del mundo globalizado y digitalizado en el que vivimos, donde cualquier publicación puede volverse viral en cuestión de minutos. Como se plantea en el ensayo "Diez segundos de banderas", en las redes sociales se comparten y republican mensajes de todo tipo con una enorme liviandad. Una acusación, una imagen o una interpretación compleja son reducidas a una historia de Instagram, un tuit o un video de pocos segundos. En ese proceso, la velocidad de circulación suele imponerse sobre la reflexión: primero se comparte y, eventualmente, después se piensa.
Sin embargo, lo más preocupante no es únicamente la velocidad, sino la ausencia de juicio crítico. Se parte de razonamientos como: si lo dijo una persona famosa, debe ser verdad; si lo publicó un diario reconocido, debe ser verdad; si todos mis amigos están
compartiendo la misma historia, entonces debe ser cierta. El hecho de que una afirmación sea repetida miles de veces comienza a funcionar como una prueba de su veracidad. Si Samuel L. Jackson lo publica o el Daily Mail lo reproduce, muchos consideran que ya no es necesario preguntarse de dónde surgió la información, qué intereses están involucrados o qué elementos fueron seleccionados para construir ese relato. Esto puede relacionarse con el concepto de sentido común trabajado por Antonio Gramsci(2000,1993).El sentido común, para el autor, no es simplemente una opinión individual poco elaborada, sino una concepción del mundo socialmente difundida, formada por representaciones, valores, experiencias y creencias de distintos orígenes históricos. Su carácter fragmentario y contradictorio permite que ciertas ideas parezcan naturales o evidentes, aun cuando respondan a relaciones de poder y a procesos históricos concretos. No surge únicamente de los discursos políticos o mediáticos, sino también de la experiencia cotidiana, las tradiciones y las prácticas sociales. Sin embargo, los grupos dominantes intervienen activamente sobre ese terreno, procurando convertir su visión particular del mundo en una visión universal y
espontáneamente aceptada. Stuart Hall(2003,2011) también permite pensar cómo los medios producen marcos de interpretación desde los cuales ciertos acontecimientos adquieren un significado aparentemente evidente. Así, determinados hechos concretos — una pelea, una canción, una declaración racista o una conducta antideportiva— son
seleccionados y utilizados para confirmar una caracterización general previamente disponible: “los argentinos son así”.
El problema no consiste en negar que en Argentina existan racismo, violencia, discriminación o intolerancia. Evidentemente existen, como existen en distintas formas en todas las sociedades. Lo cuestionable es el salto que transforma hechos particulares en propiedades esenciales de una comunidad nacional completa. A partir de determinadas situaciones, se construye una imagen simplificada y homogénea de millones de personas. Las contradicciones internas, las diferencias sociales, políticas y culturales y los contextos históricos desaparecen frente a una identidad nacional presentada como una esencia inmutable(este proceso se podria categorizar como un proceso de escencializacion).
Desde una perspectiva histórico-antropológica, este proceso tambien puede entenderse como un mecanismo de construcción identitaria. Fredrik Barth(1976)mostró que las identidades colectivas no se definen únicamente por sus contenidos culturales internos, sino también mediante las fronteras que establecen frente a otros grupos. Benedict Anderson(2016), por su parte, permite comprender a la nación como una comunidad imaginada: sus miembros no se conocen personalmente, pero se reconocen como parte de una totalidad común. Claudia Briones(1998) profundiza este problema al analizar cómo las identidades son producidas mediante procesos históricos de marcación, inclusión y exclusión. También Stuart Hall(2003,2013) sostiene que la identidad no es una esencia fija, sino una construcción relacional y discursiva: se define mediante diferencias, oposiciones y representaciones del otro.
En este caso, la construcción de una identidad europea —o incluso de una comunidad occidental transnacional— parece realizarse en oposición a una Argentina presentada como exterior peligroso. “Nosotros” representaríamos la tolerancia, la legalidad, la moral universal y la civilidad; “ellos”, la violencia, el racismo, la trampa y la barbarie. Europa aparece así como civilizada, racional y tolerante, mientras que Argentina es colocada en el lugar de lo salvaje, lo irracional y lo disolvente. Se reactiva, aunque con nuevas formas, la antigua oposición entre civilización y barbarie.
Esta representación es profundamente eurocéntrica. Enrique Dussel(2025) ha mostrado que Europa construyó su propia imagen de modernidad y civilización mediante la producción de una alteridad considerada atrasada, inferior o bárbara. La modernidad europea no sería entonces un proceso exclusivamente interno, basado solamente en la razón, la Ilustración y el progreso, sino que también se constituyó a través de la conquista, la colonización y la subordinación de otros pueblos. Walter Mignolo(2024) permite continuar esta crítica al señalar que la modernidad posee una dimensión inseparable de colonialidad: Europa no solo impuso un dominio económico y político, sino también sus propios criterios acerca de qué conocimientos, valores y formas de vida podían considerarse universales.
Desde esta perspectiva, la tolerancia proclamada por las sociedades occidentales puede ser profundamente selectiva. La diferencia es aceptada siempre que se adapte a determinados estándares definidos previamente como universales. Se tolera al otro mientras no cuestione las reglas, valores y jerarquías desde las cuales esa tolerancia es administrada. De este modo, los criterios particulares de Europa o de Estados Unidos son presentados como si fueran criterios neutrales de la humanidad en su conjunto. El otro no es rechazado por ser diferente, sino por no ajustarse suficientemente a la supuesta universalidad de esos valores. La paradoja es que continuamos discutiendo en términos de civilización y barbarie, categorías profundamente cargadas de historia, violencia y sangre. Como señalaba en el ultimo ensayo y trayendo de vuelta a Volóshinov(1976), los signos nunca son neutrales: se encuentran atravesados por disputas sociales, ideológicas y políticas. “Civilización” no es una palabra inocente ni una descripción puramente objetiva. Históricamente ha permitido legitimar intervenciones violentas sobre aquellos pueblos definidos como bárbaros, atrasados o peligrosos. Si la barbarie amenaza con disolver la comunidad civilizada, entonces combatirla puede presentarse como una acción necesaria, moral e incluso humanitaria.
No hace falta retroceder demasiado en el tiempo(ni salir de Argentina) para encontrar ejemplos. Los discursos de Sarmiento y Mitre en torno a la Guerra del Paraguay muestran cómo la oposición entre civilización y barbarie podía utilizarse para justificar la violencia. La guerra aparecía como una empresa civilizatoria, mientras que Paraguay era representado como un espacio de atraso, tiranía y barbarie. La violencia ejercida por quienes se proclamaban civilizados quedaba legitimada porque se dirigía contra un enemigo previamente deshumanizado o expulsado del campo de la civilización. Evidentemente, las publicaciones actuales contra Argentina no son equivalentes a una guerra del siglo XIX, pero comparten una estructura discursiva que es necesario reconocer: la construcción de un otro homogéneo, inferior y amenazante permite reafirmar la superioridad moral del propio grupo. La digitalización no inventó estos prejuicios ni estas oposiciones, pero aumentó extraordinariamente su velocidad, su alcance y su capacidad de repetición. Las redes producen una especie de confirmación circular: una persona publica una acusación, otra la comparte porque proviene de alguien conocido, un medio la reproduce porque se volvió viral y finalmente la publicación del medio es utilizada como prueba de que la acusación original era cierta. La cantidad de repeticiones reemplaza a la investigación, mientras que la indignación funciona como garantía de autenticidad. Por eso, la cuestión central no es defender acríticamente a Argentina ni responder al nacionalismo europeo con un nacionalismo argentino igualmente simplificador. Se trata de cuestionar el mecanismo mediante el cual algunos hechos reales son seleccionados, descontextualizados y convertidos en una explicación total de una sociedad. Reconocer el racismo o la violencia existentes en Argentina no obliga a aceptar que Europa sea su opuesto civilizado, del mismo modo que señalar el eurocentrismo europeo no significa negar los problemas argentinos.
Quizás la conclusión más preocupante sea que la viralización no solo amplifica los mensajes, sino que debilita nuestra disposición a interrogarlos. El problema no es únicamente que circule información falsa, parcial o descontextualizada, sino que progresivamente dejamos de considerar necesario comprobarla. Frente a este proceso, el pensamiento crítico exige detener la velocidad automática del consumo digital: preguntarse quién habla, desde qué lugar, con qué evidencias, qué hechos se omiten y qué categorías históricas se están reactivando. En una sociedad donde compartir requiere apenas diez segundos, tal vez el gesto más crítico sea precisamente demorarse antes de hacerlo.

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