Lo federal puede ser entendido como una circulación de diferencias
La historia de una escena artística también podría escribirse a partir de aquello que todavía no aprendió a esperar. Cada ciudad construye, con el tiempo, un régimen de familiaridades: ciertos lenguajes encuentran circulación, determinadas prácticas adquieren reconocimiento y algunas maneras de comprender una obra terminan estableciendo silenciosamente aquello que resulta posible imaginar dentro de ella. El problema comienza cuando esa familiaridad deja de ser una condición de lectura y se convierte en un límite.
Después de muchos años de trabajar, producir exposiciones y acompañar artistas en Santa Fe, pocas veces me encontré frente a una obra de las características y la magnitud de la que Gina Montti presentó en Núcleo Contemporáneo, Galería situada en la ciudad de Santa Fe. Digo esto desde una experiencia situada, consciente de que ninguna escena puede reducirse a una única mirada. Me interesa, justamente, aquello que esa excepcionalidad permitió revelar. La llegada de una jaula introdujo una gramática poco frecuente dentro de nuestros espacios expositivos: una obra cuya existencia dependía de una decisión del espectador, de su cuerpo, de un instructivo, de una duración elegida y de la posibilidad concreta de aceptar o rechazar la experiencia.
Durante la inauguración ocurrió algo que la obra nunca podía garantizar de antemano. La gente entró y se encerró.
Entró una persona y después otra. Los cuerpos ocuparon la jaula, eligieron sus tiempos, aceptaron quedar expuestos. Otros permanecieron alrededor observando. La relación entre quien miraba y quien era mirado comenzó a desplazarse exactamente allí donde la obra había situado su pregunta. La velocidad terminó por convertirse en la medida de casi toda percepción y, sin embargo, frente a una pieza que exigía detenerse, leer, decidir y permanecer, una cantidad inesperada de personas decidió hacerlo.
Ese acontecimiento permite formular una pregunta que excede ampliamente esta exposición. ¿Qué sabemos realmente acerca de aquello que una escena está dispuesta a experimentar cuando ciertas experiencias casi nunca llegan hasta ella?
La escasa circulación de determinados lenguajes produce a veces un equívoco peligroso: confundir la falta de contacto con la falta de interés. Una escena puede acostumbrarse a aquello que tiene disponible y terminar creyendo que sus hábitos representan sus posibilidades. La experiencia con la obra de Montti sugiere otra cosa. Frente a una propuesta que desplazaba radicalmente el lugar tradicional del espectador, el público respondió atravesándola con su propio cuerpo. La ciudad no permaneció frente a la obra.
Entró en ella.
Pienso que una escena contemporánea necesita precisamente esa clase de alteraciones. Necesita encontrarse con aquello que todavía no reconoce del todo, recibir artistas capaces de introducir otras preguntas y permitir que lenguajes construidos en territorios diferentes entren en fricción con los propios. La circulación de artistas entre provincias adquiere allí una dimensión que supera ampliamente el intercambio geográfico. Lo
federal puede ser entendido como una circulación de diferencias, como la posibilidad de impedir que cada territorio termine hablando únicamente consigo mismo.
Traer una artista de otra provincia a Santa Fe nunca debería significar traer una respuesta desde afuera. Significa introducir una pregunta que acá todavía puede adquirir consecuencias imprevisibles. Una obra cambia cuando cambia el territorio que la recibe. También una ciudad puede modificarse, aunque sea mínimamente, después de encontrarse con algo que hasta entonces permanecía fuera de su campo habitual de experiencia.
Durante demasiado tiempo, gran parte de la conversación cultural argentina imaginó la relación entre centro y periferia como un movimiento de legitimación: algo debía llegar desde determinados centros para adquirir valor y luego desplazarse hacia otros territorios. Esa lógica resulta insuficiente para pensar una escena contemporánea verdaderamente federal. Lo que necesitamos son desplazamientos capaces de producir fricción en todas las direcciones. Artistas que lleguen. Artistas que salgan. Obras que encuentren contextos para los cuales inicialmente no fueron pensadas. Ciudades obligadas a ampliar aquello que consideran posible.
Por eso lo ocurrido con la jaula de Gina Montti me interesa más allá de la propia exposición. Durante unas horas fue posible observar una escena enfrentándose a algo poco habitual dentro de sus coordenadas y comprobar que la respuesta no fue el repliegue. Hubo curiosidad, exposición, deseo de participar. Hubo cuerpos dispuestos a aceptar una regla cuyo resultado desconocían.
Tal vez una escena artística se vuelva verdaderamente contemporánea cuando deja de reconocerse por completo en aquello que exhibe. Cuando algo llega y produce una pequeña dificultad, una pregunta para la cual todavía no existe una respuesta organizada. Cuando obliga a modificar la posición desde la que mirábamos.
Montti trajo una jaula a Santa Fe.
Y durante una noche ocurrió algo paradójico: aquello que parecía construir un límite terminó ampliando el campo de lo posible.
Después de esa experiencia, la pregunta ya no debería ser si una ciudad como Santa Fe está preparada para recibir este tipo de obras.
La pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer para que vuelvan a suceder.


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