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El signo y significar en varias lecturas, en respuesta a “Quizá Dios no existe”

  • 21 jul
  • 4 min de lectura

El ensayo parte de una idea bastante realista: el signo sería una creación humana, pero aquello que nombra —el triángulo, el orden del universo o Dios— existiría previamente y por fuera de nosotros. Sin embargo, desde la antropología, la linguistica, la sociología y la historia, esta separación entre signo y realidad podría problematizarse. El punto no sería negar que exista un mundo material independiente, sino preguntarse si ese mundo ya contiene, de manera objetiva, las mismas categorías con las que nosotros lo interpretamos.


En realidad, nosotros no “vemos” directamente el triángulo abstracto. Vemos un techo, una señal o una figura dibujada y los reunimos dentro de una misma categoría porque aprendimos una definición general que permite reconocerlos como casos particulares de un triángulo. Esa operación supone abstraer algunas propiedades y descartar otras, por lo que no depende únicamente de lo percibido, sino también de un sistema conceptual y simbólico. En ese sentido, Jack Goody mostró que la escritura y la escolarización favorecen determinadas formas de clasificación, definición y abstracción. Esto no significa que las sociedades de tradición oral sean incapaces de pensar abstractamente, sino que pueden organizar la experiencia de acuerdo con otros criterios, más ligados a relaciones concretas, prácticas o contextuales.


Las investigaciones de Alexander Luria permiten ver algo similar. Algunos de sus participantes no agrupaban los objetos mediante categorías generales/abstractas, como “herramientas”, sino a partir de sus relaciones funcionales: el hacha debía ir junto al tronco porque servía para cortarlo. No se trataba necesariamente de un pensamiento menos racional, sino de una forma diferente de organizar la experiencia.


Desde Boas y Sapir también podría señalarse que el lenguaje no es simplemente un conjunto de etiquetas aplicadas sobre una realidad previamente ordenada. Las lenguas seleccionan diferencias, establecen relaciones y organizan la experiencia de maneras particulares. En algunas, por ejemplo, ciertas partes del cuerpo no aparecen fácilmente como categorías autónomas, sino como realidades relacionales: no simplemente “ojo”, sino “su ojo” o “el ojo de alguien”. Esto no significa que sus hablantes no puedan reconocer un ojo, sino que no necesariamente lo separan y abstraen del mismo modo que nosotros.


Por otro lado, Berger y Luckmann, quienes, desde una perspectiva influida por la fenomenología de Alfred Schütz, sostienen que nacemos dentro de una realidad ya interpretada. Mediante la socialización incorporamos categorías y tipificaciones que después experimentamos como naturales. Por eso, quizá no descubrimos primero un mundo totalmente ordenado y luego le ponemos nombres: percibimos, clasificamos y damos sentido al mismo tiempo, utilizando sistemas simbólicos que nos preceden.


La afirmación del ensayo —“el signo lo inventamos nosotros; el orden que el signo señala, no”— puede ser válida como posición filosófica, pero no resulta evidente. Tal vez exista una realidad independiente de los seres humanos, pero reconocer en ella “triángulos”, “órdenes” o una totalidad llamada “Dios” ya supone determinadas formas culturales de abstracción y significación. La pregunta no es solamente si existe algo por fuera del signo, sino hasta qué punto aquello que consideramos un orden objetivo pertenece al mundo mismo o a nuestra manera histórica y social de organizarlo.


PD: " Nos quedamos con la palabra cargada por hechos históricos que usaron la palabra para crear mal y ejercer la crueldad. La palabra quedó manchada en el inconsciente colectivo. Pero los signos, son solamente signos. El signo no puede prenderse fuego, sino quien lo interpreta, quien es movilizado por él." Este pasaje me parece super interesante ya que se apoya en una concepcion bastante instrumental y neutral del signo. El signo sería una especie de recipiente vacío que, por sí mismo, no es bueno ni malo; la carga moral aparecería recién cuando un individuo lo interpreta, lo utiliza o actúa movilizado por él. En esa perspectiva, la palabra “Dios” seguiría siendo un signo inocente, mientras que la violencia provendría exclusivamente de quienes la emplearon para justificar determinadas acciones. Siguiendo la postura de Voloshinov esa separación sería muy cuestionable. Para él, el signo no es un objeto neutral al que después se le agrega desde afuera una valoración, porque todo signo es ideológico: surge dentro de relaciones sociales concretas y está necesariamente atravesado por valoraciones, intereses y disputas. Esto no quiere decir que una palabra tenga una esencia moral fija —que sea buena o mala por naturaleza—, sino que nunca existe como un elemento puro, separado de sus usos históricos. El significado se produce en la interacción social y, por lo tanto, siempre posee algún tipo de orientación valorativa.No existe primero la palabra “Dios” como recipiente vacío y luego diferentes individuos que le colocan contenidos positivos o negativos. La palabra ya llega a cada hablante cargada por usos anteriores: instituciones religiosas, conflictos políticos, experiencias personales, prácticas de dominación, movimientos de liberación, rituales, imágenes y discursos. Cada nuevo uso responde a esos sentidos previos, los refuerza, los modifica o discute con ellos.Por eso Volóshinov habla del signo como un campo de lucha social. Distintos grupos intentan apropiarse de una misma palabra y otorgarle una determinada orientación. “Dios”, “libertad”, “civilización”, “orden”, “pueblo” o “justicia” no significan lo mismo para todos, pero tampoco significan cualquier cosa. Son signos multiacentuados: pueden contener acentos valorativos diferentes e incluso contradictorios porque han circulado históricamente en luchas sociales concretas. Por eso yo coincido con Voloshinov, el signo no puede cometer por sí mismo un acto de crueldad, naturalmente; no tiene voluntad ni responsabilidad moral. Pero de ahí no se sigue que sea neutral. Un signo puede organizar la percepción, legitimar relaciones sociales, establecer jerarquías, movilizar afectos y volver aceptables ciertas prácticas.


 
 
 

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