SOBRE LO QUE EXHIBIMOS EN LA CALLE
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Hace dos años atrás realicé unas pegatinas en la Ciudad que llamé “Piropos a la city porteña”. Se trataba de frases escritas con rouge o con tinta de grabado sobre hojas A4 blancas. Una de ellas decía “Estúpida y sensual Buenos Aires” y se completaba con distintas variantes: “me pasan cosas con vos”, “te vestiste de lila, qué bien te queda”, “a veces me hacés doler”, “tu velocidad me hipnotiza” y “tu indiferencia me conmueve”. Las pegué principalmente en la zona de Microcentro, el lugar de la city, y luego desperdigadas entre Palermo, Chacarita y Belgrano.
Recuerdo que al hacer esa pegatina decidí no firmarla. No me interesaba ponerle mi nombre a aquella intervención; después de todo, la calle es de y para todos, pensaba. Era una suerte de dedicatoria a mi ciudad preferida en el mundo.
Una noche conseguí que mi primo y mi hermano me acompañaran a vandalizar las calles y dejar mi ola de seducción desperdigada por aquí y por allá. Era diciembre o fines de noviembre, hacía calor y el engrudo se secaba rápido. Pocas semanas después, alguna amiga me reenviaba que una persona pública había compartido una foto de mi pegatina. Con todas las personas que lo habían hecho me contacté y les agradecí el gesto de compartirla.
Eso era, de alguna manera, lo que esperaba que sucediera. Que alguien se detuviera, que la fotografiara, que la compartiera, que sonriera, que pensara si eso podía ser arte o no, o simplemente que la ignorara. El espectro era bastante abierto, digamos. Al poner esas frases en la calle había aceptado perder cierto control sobre ellas. Podían ser fotografiadas, arrancadas, intervenidas, tapadas por otro afiche o desaparecer al día siguiente. La calle implicaba eso.
Dos años y medio después de ese hecho, ya casi no hago intervenciones urbanas con pegatinas. Ahora me dedico a retratar a la city. Ya la seduje lo suficiente, ahora es su turno de conquistarme a mí, aunque ambas sabemos que estoy rendida a sus pies.
El viernes a la tarde una amiga me reenvió la publicación de Instagram de una marca de ropa que había utilizado una de aquellas pegatinas como parte de su publicidad. Debo reconocer que lo primero que sentí al verla fue una pequeña alegría, un guiño del pasado que tocaba mi puerta. Ahí estaba nuevamente esa frase que había dejado pegada en algún lugar de Buenos Aires hacía más de dos años. Había sobrevivido, de alguna manera.
Yo había imaginado muchas posibilidades para esa imagen, pero jamás había considerado que alguien pudiera apropiársela para vender algo. ¿Quién puede ser capaz de adueñarse de un piropo que no le pertenece? ¿Acaso estamos tan faltos de cariño o de atención?
Decidí escribirle a la marca avisándoles que la foto que habían utilizado refería a una obra mía. De pronto decidí hacerme cargo de mi autoría. Dos años antes eso no había sido parte de la ecuación. Había elegido deliberadamente no firmarla y ahora aparecía diciendo: esto es mío.
La respuesta de la marca fue simple. Ni un hola. Directamente me pusieron como colaboradora de la publicación.
Tal situación me dejó absolutamente estupefacta. Creo que hacía rato no veía el desarrollo de una acción-reacción tan automatizada, tan veloz y tan impersonal. Me llevó a pensar en cómo el mundo digital deja de lado incluso las formas más básicas de cortesía. Los mensajes invaden todos nuestros portales, en cualquier momento, sin siquiera tocar la puerta. Incluso reconocer la autoría podía resolverse apretando un botón: agregar colaborador. Problema resuelto. El problema era que yo nunca había querido colaborar con ellos.
Luego de la respuesta de la marca realmente me ofendí. Les pedí que bajaran la publicación ya que la obra era mía y yo no había sido consultada sobre la posibilidad de querer colaborar con la marca o no. Me contestaron que lo harían, me pidieron disculpas y me comentaron que habían sacado la imagen de Pinterest. Les agradecí y deseé un buen fin de semana.
La explicación me quedó dando vueltas: la sacamos de Pinterest.
La imagen había salido de la calle, alguien la había fotografiado, había entrado a internet, había llegado a Pinterest y, en algún punto de ese recorrido, había perdido su contexto. Quizás también había perdido mi existencia. Lo que originalmente había sido una frase escrita con rouge sobre una hoja A4 y pegada con engrudo en algún rincón de Buenos Aires se había convertido en una imagen disponible. Estaba ahí.
¿Alcanza con que algo esté ahí para poder usarlo?
Con mis amigos del Taller Crisis se desató entonces la discusión acerca del plagio, la originalidad y los límites del arte. ¿Es acaso el uso comercial lo que baja la persiana del uso de la imagen del otro? ¿Dónde está el límite? ¿Qué pasa realmente con lo que encontramos en la calle? ¿Nos pertenece? ¿Una vez ahí pasa a ser dominio de todos?
Lo curioso es que nunca me había molestado que alguien fotografiara la obra. Todo lo contrario. Incluso había agradecido a quienes la habían compartido. Había querido que circulara. Había elegido no firmarla porque pensaba que, una vez puesta en la calle, debía poder encontrarse con cualquiera sin que mi nombre apareciera necesariamente en el medio.
Ahora bien, compartir y apropiarse no parecen ser exactamente la misma cosa.
Tal vez mi error había sido confundir la pérdida de control con la renuncia a la autoría. Poner algo en la calle supone aceptar cierta vulnerabilidad: que sea fotografiado, intervenido, arrancado, compartido, ignorado. Quizás esa pérdida sea incluso parte de trabajar ahí. Pero perder el control sobre una imagen no necesariamente significa renunciar a ella.
Hay además algo bastante paradójico en todo esto: fue la apropiación la que me hizo volver a ser autora. Durante dos años no necesité poner mi nombre sobre esas frases. Bastó que alguien intentara utilizarlas para producir valor para que apareciera en mí la necesidad de decir: eso lo hice yo.
Me pregunto entonces si hemos sido absorbidos por la idea del capital al punto tal de respetar aquello que está encerrado entre cuatro paredes y vigilado por una cámara, mientras aprovechamos aquello que parece estar librado a su suerte. Como si la ausencia de vigilancia significara ausencia de dueño. Como si estar disponible a la mirada fuera lo mismo que estar disponible para cualquier uso.
Quizás la calle no vuelva públicas las cosas. Quizás simplemente las vuelva vulnerables. Las expone al encuentro, a la desaparición, a la transformación y también a la apropiación. Trabajar en ella implica aceptar parte de esa vulnerabilidad, pero no sé si eso significa aceptar todas sus formas.
Después de todo, sigo pensando que la calle es de y para todos. Lo que ya no tengo tan claro es qué significa que algo sea de todos.
¿En qué momento compartir algo que encontramos se convierte en apropiárselo?

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