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SOBRE LAS PRIMERAS VECES

8 sept
2 min de lectura

Existe una sensación única que atravesamos cuando hacemos algo por primera vez. No sabemos qué esperar, el control parece que nos excede y es ahí donde se hace presente la ansiedad entre otras emociones. Existe una adrenalina que recorre nuestro cuerpo de punta a punta, que nos pone en estado de alerta porque nuestra cabeza intenta, inútilmente, ver qué variables puede controlar. Incluso cuando se trata de “buenas primeras veces”.


El sábado pasado fue mi primera muestra individual en la galería Núcleo Contemporáneo en la ciudad de Santa Fe. Honestamente no podría haber sido un mejor escenario para hacerlo. Tenía absoluta confianza en todo el grupo de personas que trabajaba para que la muestra sucediera. Sin embargo, tuve sueños o mejor dicho pesadillas, de las que cualquier estudiante de psicología se hubiera reído. Todo era muy evidente, el miedo a fallar y la ansiedad eran absolutas.  ¿Evitables? Quizás. 


Hay algo de las primeras veces que las hace muy especiales porque toda esa bola de nervios, todas esas emociones que nos habitan únicamente nos hacen sentir más vivos y en contacto con lo que propone tal situación.


Llegar a una ciudad que no es la mía, rodeada de mis afectos, lo hizo mucho más fácil. Logré sentirme en casa, a pesar de estar muy lejos de ella. Tenía la confianza necesaria para enfrentar lo que viniera, aun con un nudo en la panza que nadie podía ver.


Me dispuse a mostrar una obra compleja y, según dijeron algunos, provocadora. Eso también constituía una incógnita. ¿Qué pensarían las personas de Santa Fe frente a algo así? ¿Cómo recibirían mi obra?


Llevé una jaula para que las personas se encerraran voluntariamente. Una serie de instrucciones ploteadas sobre la pared, presentadas con toda la prolijidad que una institución merece, indicaba qué hacer. Una tras otra, las personas obedecieron y siguieron los pasos como si participaran de un ritual de iniciación.


Volví a comprobar que somos mucho más obedientes de lo que nos gusta admitir. Basta que una instrucción se presente con suficiente claridad y autoridad para que encerrarse en una jaula deje de parecer una decisión extraña y se convierta, simplemente, en el paso siguiente.


Quizás esa noche no haya sido únicamente mi primera vez. Cada persona que decidió cerrar la puerta de la jaula también atravesó la suya.

 
 
 

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