La puerta estrecha
- 15 abr
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El domingo a la tarde, mientras pensaba en la experiencia estética como canal de revelación (entendida como lo que se experimenta a través de lo sensible, lo artístico), y en la dificultad de sentirme una misma del todo, quizás producto de la fragmentación del mundo cargado de sobre estímulos e información; me dormí tratando de profundizar en esas ideas, de conectarme con mi eje, con ese punto de unión de lo sensible con lo inteligible y racional. Me dormí rápido y profundo. Casi antes de despertarme del todo, recordé varias de las cosas que soñé.
Una de éstas escenas se veía como en una especie de establo de aspecto elegante, que parecía estar habilitado sólo para determinadas personas. En este lugar, pude ver una serie de puertas de madera estrechas de unos 70 cm de ancho, de unos 3 metros de altura, y como de 40 cm de espesor, pintadas de color un rojo intenso. Al principio no podía acercarme ni abrir estas puertas, por algún motivo sabía que no tenía permitido el acceso, estaban una al lado de la otra, y a medida que me iba acercando sospechaba sobre lo que podía haber adentro. Veía que algunas personas entraban, pero que no cualquiera podía entrar, había alguien que controlaba el ingreso. En un momento, una de las puertas se abre y logro ver lo que hay adentro, era un baño, uno bastante sucio. Escucho que alguien dice que es para caballos. Yo dudo de lo que veo y me imagino que lo desagradable, ordinario y predecible es aquello que puedo ver, porque no tengo todavía habilitada la entrada a ese “pasadizo secreto” o camino oculto.
Al despertarme, ojeo un libro que tenía a mano, un compendio de artículos sobre símbolos tradicionales, de tapa roja y letras blancas, que nunca había leído. Paso la mirada rápidamente por los títulos y algunas partes de los textos hasta que me encuentro sorpresivamente con uno titulado “LA PUERTA ESTRECHA”. Ahí estaba, por casualidad o no, el significado de este símbolo que apareció en mi sueño.
La apertura central o “puerta estrecha”, es por donde el ser cognoscente puede acceder al dominio cósmico, lo cual es posible en el orden puramente espiritual, cuando el espíritu del ser conecta el “eje” con el “Eje del Mundo” (el séptimo rayo del sol).
La experiencia onírica entendida desde esta perspectiva simbólica, fue una manifestación de esa búsqueda previa de conexión espiritual o armonía interna.
El papel del simbolismo es revelarnos las verdades divinas, pero esa revelación es como aquello que se experimenta en los sueños, algo se ve tan claro en un instante y al siguiente se desvanece. Hay un carácter inexpresable e incomunicable de la cosa. El “pasar más allá del sol”, más allá de la luz de la razón, del orden cósmico manifiesto o conciencia iluminadora, requiere desconectarse de lo corpóreo y psíquico, y ocurre quizás solo en la “última muerte”.

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