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Lo federal puede ser entendido como una circulación de diferencias 

8 sept
3 min de lectura

La historia de una escena artística también podría escribirse a partir de aquello que todavía  no aprendió a esperar. Cada ciudad construye, con el tiempo, un régimen de  familiaridades: ciertos lenguajes encuentran circulación, determinadas prácticas  adquieren reconocimiento y algunas maneras de comprender una obra terminan  estableciendo silenciosamente aquello que resulta posible imaginar dentro de ella. El  problema comienza cuando esa familiaridad deja de ser una condición de lectura y se  convierte en un límite. 


Después de muchos años de trabajar, producir exposiciones y acompañar artistas en Santa  Fe, pocas veces me encontré frente a una obra de las características y la magnitud de la  que Gina Montti presentó en Núcleo Contemporáneo, Galería situada en la ciudad de  Santa Fe. Digo esto desde una experiencia situada, consciente de que ninguna escena  puede reducirse a una única mirada. Me interesa, justamente, aquello que esa  excepcionalidad permitió revelar. La llegada de una jaula introdujo una gramática poco  frecuente dentro de nuestros espacios expositivos: una obra cuya existencia dependía de  una decisión del espectador, de su cuerpo, de un instructivo, de una duración elegida y de  la posibilidad concreta de aceptar o rechazar la experiencia. 


Durante la inauguración ocurrió algo que la obra nunca podía garantizar de antemano. La  gente entró y se encerró. 


Entró una persona y después otra. Los cuerpos ocuparon la jaula, eligieron sus tiempos,  aceptaron quedar expuestos. Otros permanecieron alrededor observando. La relación  entre quien miraba y quien era mirado comenzó a desplazarse exactamente allí donde la  obra había situado su pregunta. La velocidad terminó por convertirse en la medida de casi  toda percepción y, sin embargo, frente a una pieza que exigía detenerse, leer, decidir y  permanecer, una cantidad inesperada de personas decidió hacerlo. 


Ese acontecimiento permite formular una pregunta que excede ampliamente esta  exposición. ¿Qué sabemos realmente acerca de aquello que una escena está dispuesta a  experimentar cuando ciertas experiencias casi nunca llegan hasta ella? 


La escasa circulación de determinados lenguajes produce a veces un equívoco peligroso:  confundir la falta de contacto con la falta de interés. Una escena puede acostumbrarse a  aquello que tiene disponible y terminar creyendo que sus hábitos representan sus  posibilidades. La experiencia con la obra de Montti sugiere otra cosa. Frente a una  propuesta que desplazaba radicalmente el lugar tradicional del espectador, el público  respondió atravesándola con su propio cuerpo. La ciudad no permaneció frente a la obra. 


Entró en ella. 


Pienso que una escena contemporánea necesita precisamente esa clase de alteraciones.  Necesita encontrarse con aquello que todavía no reconoce del todo, recibir artistas  capaces de introducir otras preguntas y permitir que lenguajes construidos en territorios  diferentes entren en fricción con los propios. La circulación de artistas entre provincias  adquiere allí una dimensión que supera ampliamente el intercambio geográfico. Lo 

federal puede ser entendido como una circulación de diferencias, como la posibilidad de  impedir que cada territorio termine hablando únicamente consigo mismo. 


Traer una artista de otra provincia a Santa Fe nunca debería significar traer una respuesta  desde afuera. Significa introducir una pregunta que acá todavía puede adquirir  consecuencias imprevisibles. Una obra cambia cuando cambia el territorio que la recibe.  También una ciudad puede modificarse, aunque sea mínimamente, después de  encontrarse con algo que hasta entonces permanecía fuera de su campo habitual de  experiencia. 


Durante demasiado tiempo, gran parte de la conversación cultural argentina imaginó la  relación entre centro y periferia como un movimiento de legitimación: algo debía llegar  desde determinados centros para adquirir valor y luego desplazarse hacia otros territorios.  Esa lógica resulta insuficiente para pensar una escena contemporánea verdaderamente  federal. Lo que necesitamos son desplazamientos capaces de producir fricción en todas  las direcciones. Artistas que lleguen. Artistas que salgan. Obras que encuentren contextos  para los cuales inicialmente no fueron pensadas. Ciudades obligadas a ampliar aquello  que consideran posible. 


Por eso lo ocurrido con la jaula de Gina Montti me interesa más allá de la propia  exposición. Durante unas horas fue posible observar una escena enfrentándose a algo  poco habitual dentro de sus coordenadas y comprobar que la respuesta no fue el repliegue.  Hubo curiosidad, exposición, deseo de participar. Hubo cuerpos dispuestos a aceptar una  regla cuyo resultado desconocían. 


Tal vez una escena artística se vuelva verdaderamente contemporánea cuando deja de  reconocerse por completo en aquello que exhibe. Cuando algo llega y produce una  pequeña dificultad, una pregunta para la cual todavía no existe una respuesta organizada.  Cuando obliga a modificar la posición desde la que mirábamos. 


Montti trajo una jaula a Santa Fe. 


Y durante una noche ocurrió algo paradójico: aquello que parecía construir un límite  terminó ampliando el campo de lo posible. 


Después de esa experiencia, la pregunta ya no debería ser si una ciudad como Santa Fe  está preparada para recibir este tipo de obras. 


La pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer para que vuelvan a suceder.

 
 
 

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