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El resto de las cosas

  • 8 jun
  • 2 min de lectura

No recuerdo bien a partir de qué momento empecé a tener registro del dinero, creo que todavía estaba en la primaria cuando empecé a juntar algunas monedas, entre vueltos, regalos de tías y alguna que otra changa.


Pocas veces me pasó de encontrar billetes en la calle. Siempre pensé que esto era una cuestión de suerte. Si pensaba en las probabilidades, tenía en cuenta que a mayor tiempo caminando con la mirada de perro (el hocico siempre hacia abajo), mayor era la chance de encontrar algo. Ahora que lo pienso bien, el entusiasmo no tenía tanto que ver con el dinero en sí, sino con la sorpresa.


Pensar hoy en el peso nacional materializado en un metal fundido o impreso en papel moneda suena a algo de la Edad Media, pero paradójicamente, una moneda antigua o medieval posee hoy un valor histórico mucho mayor que una moneda de curso legal. No es el metal lo que vale por su precio si no su rareza y el deseo de colección.


Lo mismo sucede con los objetos encontrados en una azarosa experiencia inesperada. Esos objetos que suelen ser descartados porque ya no son funcionales al fin para el cual fueron diseñados, o que ya no cumplen con las expectativas de sus dueños.


Existe una extraña costumbre que consiste en creer que las cosas terminan cuando dejan de servir. ¿Pero qué pasa con las partes de nosotros mismos que perdemos mientras vivimos? Nos acostamos siendo una persona y despertamos siendo otra, apenas modificada, apenas disminuida. La diferencia es tan pequeña que pasa desapercibida, y esto no es una metáfora. Dejamos partículas de nuestro cuerpo por todas partes todo el tiempo.


Resulta curioso que pasemos la vida intentando construir una identidad sólida mientras nuestro cuerpo trabaja en desprenderse de sí mismo. Como si fuera una especie de purificación rutinaria. Una economía paralela se desarrolla mientras discutimos sobre productividad, progreso y futuro.


La cuestión se vuelve inquietante cuando uno imagina que esos restos conservan algo más que materia, entre huellas dactilares, moléculas de ADN, y Carbono 14, hay información para rato. ¿Cuándo termina realmente alguien más allá de la memoria? Si obedecemos a la ley de conservación de la materia y la energía, la respuesta es nunca.


Algo de esto también pasa con los objetos que son descartados y luego encontrados. Dicen que los animales y en menor medida los niños parecen comprender esto mejor que los humanos adultos. Una caja vacía a los ojos de estos seres se convierte en el juguete más preferido de todos, es el cubo mágico de la imaginación por excelencia. Intuyen que cuando una cosa pierde su función gana otra posibilidad, infinitas posibilidades. Cuando lo útil deja de servir, lo simbólico cobra fuerzas para empezar a operar en el mundo.


 
 
 

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4 comentarios


Andrea Llamedo
Andrea Llamedo
10 jun

Qué singular la experiencia humana que le otorga sentido a lo vacío!

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Gina Montti
Gina Montti
10 jun

¿Y si los restos que vamos dejando sin querer, pelo, piel, etc. armaran su propia existencia?

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Valentino Caruso
Valentino Caruso
09 jun

Vamos incorporando moleculas, comida, fluidos mientras a la vez vamos perdiendolos, dejandolos.

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Sophie Etchegoyhen
Sophie Etchegoyhen
09 jun

❤️ el entusiasmo no tenía tanto que ver con el dinero en sí, sino con la sorpresa. ❤️

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