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SOBRE LO QUE NOS DICEN (O NO) UNOS CABLES DE LUZ A LA VISTA

1 sept
3 min de lectura

Recuerdo que hace unos años alguien me señaló que uno puede ver lo desarrollada o no que está una ciudad a través de los cables que enmarcan sus cielos. En su momento me resultó curioso y lo dejé ahí. Unos años después retomo esa idea a través de una instalación urbana que encontré la semana pasada, esas que me seducen cuando camino por la city (ver la foto).


Probablemente aquello brillante que se ve, esa suerte de ovni posado sobre un cable, tenga una función que desconozca o quizás sea simplemente eso un ovni posado sobre un cable. Da igual. 


Ahora bien, la cuestión es la siguiente. Viendo esa imagen pensé en varias cosas. La primera, ¿cuántas veces miramos hacia arriba mientras caminamos por la ciudad?. La segunda, como dice Hito Steyerl (o H.S para los amigos de la casa) hemos perdido la idea de horizonte porque pocas veces lo vemos. Me pregunto también si la teoría de HS se aplicaría de forma distinta en un país como el nuestro donde abundan las llanuras. 

Si para H.S la desaparición del horizonte supone también la pérdida de un punto estable desde el cual mirar y ubicarnos en el mundo, ¿qué pasa en un territorio cuya imagen se construyó, en gran medida, alrededor de una línea de horizonte que parece no terminar nunca? La pampa es casi la fantasía de la perspectiva perfecta: una línea que divide el cielo de la tierra y que permanece ahí por más que avancemos hacia ella.

Quizás por eso me interesan estos cables. Pensándolo mejor en una ciudad construida sobre una llanura el horizonte no desaparece necesariamente por razones geográficas: lo tapamos, lo cortamos, lo llenamos de cosas. Edificios, carteles, postes, antenas y cables se interponen entre nuestros ojos y esa línea que alguna vez prometió orientarnos.

A lo mejor los cables hagan algo más interesante que simplemente obstaculizarla. Puede que, incluso, sean los cables los responsables de construir un nuevo horizonte. Uno irregular, precario, superpuesto, que ya no separa el cielo de la tierra sino que atraviesa el cielo mismo. Un horizonte técnico, una versión posthumana del horizonte.

Ya no miramos al cielo, o lo hacemos muy poco. Sin embargo, al hacerlo vemos un marco que lo encierra, lo aprisiona, lo tensa y hasta a veces lo estrangula. ¿A qué responde esto? Existirán quiénes me digan que romantizo lo feo, lo sucio, lo desprolijo de la ciudad. No lo niego, puede ser, pero quien esté leyendo esto debe saber que una ciudad que sólo nos muestra su cara maquillada oculta mucho más que aquella que nos seduce con su opulencia y su vulnerabilidad. 


Al ver esos cables también pensé en cómo ocultamos todos los procesos hoy, en cuántas cajas negras nos rodean y moldean. Tenemos dispositivos, miles, millones, que utilizamos a diario y desconocemos cómo funcionan, cuánto realmente hacen y hasta dónde pueden llegar. Los cuidamos como tesoros invaluables sin considerar que quizás se traten de caballos de Troya que defendemos con capa y espada para una guerra de la que jamás fuimos invitados a participar. 


Posiblemente una de las características de aquello que llamamos desarrollo sea justamente esa: hacer desaparecer los procesos. Que la electricidad llegue sin que veamos los cables. Que internet aparezca sin que pensemos en la fibra. Que nuestros datos viajen sin preguntarnos por dónde. Que las cosas funcionen sin dejar rastros de aquello que las hace funcionar.


Los cables negros, feos, toscos, ordinarios, circulan electricidad, fibra, todo aquello que hoy parece ser casi más valioso que el oxígeno y quizás estén allí para recordarnos que las cosas no suceden por arte de magia, que tienen un rastro, que hay alguien que está detrás de ello. 


Quizás lo verdaderamente extraño no sea que todavía podamos ver los cables, sino que nos hayamos acostumbrado a no ver todo lo demás.

 
 
 

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