Una niña en una jaula contemporanea
Ser una niña e ir a un evento de adultos es algo particularmente extraño. Las conversaciones, las bebidas y las alturas están cerca, pero fuera de tu alcance. La cabeza siempre se encuentra mirando hacia arriba, y una no tiene otra opción que aferrarse a quien nos expuso al momento, más si no aparece algún niño cerca. Mi tía en este caso, era mi adulto de referencia.
Pero hoy se presentó algo ante mis ojos que no había visto antes y cambiaría el curso de mi noche.
Cuando llegué a la muestra en el boulevard, se me impuso su magnitud. Desde la vidriera, podia ver que la jaula estaba ahí, en medio de una sala negra, con un manual de instrucciones gigante, que al parecer debía leer. Entré rápido, con mi tía, a la sala. No podia leerlo, solo miraba la jaula que en ese momento tenía a una chica encerrada. Con el instructivo, rápidamente entendí que estaba encerrada por un candado con temporizador. Que había sido su propia decisión pasar el tiempo ahí. ¿Podrá una chica de 10 años entrar? ¿Me dejaran los adultos y mi adulto entrar? ¿Cuánto tiempo puedo resistir yo allí dentro? ¿Así se ve el arte?
Tímidamente, comencé a pedirle permiso a mi tía para entrar. La chica que estaba encerrada me miró, y sonrió. Fui notada. Quizá por primera vez desde que estaba ahí.
3, 2, 1, clack, se abrió el candado. Respire hondo y pensé que este era el momento de ser una adulta más. Dije: Yo quiero pasar. Y la chica que estaba encerrada antes, me ayudó a poner el candado. Primero, me pregunto si yo tenía un celular para guardar. No, respondí. Aunque anhelaba tener uno. ¿No me dejarían entrar sin celular? Todos mis amigos tienen uno, pero yo aun no. No le importó, de hecho, creo que un poco le alegró. Cerramos la jaulita con el celular sin nada adentro y me pregunto cuánto tiempo quería estar ahí. Dos minutos dije, ella había estado tres. Se cerró el candado y el tiempo comenzó a correr.
Me dijeron que del otro lado de la vidriera, me estaba observando la artista. De hecho, varios me miraban y sonreían. Pero yo no podia creer estar siendo observada por una artista de verdad. Wow, atine a decir. La vi sacandome fotos, me gustó.
3, 2, 1, clack, se abrió el candado. La experiencia fue muy corta, pero todos comenzaron a mirarme y eso me gusto. Ahora todos bajaban la vista para conversar, para preguntarme que me había pasado allí dentro. Nuestros ojos se encontraban bajo la experiencia común de haber pasado o querer pasar por la jaula.
No dude, tendría que esperar pero volvería a entrar, volvería a buscar ser vista. La segunda vez, extendí el tiempo. Sabía que podia estar más allí dentro.
Esta vez note, que la jaula no estaba diseñada para un niño, sino para los adultos. Los adultos dejan los celulares, yo no necesito hacer eso. Cuando me siento ahí, mi espacio es muchísimo más grande. Puedo imaginarme estudiando ahí, saltando, comiendo y quizá, podría dormir si me lo propusiera. El resto, podia atinar a sacar la cabeza entre los barrotes torcidos. Todo el resto creía que era audaz, cuanto más tiempo pasaba más me convertía en la nena atrevida de diez años que se aguantaba estar encerrada en una jaula, pero yo sentía que estaba haciendo trampa. Estar dentro de la jaula se volvió la manera de hacer que los adultos me observen y hablen. Esta vez, hasta la artista estaba en la sala viéndome hacerlo, preguntándome mi nombre, mi edad. Le importaba a la creadora de la pieza. Pero mi cuerpo es pequeño y no tengo celular. Claramente podría estar el tiempo que quisiera ahí y todos me observarían sorprendidos, porque ellos no podrían.
Ya no importaba estar cerca de mi adulto, eran muchos, vestidos de colores, divertidos viéndome aguantar el mayor tiempo posible ahí. Hablaban a mi nivel, ellos eran quienes inclinaban el cuerpo para escuchar mis pensamientos sobre la obra. Me vi a la altura que desee estar desde que entré a aquel lugar.
3, 2, 1, clack, se abrió el candado y salí. Todos me felicitaron y pasaron al siguiente. Escuché que una chica puso seis horas en vez de seis minutos. Que tonta, yo ya había aprendido a dominar el candado perfectamente. Debería ayudar al resto a dominarlo.
Esta noche había tomado un giro sorprendente. La obra y yo éramos uno. Una jaula, un candado, una niña y una artista en una sala negra. Si esto era el arte, yo quería ser obra y artista. Quería entender el mundo como nadie más lo hacía. Fabricar mi propia jaula.
Se hicieron las 9:15pm, escuche que decían que la galería estaba por cerrar.
La vi desde la vidriera de la calle y sabía que siete minutos no eran nada. Debía superar el record de varios, mostrarle mi devoción a aquella pieza de arte que me permitía estar dentro y ser importante. Entre y dije que quería estar quince minutos. Si, quince. Sin objeción, me encerraron ahí. Confiaban en mi criterio, en que podia resistir quince minutos.
Me dijeron los adultos que mejor no tener un celular, que ya tendría tiempo de eso, aunque ellos no lo soltaban un segundo. ¿Por qué me privarían de algo que parece tan genial? ¿De algo que no logran soltar? El tiempo transcurría y se sacaban fotos, pero esta vez sin mi. Me asomé, a ver si lograba verme encerrada dentro de la foto grupal, para que se acuerden de mí, de mis hazañas: La que más duro dentro de la jaula, la que más se metió allí dentro. Me encantaría sacarme una foto a mi misma acá adentro, ¿Como me van a creer el lunes en el colegio sino?
Empecé a levantar un poco más el cuello, cada vez un poco más. Ya no se agachaban.
Me di cuenta que estaría varios minutos más ahí, pero que esta vez sería la última en serio, de verdad. Ya no era tan sorpresivo mi interés en la obra. Me volví un adulto más de los que pasaban por ahí, no era la novedad. En cambio, todos hablaban de una novia con peluca que se metió en la jaula. Comparaban estar en una jaula con casarse y casi podia entender, pero no del todo, quizá algún día lo haga.
3, 2, 1, clack, se abrió la jaula. Salí y la toqué por última vez. Sonreí y dije gracias. Siempre me enseñaron que cuando a uno le hacen un regalo debe agradecer.
Hoy, recibí tres.
Gracias a vos, me dijo la artista.
Y entendí que hoy entregue tres regalos de dos, siete y quince minutos.


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